La investigadora Rosa Torres dijo que los sindicatos tendrán que cambiar

La educación deberá articularse con la política económica y social

Hace 10 años representantes de los gobiernos de 155 países se comprometieron, con la firma del documento «Educación para Todos», a llevar adelante políticas educativas que mejoraran la calidad de vida. Fue en la ciudad de Jomtien, Tailandia, en una conferencia organizada por la Unesco, la Unicef, el Banco Mundial y el Programa de Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD).

Entre el 26 y el 28 de abril de este año se realizará un Foro Internacional de la Educación en Dakar, Senegal, donde se discutirán los resultados de lo hecho y se sellará un nuevo compromiso para lo que aún quede por hacer. Entre las metas se había propuesto universalizar la enseñanza primaria, reducir el analfabetismo adulto a la mitad, extender los servicios de educación inicial de 0 a 6 años y los programas de educación e información, capacitar a jóvenes y adultos y diseminar información sobre salud, nutrición y bienestar para mejorar la calidad de vida de la población.

Sobre este proceso y lo que aún queda por hacer, LA REPUBLICA dialogó con la ecuatoriana Rosa María Torres, pedagoga, lingüista y periodista educativa, que trabajó en varios organismos internacionales y actualmente lo hace para la Unesco. Llegó a nuestro país para presentar el libro, publicado por la editorial Queduca, de la Federación Uruguaya de Magisterio (FUM), «Una década de educación para todos: la tarea pendiente».

En el libro «analizo más bien las tendencias, lo que pasó con la iniciativa en los organismos internacionales, en los gobiernos y en la sociedad civil, en qué medida esa visión que se planteó en Tailandia es la visión que predominó en las políticas educativas».

Para Torres estos principios nunca llegaron a plasmarse.

El papel que le compete a la educación en la formación de una sociedad es siempre importante, «pero la educación sola no puede mejorar la educación; hay que mejorar las condiciones de vida de la población. La educación no sólo es la oferta escolar sino la nutrición, la salud, el empleo, la pobreza».

Al preguntársele qué se ha hecho en ese sentido, respondió que «en esta década las reformas se centraron en lo educativo como un sector, como si lo social y lo económico fueran extraescolares. Son otros los que se encargan de las políticas sociales y económicas, y a la escuela se le pide cada vez más que resuelva temas de la pobreza».

A su juicio esta visión estrecha es ineficaz, ya que no hay manera de cambiar la sociedad si no se hacen esfuerzos y se adoptan estrategias para mejorar la iniquidad en el mundo. «Hasta que los poderes centrales y quienes toman las decisiones no logren articular la política económica con la política social y la política educativa no vamos a poder avanzar», sentenció. En cuanto a la experiencia de universalizar la educación inicial realizada en nuestro país, como un instrumento privilegiado de lograr la equidad, reconoció «los efectos positivos que tiene sobre el niño y la familia, además del impacto que tiene sobre el sistema escolar. Los beneficios son múltiples. Sostuvo que Uruguay hizo un esfuerzo excepcional en América Latina, dedicándole la importancia que se le dio a la educación inicial. Sin embargo advirtió sobre la falta de una visión sistemática que reconozca la importancia de todos los niveles. «Desde la visión del economista que hace cálculos y que desconoce el mundo de la educación, le parece que puede decir, me dedico durante 10 años a este pedazo de la educación y dejo otro. El problema es que la educación no funciona así. No puede uno ir por pedacitos. Cuando uno prioriza una parte para despriorizar otra, vamos mal».

La idea es lograr un avance armónico entre las distintas prioridades, y tratar de retomar la visión del sistema educativo. Esto se ejemplifica con los vaivenes de los lineamientos de los grandes organismos financiaros: «el Banco Mundial acaba de rectificar su política respecto de la educación superior. En esta década recomendaba no invertir en educación superior y hacerlo en educación básica. Ahora reconoce el análisis como estrecho y erróneo y que la educación superior es clave no sólo para el desarrollo de los países sino también para el desarrollo de la educación básica».

Nuevas formas de lo público

Otro de los centros del análisis actual es la relación entre lo público y lo privado. «Creo que a veces estamos estancados en discusiones inútiles entre lo privado y lo público, porque ante las nuevas realidades hay que reconsiderar algunas categorías. La distinción empieza a no ser clara. La educación religiosa, por ejemplo, es privada, pero es pública, porque está al servicio de todos. Opera con una gestión privada no estatal, pero con una lógica pública. Es muy distinto del colegio privado que hace negocios. Tenemos que poder distinguir entre privado con fines de lucro, que hay mucho, y privado con función pública».

Para Torres hay que pensar nuevas modalidades educativas, diversificadas, e incluso inéditas. «El viejo modo de pensar la escuela hoy en día está muy cuestionado. En muchos sentidos, desde la gestión, la pedagogía y el curriculum. Creo que hay mucho tema para debatir, hay que abrirse a considerar nuevas formas de lo público y nuevas formas de lo privado».

También afirmó la necesidad de repensar la uniformidad del sistema escolar como herramienta de equidad. «Se suponía que una educación igual para todos iba a producir una sociedad más equitativa. Esa afirmación empezó a tambalear cuando empezamos a ver que si bien era teóricamente cierto que se le daba a todos la misma educación, en realidad se ofrecía una educación de segunda a los más pobres, porque se les estaba ofreciendo los profesores menos capacitados, la peor infraestructura, porque no le dabas las condiciones como para que lo que se proponía como homogéneo y universal pudiera surtir efecto». Torres opina que la equidad debería pensarse hoy como una oferta diversa con resultados homogéneos, donde lo que importa es diferenciar lo que necesita cada uno, adecuarse a las situaciones específicas, y que los resultados sean homogéneos.

A la pregunta de si es posible lograr este tipo de propuesta, sostiene: «no sé si es posible, es la única manera. La otra lleva al fracaso. Cuando le ofreces el mismo curriculo al niño rural, urbano, de clase media, baja, al obrero o al campesino, lo que lográs es una educación que no se le ajusta a nadie. Siempre son patrones urbanos, elitistas». «En este sentido hay que aplicar la discriminación positiva, dar más al que más necesita. Este es el gran tema que tenemos que discutir. No es posible dar a todos igual, hay que dar más a los que menos tienen».

Por último Torres abordó el tema de la participación docente en los procesos educativos, como uno de los más descuidados en las reformas educativas de esta década. «Hay que reconocer que se han hecho esfuerzos distintos, ha habido una voluntad de brindar formación permanente a los docentes, de distintas maneras todos los países se involucraron. Se avanzó en la consulta a los docentes. Estos dirán que es insuficiente, y es real, pero comparado a lo que había pasado antes, se avanzó». A su juicio se abonó un camino para empezar a ver a los docentes como interlocutores, y no como meros implementadores, pero aún continúan siendo los grandes ausentes de las decisiones en política educativa. «El enfrentamiento entre sindicatos docentes y reformas educativas fue más fuerte que nunca. Pero los docentes se adhieren a las reformas, porque es su forma de subsistencia. Esto les plantea a los sindicatos un tema de legitimidad. Los sindicatos van a tener que abrirse a repensar muchas cuest
iones que con la vieja mentalidad sindical no se pueden entender ni mucho menos encarar».

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