Carnaval: un reglamento que no premia al mejor espectáculo
Ana Laura De Brito
Esto no quiere decir que no discrepe con alguna de las puntuaciones, sino que prefiere no polemizar visto que ostenta el máximo galardón.
El cuestionamiento es simple, ¿es más valioso un espectáculo que apunte a los rubros o globalidad, o uno que centre sus prioridades en el texto y la representación del mismo?
Lo cierto es que en este aspecto el reglamento es poco específico y cada vez que se dan a conocer los fallos, son los integrantes del jurado quienes deben responder por un reglamento que, a nuestro entender, tiene grandes falencias en este sentido.
¿Es bueno que las reglas permitan que los vestuarios, maquillajes, escenografías y demás aspectos que sólo deberían contribuir a la globalidad de un espectáculo estén primando por sobre la calidad de los textos o la fineza de la interpretación?
Rotundamente, no. Aún más, creemos que el criterio implícito en estas reglas sólo ayuda a que se sitúen en puestos de privilegio propuestas pobres en contenido y que ostentan su poderío económico.
Señores directores de conjuntos, basta ya de agarrársela con el Jurado una vez conocido el veredicto. Ellos, lejos de ser los culpables, son una víctima más de este reglamento. Las carencias están en las reglas, y las reglas las hacen ustedes, señores directores de conjuntos agrupados en Daecpu.
Si bien estamos cuestionando los elementos a los que deben atenerse quienes juzgan, cuestionamos aún más que sean ustedes quienes los critiquen cuando en realidad son sus mentores.
No es productivo dedicar los meses siguientes a la finalización del Carnaval a cuestionar la posición que nos tocó en suerte, cuando en realidad podemos discutir las reglas preestablecidas y reformarlas en favor del espectáculo.
Ustedes pueden pensar que nuestra posición es fácil, que tan solo criticamos, sin siquiera haberlo vivido desde adentro. Es cierto. Pero también es cierto que no tenemos posibilidades de efectuar ningún cambio a este reglamento, que consideramos obsoleto.
Aunque, perdonen el atrevimiento, pero son ustedes los únicos que pueden hacer algo para que la cosa cambie.
Es hora de ponernos los pantalones y pelear por lo que, tanto ustedes como nosotros, llevamos en el alma: el Carnaval. Es tiempo de utilizar la autocrítica de la que tanto hablamos y poco practicamos, para que de una vez por todas la gente sea la que gane.
Todos, tanto ustedes como nosotros, nos merecemos un Carnaval popular. Uno, que a diferencia del que padecemos, nos llene de alegría y creatividad; y no éste, que llega a ostentar lujos y brillos que ni siquiera nosotros nos creemos.
Aún así, discrepo con aquellos que dicen que «Carnavales eran los de antes», y me atrevo a confiar en que Carnavales son los que vendrán, pero de ustedes depende.
Las dos caras
¿Alguna vez se preguntaron por qué la opinión del pueblo carnavalero en general, es tan distinta a la del que asiste al Teatro de Verano?
Muchas veces nos hemos planteado esta interrogante, y luego de analizar los pormenores nos hemos encontrado con la posibilidad latente de que no sea uno sino dos los Carnavales que se viven en febrero.
Es tan distinta la gente del Teatro de Verano, o será que lo que varía es el producto que consume.
He aquí lo que planteamos anteriormente sobre la importancia que tienen algunos rubros en nuestro Carnaval.
Resulta insólito pensar que quienes van al tablado se decepcionen cuando un conjunto no tiene un gran despliegue de lujos y brillos; aunque es muy común verlos disfrutar con las pocos costosas ocurrencias del «flaco» Esmoris y su antimurga. Han pasado más de 500 años, la gente ya no se compra con espejitos.
Sin embargo, el Teatro de Verano es un mundo aparte, un shopping de febrero. Es decir, un lugar donde te cambian la marca y te venden a cincuenta lo que en el centro no comprarías por veinte. Y lo peor es que lo compramos gustosos.
El Carnaval debe, por sobre todas las cosas, ser un reflejo de los uruguayos, esos orientales que todavía creen que lo humano debe primar sobre lo material.
Creemos además, que hay sobradas demostraciones de que la gente sigue yendo a los tablados, aún sabiendo que no ve el mismo Carnaval que apreciamos nosotros, los que vamos al Teatro de Verano.
Entonces, ¿por qué dos Carnavales?
¿Es que acaso la fórmula que se aplica en los tablados no es suficiente para satisfacer a los jurados, o es que hoy depués de 500 años todavía hay gente que nos quiere comprar con espejitos y cuentas de colores?
Claro está que el hábito no hace al monje, entonces dejemos los hábitos y aboquémonos a volver a tener un Carnaval, uno solo para todos los uruguayos.
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