* Domingo en el Prado

El Sol salió con un sombrero de ala ancha

Desde muy temprano de la mañana del domingo, la zona de El Prado y sus alrededores mostraba un «trajín» fuera de lo común. En el interior del predio ferial de la Asociación Rural del Uruguay se ajustaban los últimos detalles para que cuando llegaran las 13 y 30 –hora anunciada para la ceremonia inaugural– todo estuviera a punto.

En los corrales, la potrada «bufaba» nerviosa, caracoleando entre el barro, mientras el paisanaje iba y venía revisando una y otras vez cada guasca, cada palenque, cada cincha en la panza de sus fletes. El mate amargo corría de mano en mano, solidario como siempre, y no lejos de allí, un cantor tempranero aprovechaba para «afinar» una vez más las primas y las bordonas de su guitarra.

En las «improvisadas» pulperías, se encendían lentamente los fogones, mientras por allí nomás, comenzaba a blanquear sobre un tablón una fila de bollos de masa para tortas fritas, al costado de una «ollaza» en la que la grasa lentamente se iba derritiendo a fuego lento.

Algunas familias –las más madrugadoras– andaban ya caminando por los senderos internos del Prado, y los gurises aprovechaban a corretear a sus anchas. Pantalones vaqueros ciudadanos y bombachas batarazas campesinas se entremezclaban en el ir y venir, mientras por los altoparlantes la voz del querido «flaco» Alfredo Zitarrosa desgranaba una de aquellas milongas que se nos metieron en el alma desde siempre.

Tímidamente el sol aparecía y desaparecía de a ratos entre una montonera de nubes presagiantes de lluvia, como para no desmentir del todo los agoreros pronósticos del día anterior que anunciaban chaparrones aislados sobre esta parte del mapa.

Por un lado y otro, se repetían los abrazos, en reencuentros que suelen darse una vez al año justamente en estas fiestas, y en la mayoría de los casos culminaban con un brindis entre «pecho y espalda» al pie de algunos de los mostradores madrugadores.

Entre el paisanaje recién llegado desde infinidad de pagos orientales, riograndenses y argentinos, un recuerdo salía a caminar en cada apretón de mano y el nombre de don Rómulo López aparecía allí como una de esas ausencias enormes, difíciles de disimular. Capaz, por eso, cuando se abrieron las tranqueras de los corrales, los chirridos de las bizagras este año, sonaron más bien a un cielito «tristón», de esos que se te meten en el alma como un tirabuzón, a puro retorcijón nomás. Después de todo –como dijo uno de ellos mientras armaba parsimoniosamente un cigarrillo de tabaco negro– «Â¡El hombre era todo un gaucho…!». (Y ya sabemos lo que significa eso, dicho por alguien nacido y criado entre los terrones). Tras los primeros «tajos» en la parrilla, y cuando ya miles de personas andaban entre las arboledas buscando sombra, se avisó en los galpones que iba a empezar la fiesta. Y entonces, se secaron los lagrimones de grasa (y de los otros también… ¿por qué no?) y uno tras otro empezaron a calzarse las botas, arreglarse el poncho, ensillar sus caballos y ocupar sus lugares. La campana de largada sonaría en cualquier momento. El sol, para no ser menos, puso un sombrero de nubes de ala ancha y salió también al ruedo con los gauchos.

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