El Estado somos todos, señor Doyenart
Todo dominio injusto, toda censura, toda violencia, todo acto de egoísmo ejercido en daño de un pueblo, es violación de la libertad, de la igualdad y de la fraternidad. Siempre que el privilegio, la arbitrariedad, el egoísmo se introduzcan en la constitución social, es deber de todo hombre que comprenda su misión existencial, combatir contra ellos con todos los medios que estén a su alcance.
Por lo tanto, señor Doyenart, con su actitud usted se ha erigido en uno de esos seres a los que habrá que combatir en nombre de la libertad. Usted, y sólo usted se ha situado en la vereda de enfrente de la felicidad pública. Usted lo sabe, asuma las consecuencias, su nombre será borrado de la historia. A lo sumo quedará como un recuerdo ingrato. Uno de esos malos recuerdos a los que piadosamente el subconsciente anula para poder seguir adelante en la lucha por la vida.
Otra cosa, recuerde que el canal que –por decisión presidencial– usted dirige, no es un canal oficial, sino que es el canal estatal, y el Estado, señor Doyenart, aunque mal le pese, somos todos. Usted y yo, los ricos y los pobres, los patrones y los asalariados, los comerciantes y los desocupados, las niñas y los niños, las mujeres y los hombres. Todos somos el Estado. Por lo tanto, todos debemos estar representados en el canal estatal, le guste a usted o no, me guste a mí o no.
La ira es mala consejera, señor Doyenart. Recuerde aquella antigua y sabia sentencia: nunca tomes decisiones cuando estés ofuscado ya que sin duda, éstas serán incorrectas. La ira enturbia la razón y los errores que se cometen en los momentos de enojo casi siempre provocan víctimas inocentes. Esas víctimas fuimos todos nosotros, todas las personas que pretendemos informarnos y formarnos. Pero eso no es tan grave, señor Doyenart, ya que no es posible tapar la luz del sol con un dedo, y otros medios han amplificado lo que usted censuró. Lo realmente grave es que con su acto de autoritarismo usted enlodó parte de las mejores tradiciones de este sufrido pueblo oriental. Ensució el concepto de libertad, ese sentimiento indoblegable que está arraigado en las mismas entrañas de cada uno de los habitantes de esta nación y que –por citar la historia reciente– supo campear por encima de los censores de turno de la dictadura, por encima de toda represión.
Su acto de barbarie puso una sombra en la historia. Las personas de bien, las personas conscientes sabrán encontrar los caminos para borrar esa sombra. El autoritarismo es la fuerza ficticia de los débiles.
Los cobardes harán mutis por el foro, tratarán de simplificarlo todo, tratarán de imponer la idea de que el episodio no es otra cosa que un enfrentamiento entre usted y Fasano. Sin embargo, señor Doyenart, la verdad es otra muy distinta: con su decisión del miércoles 12 usted atentó contra todos los uruguayos, contra mí, contra usted mismo, contra mi profesión, contra la libertad de expresión. Contra la libertad a secas, esa que es el derecho que tiene cada ser humano de ejercer sin obstáculos ni restricciones sus propias facultades en el desarrollo del bien común y en la elección de los medios que mejor pueden conducir a su cumplimiento.
Retomando el primer párrafo: Todo privilegio es violación de la igualdad. Toda arbitrariedad es violación de la libertad. Todo acto de egoísmo es violación de la fraternidad. *
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