El milagro de volver a vivir
Marcelo Bustamante
Los médicos le daban 48 horas de vida. El tamaño de su corazón fue la causa de la disfunción orgánica. Cuando parecía que la tragedia era irreversible, algo sucedió que modificó su destino.
El adolescente Juan Andrés Piazza es el tercer menor que recibió un nuevo corazón en nuestro país. A pesar de su menuda apariencia, con 16 años obtuvo medallas de oro, plata y bronce en el Mundial y el Sudamericano de Trasplantados, realizados en Hungría y Argentina.
Sus jóvenes padres viven un momento de intensa felicidad, tras soportar tiempos de angustia por el riesgo de muerte que amenazaba a su hijo. Recorrieron hospitales buscando una solución, logrando que su hijo fuera admitido en lista de espera de donantes en «prioridad A».
La patología fue detectada en un control de rutina. La placa registró un corazón casi dos veces más grande del tamaño normal. Desde 1995, sin saber siquiera el origen de su mal, el adolescente de Solymar inició una desesperada carrera contra la muerte, que terminó cuando recibió el corazón de una joven motonetista de 29 años.
Un mes antes de la operación contrajo neumonía. Este cuadro le afectó el funcionamiento del principal órgano, lo que derivó en su internación.
Juan Andrés recordó la triste experiencia vivida con el campamento del liceo, cuando su profesor debió llevarlo sobre los hombros para ascender una cuesta. Pocos días antes del trasplante, el estado del joven era grave, por lo que los médicos comunicaron a sus padres que no sobreviviría más de 48 horas.
En el límite del tiempo, apareció la muerte que salvó la vida. Tenía 13 años al momento de la intervención y llegó a la sala de operaciones con 28 kilos. Aumentó 12 kilos en un mes y comenzó a realizar deportes en forma normal.
Volvió a la natación como cuando era niño. En el Mundial de Trasplantados en Hungría obtuvo una medalla de oro en la prueba de 50 metros espaldas, una de plata por 50 metros pecho y dos en 100 y 50 metros libres. El adolescente participó en ambas competencias con el propósito de promover la donación de órganos, que, a su entender, es esencial para salvar vidas.
«Después de la operación me sentía raro. Es como disfrutar de la sensación de estar bien. Puedo darme cuenta de lo mal que estaba y ahora es placentero respirar profundo, cosa que antes el corazón no me permitía hacer», señaló el joven.
En una sola ocasión, el organismo de Juan Andrés experimentó un leve rechazo al nuevo órgano. El suministro de medicamentos permitió superar el trance.
Actualmente, Juan Andrés cursa 5º año de liceo y piensa ingresar a la Facultad de Ingeniería. Es consciente de que volvió a nacer y se siente renovado. Anunció que representará a Uruguay en el Mundial de Trasplantados de 2001.
El milagro de los hijos
Gabriela González es la primera mujer que recibió un riñón donado que tuvo hijos en Uruguay. Durante dos años, vivió un auténtico calvario y dependió de una máquina de diálisis para seguir viviendo.
Cuando un accidente de tránsito provocó la muerte a un hombre de 32 años, los órganos que aún permanecían con vida permitieron la resurrección de esta mujer.
A los 38 años, Gabriela hurga en su memoria para la reconstrucción de su milagrosa historia. La ciencia y una conciencia solidaria basada en la donación posibilitaron el cambio. Su riñón, que ya no funcionaba, la condenaba a la resignación. No podía realizar tareas que demandaran esfuerzos ni tampoco podía tener hijos.
A 14 años de la intervención, Gabriela puede gozar de una familia. Está casada, tiene dos hijos y se siente con fuerzas y ganas de disfrutar cada momento.
Las complicaciones comenzaron a los 22 años, cuando aparecieron los primeros síntomas de la enfermedad: «Poliquistosis renal». Las fatigas eran diarias, ya que en cada esfuerzo todo el organismo padecía. «Apenas cambiaba libros de una estantería a otra, comenzaba a cansarme. Además, pasaba durmiendo porque no tenía ganas de hacer nada y mi vida no tenía motivo alguno», explicó la primera mujer uruguaya que tuvo hijos luego de un trasplante de riñón.
La única esperanza que perduraba era la posibilidad de conseguir una donación. Tras 22 meses de tratamiento, asistiendo día por medio a practicarse una hemodiálisis, despuntó una luz en el horizonte. El 14 de febrero de 1986, por la tarde, la llamaron del Hospital Italiano para la realización de un trasplante del tipo cadavérico.
El donante era un hombre de 32 años que murió a raíz de un accidente de tránsito y el riñón era compatible con el organismo de Gabriela.
Debió soportar las lógicas consecuencias de la intervención. Durante un tiempo, sobrellevó la inflamación de su rostro provocada por el suministro de la medicación que prevenía el rechazo del órgano. Después, Gabriela recuperó todas sus facultades y deseos de vivir.
El sueño de ser madre ahora era posible: primero llegó María Cecilia y luego Diego.
Gabriela encaró con optimismo el trabajo y actualmente inició estudios en la licenciatura en Ciencias de la Comunicación. La enfermedad motivó que su familia la sobreprotegiera aun después del trasplante. Sin embargo, durante el tratamiento de diálisis, experimentó la sensación que la gente podía sentir lástima por ella, ya que no se sabía cuando tiempo podía vivir. Tras el milagroso cambio, la mujer se dedicó a impulsar una campaña a favor de la donación y a pesar de reconocer que existe una mayor intención de ceder los órganos para salvar vidas, afirma que esa tendencia aún no está consolidada en la sociedad uruguaya.
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