Tardes de Circo, en tiempos de ayer

Un poni, con una niña paradita sobre su lomo, se nos acerca despacio, el malabarista nos hace una guiñada y las botellas de colores surcan el aire, casi tocando el techo de la gigantesca carpa. La banda toca una melodía de trompetas, bombo y redoblante. La memoria se pone saltarina y mientras agarra aliento para contarnos esta historia, la notamos más inocente e ingenua que lo habitual. ¿Será porque circo y niñez son una misma palabra y ambas quieren decir lo mismo?

Las tradiciones de los circos de aquellas primeras décadas provenían de un mismo origen. Cuando por finales del siglo XIX, la pantomima circense era el espectáculo favorito en los arrabales rioplatenses. Tiempos en que el drama del personaje Juan Moreira se representaba en los «picaderos», bajo una carpa llena de remiendos. Años en los que los Podestá representaban las hazañas del «matrero», rodeados de un público compuesto de «compadritos», «percantas», y hombres de mamelucos. Allí el circo encarnaba un sentimiento de rebeldía de los más pobres, sujetos a los caprichos de «los doctores de la ley» y sus «mandones» uniformados.

Epocas en que los míticos hermanos Carlo renovaron el género de lo que era un circo, agregando a sus espectáculos tradicionales de acróbatas, la presencia de un actor tan querido como lo fue José Podestá que emocionaba al pueblo argentino con sus versos libertarios. Un actor que había adquirido fama como «Pepino, el 88″, los dos números que siempre llevaba bordados en su calzón de «clown».

Pero nuestros recuerdos rondan, a duras penas, los finales de la década del 20. No se asusten, lectores cómplices, no somos tan viejos para haber visto a ese personaje llamado «Pepino, el 88″. Es que los circos, por nuestra época de «purretes», siempre tenían un maestro de ceremonias de galera y negro «frac» que hablaba de los días de los Podestá y los hermanos Carlo. Símbolos que aquellas personas de la farándula circense querían imitar y ser, orgullosamente, sus continuadores.

Al compás de una marchita tocada por la banda de músicos, que vestían rojos uniformes y sombreritos con lentejuelas, la memoria comienza «la función» de los recuerdos. La cosa comienza a tomar forma allá por la zona de la antiquísima Estación del Ferrocarril. Una enorme locomotora verde, con más de 10 vagones, dos o tres de éstos con rejas por las que se asomaban las cabezas de los tigres y leones, acercaban a la capital el circo de «Sarrasani».

Se instalaban cerca, en un enorme predio que existía frente al actual Montevideo Rowin. Una descomunal carpa, otra más chica al lado y rodeados de camiones con acoplados que servían de dormitorios al gran número de artistas y ayudantes que componían la troupe circense. La Montevideo, ciudad novelera hace tiempo, ahora y siempre, se alborotaba con el arribo del circo de «Sarrasani». Es que era famoso en toda América y nadie quería perdérselo. Animales feroces haciendo trucos como si fueran mansan ovejas, trapecistas y sus saltos de la muerte, junto a los payasos que se «mataban» a puro golpe y porrazo. Todo un espectáculo que movilizaba a los niños y al «eterno niño» que todos tenemos muy dentro del romántico «cuore».

Los barrios populares recibían el anuncio que la fiesta había llegado. Varios camioncitos, repletos de artistas disfrazados, unas rubias sonrientes y acróbatas con zancos, recorrían las callecitas de adoquines y se paraban, un ratito, en cada esquina. Los infaltables payasos, caminando entre los vecinos, entrando y saliendo a los almacenes y boliches, repartían folletos e invitaciones para que todos se enteraran de sus bullangueras presencias. El entusiasmo era enorme. Recordamos que en las escuelas, a los alumnos de mejores notas se les daban entradas para que fueran al circo. La botijada lo sabía, ¡cómo no saberlo!, si el día anterior dos payasos habían entrado a la escuela para darle personalmente a las maestras un talonario de invitaciones.

