La inolvidable aventura de viajar en ómnibus

Antes daba gusto viajar en ómnibus. A mí me gustaba viajar colgado, con la puntita de un pie en el estribo, una mano agarrada de un pasamano, el otro pie apoyado en una saliente de la carrocería, y la otra mano agarrada de las varillas horizontales de una ventanilla. Era algo así como un pulpo. Cuatro tentáculos en lugar de ocho, pero pulpo. Esa puntita del pie apoyada apenas en el estribo, podía de pronto ser desplazada por otra puntita de pie pasajera y tener que apoyarla sobre alguna otra puntita de pie que a su vez corría todos los riesgos de cualquier puntita de pie en un estribo de ómnibus repleto. «Viene repleto», decíamos, y preparábamos los tentáculos para aferrarnos, engancharnos, adherirnos a la gente que venía sobresaliendo, y a los breves espacios libres de ómnibus en marcha. Yo era especialista en subir y bajar del ómnibus en movimiento y a gran velocidad. Había varios estilos. Yo subía corriendo junto al ómnibus, y en el momento preciso saltaba y al mismo tiempo que apoyaba el pie izquierdo en el estribo me agarraba, mano izquierda, del pasamano. El mismo impulso te metía para adentro. Algunos canillas se tiraban «a la porteña», que era mirando para atrás, pero yo nunca me animé. Le estoy hablando de los ómnibus de plataforma abierta, sin esas puertas que al abrir y cerrar hacen un ruido que me recuerda la hora del vermú cuando le encajas el chorro de soda con el sifón. La inigualable aventura de viajar colgado, con todo el cuerpo sobresaliendo sobre otros cuerpos anónimos y también prendidos de lo que se pudiera, llegaba a su momento de mayor emoción cuando el ómnibus, a gran velocidad, iba a pasar junto a otro ómnibus o a un camión estacionado. Los de la camada exterior lo veían y gritaban, y apretaban, se adelgazaban, se afinaban, se estiraban y algunos rezaban, pero nadie se persignaba por esa imposibilidad de hacer la señal de la cruz con los tentáculos aferrados a cosas, como ser fierros, o la misma gente. A veces, es verdad, alguno se reventaba contra el camión, o dos o tres caían desparramados entre los insultos al chofer que por cumplir con el horario no había calculado bien. En invierno se chupaba frío que acalambraba, pero había que llegar en hora al trabajo, si no te descontaban. Hay que reconocer que los ómnibus con puerta, si se llenan hasta el tope (el «tope» siempre fue la medida de lleno máximo de un ómnibus), también tenían su encanto. Esa posibilidad de ser atrapado por la puerta que cerraba sus dos hojas y uno iba con medio cuerpo afuera, tenía lo suyo. Y ese apretuje, ese matete que se formaba para sacar el boleto y correrse y que no te punguearan, y esa manía del guarda de querer convencernos de que el ómnibus atrás iba vacío, y las maniobras que hacía uno para quedar junto a la morocha de todos los días, por si se daba la conversación, o por si uno le podía ceder el asiento que quedaba libre (en los ómnibus el asiento se «cedía»). Y cada tanto, el placer de tomarlo medio vacío, con asiento disponible. Y leer en el ómnibus. Yo he leído cantidades de libros viajando en ómnibus por Montevideo. Más de una vez me pasé de la parada, metido en la novela. La gente leía mucho en los ómnibus. Libros, diarios, revistas. Yo trataba de vicharles el título y el autor, y por ahí deducía, o me inventaba, qué clase de persona era el lector, y en especial, la chica del libro. Una mujer leyendo en un ómnibus, aun hoy, me seduce de entrada. La veo y ya me interesa. Yo qué sé; andá a explicarte por qué. Pero eso pasó. Ya no se lee en los ómnibus. Casi no se viaja en ómnibus. A mí me da tristeza verlos pasar así, con la gente viajando cómodamente. Y con esos mamarrachos de publicidad. Y mire que no soy un nostalgioso, no señor, pero los veo casi vacíos, sin gente colgada para llegar al trabajo, y me impresionan porque son señales de desocupación. Hace un tiempo fui a Fray Bentos y visité lo que fue el Frigorífico Anglo. Me partió el alma. Nunca lo había visto. Casi me da por llorar. No le digo que con los ómnibus me pase lo mismo, pero casi casi. *

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