El sombrero chino
En «El sombrero chino», el dramaturgo Antonio Larreta reconstruye la vida, pasión y muerte de la emblemática novelista inglesa Virginia Woolf, en una suerte de ensayo sobre el genio literario y la tragedia de una alienación suicida.
Este libro, que está integrado por dos relatos y una breve dramatización teatral desarrollada en dos actos, es una profunda y personal reflexión del autor sobre la célebre escritora inmolada, que mixtura la peripecia meramente literaria con la alegoría existencialista.
En «El sombrero chino», que es precisamente la primera narración, el dramaturgo reinventa el inexistente diario de los tres últimos días de vida de la atormentada narradora.
Mediante una prosa acerada y siempre de acento elocuente, «Taco» Larreta construye un soliloquio íntimo y descarnado, que va pautando el periplo de su personaje femenino rumbo al abismo de lo inexorable.
Ese intenso monólogo que tan bien elabora el narrador, es una suerte de himno a la tragedia, que «respira» el periplo de la emblemática escritora hacia un epílogo tan voluntario como inevitable.
Sin embargo, sugestivamente, Larreta no presenta una visión pesadillesca de ese tránsito hacia la inmortalidad. En ese trance tan particular de apenas 72 horas de su vida, esta Virginia Woolf literaria se presenta como una mujer exultante, para la cual la muerte parece ser una estrategia emancipadora.
En este caso, paradójicamente, la muerte es un acto de autocomplacencia y de consagración individual, que supone huir fuera de esa realidad que siempre ha sido asumida como una suerte de calvario existencial.
El relato alterna la visión de los propios personajes literarios de la novelista con sus demonios y fantasmas interiores y hasta las alucinaciones de una psiquis perturbada por los despiadados estigmas de la pérdida y la congoja.
Por debajo de esa pátina de pulsiones depresivas, afloran también las sexualidades difusas y apasionadas y hasta deseos prohibidos y recurrentemente reprimidos.
Antonio Larreta penetra la epidermis de esa escritora atormentada, para rescatar a la mujer y sus obsesiones, sus fobias y sus miedos más profundos.
En esta narración, hay una Virginia cargada de sentimientos abigarrados, afectos asfixiados y laberintos que se alzan como lápidas en medio de un camino siempre errático.
Sin emitir juicios de valor, el dramaturgo sugiere que estos últimos tres días que precedieron a una muerte planificada hasta en sus más mínimos detalles, no fueron un mero tránsito rumbo a la nada, sino hacia una libertad plena.
El acto supremo de inmolación que en cierta medida supone el triunfo de la voluntad sobre el destino- es una huida definitiva a un universo quizás hasta gratificante, despojado de traumas, presiones, sufrimientos y búsquedas estériles de una felicidad terrenal utópica.
Para Virginia Woolf, no parecía haber redención en vida. La única posible salvación era la muerte, la partida del estadio vivencial de lo cotidiano y el comienzo de una leyenda perdurable.
El sombrero chino al que alude precisamente el título del relato, es un símbolo que vincula a la protagonista real con otros dramas tangibles, pero también con delirios oníricos persistentes.
La narración alude naturalmente también a los turbulentos tiempos históricos en los que vivió la alienada novelista y a la tragedia de las guerras que desangraban a Europa.
Hay, obviamente, subliminales definiciones políticas sobre los acontecimientos de la época que se expresan no como meros pronunciamientos explícitos, sino a través de alusiones soterradas al autoritarismo emergente.
De algún modo, la propia Virginia recreada en la narración simboliza una suerte de rebeldía y radical rechazo al monstruo que se está abalanzando contra la historia.
El segundo relato intitulado «El regalo de Violet», es una breve pero no menos elocuente indagación en torno a la juventud de la escritora, sus explosivas pasiones a flor de piel y sus prematuros arrebatos de osadía.
Este cuadro es un juego de seducciones de naturaleza cuasi lésbica, revelador de un espíritu libertino que desafiaba a las convenciones de una sociedad pacata y conservadora.
