Como siempre, la cuestión es entre la libertad y el despotismo
Ayer oí a varios de mis colegas trivializar la censura establecida por el Presidente de la República, Jorge Batlle, a través de Juan Carlos Doyenart, contra el director de LA REPUBLICA. Si es ridícula la censura, en este caso el motivo fue tan ridículo, que nos hace sospechar que en realidad se intenta acallar una vez más la disidencia.
«Se trata de Fasano…. se trata de Doyenart», dijeron algunos, reduciendo a su mínima expresión un hecho que debería conmover a los espíritus y voces libres de éste país. Sobre todo a quienes pretendemos seguir siéndolo. Ese mismo día tuvimos un adelanto de lo que ocurriría horas más tarde.
El ministro de Educación y Cultura, Antonio Mercader, informaba que había reclamado a los directores de los canales de televisión una suerte de censura previa sobre algunos programas que emiten.
Sólo Daniel Figares se expresó con claridad acerca de la gravedad que esas expresiones de Mercader tienen para el sistema democrático. En honor a la verdad, me hubiera gustado oír muchas voces discrepantes.
Pero ocurre que en un país donde los políticos se encargan día a día de exterminar la disidencia y para ello cuentan con la lamentable complicidad de muchos periodistas, éstos optaron por mirar para otro lado y profundizar, por ejemplo, en las disidencias internas de la izquierda.
Tal vez pensaron que mientras no les toque a ellos, no hay por qué meterse a opinar.
Pero como señaló Bertolt Brecht, cuando vengan por ellos seguramente será tarde. El criterio autoritario que nos dejó como herencia la dictadura cívico-militar ha hecho carne en demasiados dirigentes y gobernantes uruguayos. Finalmente la dictadura parió un ratón. Y para peor, miserable.
La democracia y libertad que anhelamos quienes estuvimos en este país enfrentando a los dictadores se convirtió en una estructura de papel vaciada de contenido.
No en vano, ahora cambiamos la Constitución de la República cada pocos años intentando amoldarla a las ambiciones, entreguismo y negocios del mandamás de turno.
No en vano, algún senador y dirigentes políticos se han apropiado irregular e ilegalmente de decenas de frecuencias radiales.
No en vano, se han prohijado escandalosos monopolios mediáticos con lobbistas políticos.
No en vano, desde los gobiernos se digita qué medio vive y cuál muere, a través de la adjudicación de publicidad oficial.
No en vano, han corrompido a periodistas nombrándolos en cargos de gobierno o adjudicándoles publicidad de organismos del Estado directamente. No en vano establecen listas negras sobre qué periodistas pueden trabajar y quiénes no.
Pero tampoco en vano es que los favorecidos ignoran hechos tan graves para el país, la democracia y la libertad como el lavado de dinero, la corrupción política, la impunidad de los asesinos y torturadores.
Los favorecidos viven cuestionando a los periodistas que señalamos esas plagas del sistema, pero nunca han dicho una palabra de aquellos que de mañana trabajan para un jerarca del Estado y de tarde están en la redacción de un diario o frente a una cámara de TV dando noticias sobre quién paga su sueldo matutino; esos que hacen periodismo con la sonrisa de sus chequeras infladas de dinero oficial y subsidios en propaganda que cobran a precio de oro, esos que saben que el dinero es del pueblo, pero no se les mueve ni uno sólo de sus éticos cabellos.
Resulta que ahora tampoco se puede criticar a EEUU, ni a Bush, ni a la industria armamentista, ni a las petroleras, ni a los que hacen de la guerra un gran negocio.
Tampoco se puede criticar a los dueños de los canales de televisión, ni la ideología que desparraman a través de sus cámaras.
Si lo permitimos, dentro de poco no se podrá ejercer el derecho al cuestionamiento, con lo que el periodismo perderá el motivo de su existencia.
Algunos años atrás, el colega argentino Horacio Verbitsky definió en su libro «Un mundo sin periodistas», la esencia de nuestra profesión.
«Periodismo es difundir aquello que alguien no quiere que se sepa, el resto es propaganda.
Su función es poner a la vista lo que está oculto, dar testimonio y, por lo tanto, molestar. Tiene fuentes, pero no amigos.
Lo que los periodistas pueden ejercer, y a través de ellos la sociedad, es el mero derecho al pataleo, lo más equitativa y documentadamente posible. Criticar todo y a todos. Echar sal en la herida y guijarros en los zapatos.
Ver y decir el lado malo de cada cosa, que del bueno se encarga la oficina de prensa, de la neutralidad los suizos, del justo medio los filósofos y de la justicia los jueces. Y si no se encargan ¿qué culpa tiene el periodismo?».
Hoy, como siempre, el problema es entre la libertad y el despotismo.
Por eso defender el derecho a opinar no es sólo una lucha de los periodistas; debe necesariamente ser un motivo de lucha de toda la sociedad para protegerse contra el despotismo y sobre todo, proteger la libertad.
Por eso, también, sumo mi voz a la de todos los que están reclamando la inmediata renuncia de Juan Carlos Doyenart a la dirección del Canal oficial. *
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