Otro circo con historia, de los que esta fatigada memoria tiene registro, fue el llamado «Damóstenes». Fuimos dos veces en una imborrable tarde. La primera, muy seriecitos, con la invitación que nos ingeniamos para conseguir en la querida escuela Sanguinetti. Tanto fue el entusiasmo y las ganas, que al salir de la función dimos una vueltitas por los alrededores y, de repente, ¡zas!, nos «colamos» para «la vuelta» de la noche. Los porteros hicieron «la vista gorda» porque las colas de gente con entradas desbordaba las inmediaciones de 8 de Octubre y Belén, zona predilecta de este circo.

Entre penumbras, aparecía el «Hombre Hércules», un señor de casi dos metros de altura, enorme por todos lados que doblaba unas barras de hierro. Dejaba muy tensa toda su musculatura y la platea entre exclamaciones, estaba como hipnotizada. Unos bailarines que zapateaban sobre los tablones de madera parecían «volar» de un lado a otro. Entre el público se instalaban dos «magos», hacían trucos frente a los asombrados ojos que los observaban sin poder encontrar el secreto. Palomas, ante nuestras narices, salían de las galeras, naipes mágicos desaparecían y el fuego ardía en sus enguantadas manos. Al retirarse, el público era agasajado por los enanitos que les regalaban flores y postales de los artistas.

Compitiendo con el «Sarrasani» llegaba el «Circo Checoslovaco». Su fuerte se cristalizaba en la gran cantidad de animales que traía para que la gente abriera la boca muy grande en su ingenuo asombro. Enormes elefantes, con colmillos y todo, osos siberianos y hasta una jirafa que todos se preguntaban qué es lo que hacía. A los pocos días, cuando la vimos inclinar su cabeza entre la platea y dejarse acariciar mansamente, comprendimos la grandeza de su inocente acto. Una sencilla comunión, ajena al mundo vertiginoso y espectacular de todo circo. Significaba un acto de ternura entre los hombres y el tan sufrido «reino animal». Y la emoción a todos nos golpeaba muy fuerte.

Los ambientes artísticos de aquel entonces no fueron ajenos a la magia del circo. Le dedicaron canciones, como aquella con letra de Juan Carlos Patrón, música y voz del imborrable Romeo Gavioli. Se titulaba «Payaso Triste». Un símbolo de la vida. Cuando la apariencia de risa cubre el gran drama interior que a nadie le queremos contar.

Por la década de los sesenta, llegó el circo «España». Se instaló en un gran predio por Constituyente y Carlos Roxlo. Sus directores fueron personas muy sensibles que nos dieron autorización para que lleváramos gratis a un montón de viejitos del Piñeyro del Campo. Llenamos un ómnibus que nos facilitó Cutcsa y su gerente, Anselmi. Con dos enfermeros que los acompañaron, todos gracias al director del Hospital, el Dr. Campistegui, cumplimos esa ilusión de ayudar a veteranos que estaban en «la mala» y merecían una tarde de sana diversión. Todo con el respaldo de los oyentes de CX 50 y la audición dominguera, que por esos días teníamos, llamada «Voces del Mundo», donde hicimos tantas quijotadas.

Como siempre, y así son las reglas del juego, cada lector cómplice agregará sus recuerdos a los nuestros. Surgirán nombres que hoy la caprichosa memoria olvidó. También muchas anécdotas. Seguramente todas referidas a la lejana patria de la infancia. ¿Será porque el circo y niñez son una misma palabra y ambas quieren decir lo mismo?

 

Los esperamos todos los sábados y domingos a las 19 horas, en CX 44, Emisora del Siglo, y también los domingos en LA REPUBLICA, con más «Prohibido para Nostálgicos», con los auspicios del Departamento de Cultura de la IMM.

Coordinación: Angel Luis Grene

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