"Entonces yo, que no lo conozco, ¿debo pensar que el hombre se apuró?, ¿o que es un apurado?"

"Perdón, ¿quién es Doyenart?"

No conozco a Doyenart; no tengo el gusto, si lo hubiera. No me enorgullezco de mi ignorancia, al contrario.

Mi uruguayez activa y frondosa no me ha dado motivos para retener los elevados merecimientos que Fasano le atribuye. Y tan distraído no soy. Leí que es el director de Canal 5 cuando logró espacios recientes en prensa prometiendo cambiarlo. Punto.

El apellido me emite vagas referencias al área cultural, es cierto.

En todo caso, mi ignorancia no me llevaría a sentirme avergonzado si preguntara en rueda de amigos «perdón, ¿quién es Doyenart?». Pero a partir de ahora, gracias al último incidente, ya me queda grabado para siempre: Doyernart es el energúmeno que hizo machazo papelón en la entrega de los Tabaré.

Entonces yo, que no lo conozco, ¿debo pensar que el hombre se apuró?, ¿o que es un apurado? (si excluyo la explicación de exceso etílico, que limpiaría dignamente todo su enchastre dada la circunstancia festiva).

Lo del apuro viene porque si el colérico hubiera contado sólo hasta diez, como aconsejan los sabios, su hervor se habría aplacado al comprobar que el tramo «político» del discurso de Fasano era breve, de contenido elevado, del tono que muchos intelectuales prominentes pronuncian hoy en las tribunas más encumbradas, obligados por la enormidad de los acontecimientos que están cambiando el mundo.

Agraviarse por ello como histéricas señoritas deshonradas es hoy, en Uruguay, Francia o Haití e incluso en los propios Estados Unidos e Inglaterra, una grotesca ridiculez. Cuestión aparte de si Fasano le cae simpático o no a Doyenart, las dos frases del discurso aludido que abordan el conflicto candente, exponen las más oscuras angustias del ideal pacífico de la humanidad.

Son ésas, Doyenart, las de la demencial atrocidad de los atentados y la náusea por la carnicería afgana. ¿Qué otra cosa podría pedirle alguien en su sano juicio a un periodista y editor notorio?

Es su oficio, su condición, lo que cualquiera espera del personaje, llámese Lanata, Araújo, Sheck, Romay, Turner, Cebrián o Fasano.

En sus apuradas increpaciones a su anfitrión (que tanta tinta amable ha prodigado al iracundo director del 5), Doyenart lo acusa de predicar política partidaria (¡!) y ofender al gobierno amigo de los Estados Unidos.

Lo primero es tan palmariamente falso leyendo la desgrabación del discurso que no merece una letra de análisis, salvo en la sicoterapia de las paranoias. La otra acusación tendría asidero si Fasano hubiera celebrado los atentados, o sería una crítica discutible si Fasano los hubiera justificado en virtud de los incontables agravios que podrían reprocharse a los Estados Unidos. Pero Fasano no hizo ni lo uno ni lo otro. Se limitó a reiterar concisamente la posición antibelicista editorial de su diario. Lo demás del discurso de Fasano, el todo y el tono, estuvo referido al evento cultural que se festejaba, con las características invocaciones (filosóficas) suyas al acceso de «la sociedad» a los medios de comunicación. Y nada más. Pronto llegaron los premios, los brindis, la algarabía. Pero el hombre de Tveo ya se había precipitado a la salida.

Volviendo a la cuestión de si el director del 5 se apuró o es así, impulsivo, se puede inferir que en realidad el hombre ya estaba apurado, llegó apurado a la fiesta.

De otra forma no se explica su salto de resorte, indiferente al papelón. Alguien que tiene poder de sugestión sobre su espíritu pusilánime le había llenado la cabeza contra el desliz de haber «caído» en «la cama de Fasano», dándole las cámaras del canal oficial (el de todos los uruguayos).

Doyenart se sentó a la mesa con el hígado entripado, y a la primera de cambio explotó, para alivio de su opresiva necesidad de reivindicarse.

Enseguida llamó a Batlle, es un dato conocido. Y una vez más, para variar, anunció que renunciaría.

Esto de enarbolar la renuncia a cada paso suena a soberbia infantil, a soberbia de inseguridad, a soberbia camuflada de fragilidad virginal, a amenaza de «pido gancho, si me tocan me voy, yo el mejor, el único, se quedan sin mí». Yo digo, ¿y qué?. No pasará nada, vendrán mejores, que los hay muchos entre los que hasta ayer, mal que le duela al hombre, preguntan «perdón, ¿quién es Doyenart?» *

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