En esta narración, aflora la Virginia difusa pero apasionada, que luego se transformó en una de las figuras más emblemáticas de la literatura universal, en un tiempo histórico en que se rendía pleitesía a la cultura de las apariencias.
La tercera y última parte de esta obra es una pieza teatral en dos actos intitulada «Virginia», en la que «Taco» Larreta corrobora su sabiduría y singular estatura de dramaturgo.
La puesta en escena registrada en este libro, es una dramatización literaria de la vida, pasión y muerte de la célebre y perturbada novelista inglesa.
En este tramo de su obra, el autor juega con los tiempos narrativos comenzando por el epílogo de la trágica historia, para desarrollar luego un fluido discurrir a través de los territorios del pasado de los personajes, que, en el caso de Virginia, opera como una suerte de resurrección.
Es claro que la literatura y el teatro tienen esa milagrosa cualidad de inventar y reinventar pero también de resucitar a los muertos más célebres, reinstalando imágenes de otros tiempos en el presente y congelando acontecimientos cruciales de la historia.
En esa puesta que Larreta condensa en el formato literario, aflora inicialmente una joven de escritora de talento en ciernes y en proceso hacia una maduración creativa, integrada al espacio escénico de su cotidianidad.
En este caso, el autor tampoco soslaya nada de los fuertes y habitualmente turbulentos vínculos familiares de la novelista inglesa, sus dolorosas pérdidas afectivas, sus crisis recurrentes, sus reacciones emocionales a menudo destempladas y sus conflictos más severos.
Se percibe un derrotero existencial siempre marcado por la angustia, que está descrito con lenguaje elocuente e incluso hasta descarnado.
El autor reinventa los mundos turbulentos de Virginia, su amor casi devocional por su hermana pintora, los celos, los secretos, las infidelidades y los coqueteos casi obsesivos con su cuñado.
El lector se siente espectador en una imaginaria tertulia teatral, desde la que observa cómo se mueven los personajes en un espacio escénico construido por el siempre poderoso vehículo expresivo de la palabra.
La obra transcurre naturalmente entre diálogos, monólogos y frenéticos soliloquios, en lo que el dramaturgo exhuma nuevamente todos los miedos de Virginia Woolf.
El relato construye la paradójica dicotomía entre un espíritu soberbio, arrogante y desafiante y la extrema inseguridad de un ser humano frágil y contradictorio, que teme incluso al juicio inapelable del público sobre su naciente obra.
El escritor imprime a su pieza teatral el aliento literario de una tragedia griega que trasciende a las coordenadas del tiempo, al reconstruir la cruda peripecia existencial de una mujer agobiada por la demencia.
Alternando internaciones hospitalarias, trances de aguda enajenación alucinatoria y los momentos de genial lucidez de la malograda novelista, el autor ensaya una suerte de ejercicio arqueológico que escruta en los universos atormentados de la protagonista.
La obra transita por los tortuosos laberintos emocionales de una mujer en la que convivían -simultáneamente- el narcisismo intelectual exacerbado y la extrema fragilidad de mundos interiores tan perturbados como perturbadores.
En ese contexto, el autor propone tres relatos provocadores sobre un personaje femenino sin dudas excepcional, que supo demoler muchas de las convenciones de una sociedad moralmente intransigente.
Aunque el paisaje literario está poblado de cuatro
personajes centrales -Virginia, su querida hermana Vanesa, su amado esposo Leonard y su cuñado Clive- los escasos agonistas adquieren igualmente singular relevancia, como fruto de la evocación, la imaginación o las alucinaciones.
En los tres textos que componen el cuerpo narrativo de este libro, el dramaturgo compatriota elabora una descarnada alegoría de la locura, que discurre entre los temores, los fantasmas y hasta las ambigüedades sexuales de la gran Virginia Woolf.
Simultáneamente, el escritor construye una radiografía de la época, en la que asume no sólo una visión crítica sobre una sociedad opresiva, sino también un discurso demoler en torno al autoritarismo.
«El sombrero chino» es una obra compleja y torrencial, en la que «Taco» Larreta ensaya una profunda reflexión sobre la propia naturaleza de la literatura, la redención a través de la palabra y la condición humana.
(Editorial Fin de Siglo)
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