Un acordeón, cuentos de mentiras y gauchos de verdad
Por la época de la Pascua cristiana, los galpones y bodegas de la Rural desbordaban de montevideanos entusiasmados con los espectáculos que organizaban las sociedades criollas y nativistas. Corrían las primeras décadas y todos nos «copábamos» con las domas, las guitarreadas y unas fenomenales empanadas, que preparaban las «chinas» de largas trenzas.
Los vecinos de la ciudad convivían diariamente, a lo extenso de esa semana, con un montón de gente del campo que los maravillaba con su destreza en las faenas rurales y, al caer la noche, los dejaba asombrados con sus cuentos «de verdad», plagados de ingenuas mentiras.
Se organizaban «los fogones» y mientras la leña se quemaba haciendo ruiditos y chispas, los oídos se «paraban»ante los cuentos de aquella gente de bombachas, grandes sombreros y un facón, cruzando los enormes cintos. Las frescas noches del prado y su Rural se templaban entre el calor y la fuerza de las historias que los gauchos contaban a los rezagados y curiosos montevideanos que se habían arrimado a los fogones. Como quien no quiere la cosa, se largaban con total naturalidad los relatos de «luces malas», lobizones y las infaltables anécdotas de veteranos paisanos que afirmaban haber peleado «la lado de Aparicio». Nosotros, muy purretes, abríamos los ojos enormes y nos estremecíamos con aquel paisano grandote, gran domador, don Filomeno, creemos, o algo parecido que, mientras armaba su interminable cigarro, contaba «historias verídicas», como le gustaba decir. Su voz se modulaba sabiamente. Bajaba y subía el tono, ¡sabía crear climas, la pucha! De a poco todo su auditorio estaba junto a él, cabalgando en la madrugada en que dijo haber escuchado el llanto de un niño, que provenía de unos cercanos pajonales. Se acercó y envuelto en unos trapos había un bebé que, al levantarlo, «se me prendió al cuello y clavó unos enormes colmillos. Lo decía al tiempo en que desatando su golilla, señalaba unas cicatrices que marcaban su cuello. Todo contado como si fuera algo sin importancia, y dando pausadas pitadas a su fuerte tabaco. Historias de su Florida natal. Aunque una tarde, mientras lo veíamos domando un salvaje bagual, otro gaucho nos dio su versión de esa inquietante historia. Es que el hombre es «un pata de bolsa», que ronda los ranchos de las mujeres casadas, y esas heridas, que se pasaba mostrando, se las hizo un encolerizado marido que al sorprenderlo lo quiso «pasar a degüello». Se salvó porque corrió rápido y su pingo estaba cerca, ¡qué bebé dientudo ni ocho cuartos!, decía aquel paisano, rompiendo el encanto de aquella «historia de apariciones».
Pero, con cuentos o sin cuentos, la verdad es que la Rural desbordaba de gente. La zona se alborotaba con aquellos criollazos que en «el ruedo» nos mostraban «lo real» de su valentía, que no le tenía miedo a los revolcones o a las patadas de unos caballos rebeldes sin grupo, que los hacían saltar por el aire. Más, se levantaban y como podían se «prendían»de vuelta al lomo de los pingos. Días en que, cuando la doma resultaba «querendona», la campana que ponía fin a la faena demoraba muchos, muchos minutos en sonar.
El toque humorístico que hacía reír a la botijada, y a las lindas pibas de barrio que con sus tías, siempre vigilantes, también concurrían era la llamada «corrida del chancho enjabonado». O el ver un montón de gauchos cayendo y levantarse tratando de enlazar a un rapidísimo caballito, o a un negro toro de «muy pocas pulgas». También se organizaban espectáculos de divulgación, como el ver, «en vivo y en directo», cómo se esquilaban las ovejas o cómo se «marcaba» el ganado. Algo que para «los puebleros», como ellos nos llamaban, resultaba totalmente exótico y distinto. Guitarreadas y payadas significaban un espectáculo aparte. Los cantores, luego de «calentar el garguero» con unas cañas que «ardían», se «trenzaban» en larguísimos contrapuntos. Nunca lo vimos, por suerte, pero cuentan que varios de éstos terminaron con los cuchillos mostrando sus filos. Lo que sí recordamos era la costumbre de hacer apuestas sobre la creatividad de los payadores consistía en proponerles muchas palabras difíciles o rebuscadas. Se apostaban unos pesos y la cosa tomaba forma.
El guitarrero tenía que armar, de inmediato, unas «décimas», con lo propuesto y que lo cantado fuera coherente. El aplauso o los silbidos del público daban su veredicto. Lo lindo era que todos se regocijaban con el ingenio y ¿por qué no? «arte poética» de aquellos «verseadores» de pura cepa que nunca «arrugaban». Con talento y picardía salían adelante, por más complicadas o extrañas que fueran las palabras que les presentaran en aquellas pintorescas apuestas.
La zona del Prado y el Paso Molino se beneficiaban mucho en aquellas semanas criollas. Los pequeños y grandes comercios de las inmediaciones de Zufriategui hasta Carlos María Ramírez, bordeando la curva hacia el Cerro, llamada «la cuchilla», esperaban esos días para aumentar sus ventas. Los paisanos se hacían un tiempito en sus faenas y rumbeaban de la Rural a esos comercios, que invariablemente abrían de sol a sol, para facilitar las compras de su gaucha clientela.
La «Tienda Salvo», al lado del arroyo, tenía un estilo en el que imperaban cosas que le gustaban al paisaje. Presentaba secciones enteras dedicadas al campo y su ropa de fajina. Desde cintos, con incrustaciones de monedas, pasando por las tradicionales bombachas o coloridas polleras para «las chinas». Cargados de paquetes salían apurados, porque se hacía tarde y al rato debían montar un potro demasiado bravo y el público y el ruedo los esperaban junto a los atronadores aplausos.
Otro sitio tradicional fue la Ferretería «El Aguila». Por Agraciada y San Quintín, en esa proa se marcó un perfil en los tiempos del ayer. Cómo olvidar la gran jaula con un águila, «vivita y coleando», ubicada en el borde de la azotea que se veía claramente desde la vereda. Aun en su cautiverio miraba, con indiferencia, a los curiosos que la «vichaban», con admiración. Ese negocio, en días de criollos de aquí para allá, fue el preferido por los capataces y hasta los mismos estancieros, que compraban arados o grandes segadoras junto a otros elementos de la tarea rural en toda su magnitud.
La «chamarrita» y el acordón siguen sonando. El Prado se llena de «los puebleros» montevideanos. Son los vecinos de los barrios que como ayer, ahora también se siguen acercando para ver y maravillarse con «la doma» y sus guapos paisanos.
Es el Uruguay profundo que, desde muy adentro, sigue llegando al compás del otoño y sus estrellas. Ahora son tiempos nuevos, pero la energía de las tradiciones siguen brillando. En los jinetes, sus potros bravíos, los payadores, sus versos y músicas que no dejan de vibrar, como lo hicieron ayer y como lo harán siempre.
Los esperamos todos los sábados y domingos, a las 19 horas en CX 44, Emisora del Siglo, y también los domingos en LA REPUBLICA, con más «Prohibido para Nostálgicos», con los auspicios del Departamento de Cultura de la IMM.
Coordinación: Angel Luis Grene
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