Fasano: "La patética agonía cívica del ex liberal, el aristarco Doyenart"
Ante las declaraciones que me aluden formuladas en el día de ayer en el canal oficial por su director, el ingeniero Doyenart, me siento en la obligación de formular las siguientes precisiones:
1) No violé ley alguna. El único que violó la ley fue el señor Doyenart que impidió con abuso de poder el ejercicio del derecho constitucional de opinión. La ley que el censor afirma que yo violé es la ley 9638 del 30 de diciembre de 1936, sancionada por la dictadura de Gabriel Terra y que prohíbe la difusión por el Sodre de «los programas cuyo desarrollo involucre propaganda político o religiosa» los cuales «no podrán perifonearse sin previa autorización del Poder Ejecutivo». El artículo 5 del decreto de la dictadura dice textualmente: «Los servicios del Sodre no podrán ser arrendados o cedidos para la realización y transmisión de actos de propaganda política sin expresa autorización del Poder Ejecutivo. En ningún caso se permitirá que por su intermedio se realice la difusión de ideas que tiendan a destruir las bases fundamentales de la sociedad y el régimen democrático republicano de Gobierno, Secciones I y II y artículo 72 de la Constitución». Aun admitiendo la vigencia de esta norma de la dictadura, mi intervención no transgredió esa norma. En primer lugar porque ni arrendé ni fui cesionario de ningún servicio del Sodre. El Canal 5 había decidido transmitir la ceremonia de los Tabaré que obviamente incluía mi intervención porque así convenía a los intereses de su audiencia.
Cuando entendió que su audiencia no tenía la suficiente edad como para escuchar mis peligrosas ideas pacifistas y democratizadoras decidió ejercer su rol de tutor sobre sus pupilos y canceló abruptamente la programación. Por otra parte no transgredí la norma dictatorial porque no realicé «propaganda político o religiosa» ni difundí «ideas que tiendan a destruir las bases fundamentales de la sociedad y el régimen democrático republicano de gobierno».
Más allá de la ironía que implica que una ley de la tiranía prohíba difundir ideas contra el régimen democrático, la única conducta contra el régimen democrático que se vivió en la noche de los Tabaré, fue la protagonizada por el iracundo Catón ordenando a los gritos y con gestos bufonescos el cese inmediato de la transmisión.
En cuanto a que un legislador concretará una acción judicial contra el diario LA REPUBLICA por violar esa ley, sólo me resta afirmar que le haría un gran favor al país, ya que sus alternativas públicas terminarían con la derogación de esa ley anacrónica e irrespetuosa para todo ser libre que habita este solar.
2) En cuanto al torneo de ingenuos que Doyenart propone sólo me resta consolarlo explicándole que el premio mayor me lo gané yo, creyendo como ciertas las afirmaciones de vocación liberal, respetuosa de las ideas ajenas y de la irrestricta libertad de difusión del pensamiento plural en el nuevo Canal 5.
El que cayó en una trampa cuidadosamente preparada fui precisamente yo, que no advertí a tiempo que todas las promesas del censor eran falsas. Trampa que no sólo lesionó a la audiencia de Canal 5 sino también a los televidentes de SEÃAL 1 y que instaló en la ceremonia de premiación al talento, un clima de tensión e intolerancia, indigna de un desmentido liberal.
¿Cómo podía confiar en un hombre que violando la más elemental de las normas morales, lucrando con una encuestadora de opinión pública se manifestó partidario del candidato cuyos votos debía examinar previamente?
En su momento lo desnudé ante la sociedad civil pero como hasta las piedras modifican su rostro, creí en sus promesas públicas de liberalismo democratizador. Me equivoqué.
3) El ingeniero Doyenart le echa todas las culpas al presidente Batlle. Afirma que nuestro Presidente lo había acusado de ingenuo por creer que yo iba a ocultar mis ideas y que hizo muy bien en censurarme y levantar la transmisión. Semejante agravio a la investidura presidencial de quien nos representa a todos los habitantes de este país, no me consta. El presidente Batlle mantiene un silencio abrumador para los intereses de su designado censor. Cuando se expida públicamente, la sociedad civil y política también lo hará. Mientras tanto parece una cobardía utilizar la frazada del poder para cubrir la desnudez de un pensamiento censor.
4) Doyenart afirma que hizo confianza en mí y que yo abusé de su confianza. ¿De qué confianza está hablando si jamás acordó nada de nada sobre mis ideas y sobre mi propio discurso; ni sobre su contenido ni sobre su duración? ¿O acaso confiaba en que yo me iba a convertir como él en un vulgar cortesano cuya mayor alegría es abrochar los botones de la camisa del rey o anudarle los cordones de sus botines cuando éste se despereza en su lecho? ¿Ignoraba acaso el censor que todos los años en los Tabaré de LA REPUBLICA subo al escenario para sembrar unas pocas semillas a favor de la democracia informativa y contra el proyecto de estupidización y alienación al que es tan afecto nuestro redivivo aristarco? ¿Alguien podía suponer que dejaría mi puesto cotidiano de combate periodístico por las ideas que considero justas para desearle buenos sueños a una concurrencia festiva? No es mi vocación, no es mi paraíso. A otros le caen mejor esos roles. El mío es el del tábano que mantiene despierto al noble bruto. Aunque en este caso lamento no haberle despertado su conciencia adormecida por el poder prestado. Con el perdón del bruto.
¿Confianza? ¡Por favor! Si en algo debía confiar el señor Doyenart es en mi dignidad de ser libre que no se calla ante la prepotencia, venga de catones sin títulos o de bufones diplomados.
5) Y finalmente, la última precisión sobre la propiedad de los Tabaré. El aristarco transformado ya en un energúmeno que de rabia vuelve incontinente sus esfínteres morales tiene el tupé de intentar obligar a sus dependientes a que devuelvan los trofeos que se ganaron durante el año en buena ley. Tengo testimonios donde el censor anunció que los echaría si no se retiraban de la ceremonia y posteriormente si no devolvían los Tabaré ganados con un talento que era propio, no del director del canal estatal. Se equivoca nuevamente nuestro Catón. Nunca los Tabaré fueron premios para los propietarios de los medios, ni para sus accionistas ni para la institución comunicadora sino para sus trabajadores, sus operadores, sus programas. Mal que le pese al ex liberal Doyenart, no podrá apropiarse de lo que no es suyo. Y aunque obligue con la fuerza del dinero a sus propios laborantes a que renuncien al símbolo de sus méritos, no por ello los convencerá. Sólo prolongará su patética agonía cívica. *
Federico Fasano Mertens
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