Gustavo Correa está libre, luego de permanecer preso por un delito que no cometió

"Me lastimaron a mí y a mi familia"

El caso de Correa transitó un sendero de irregularidades desde el principio y pudo esclarecerse debido a la activa participación de sus padres y LA REPUBLICA, que dieron crédito a sus palabras y creyeron en su inocencia.

Correa fue detenido el 15 de diciembre del pasado año, cuando perseguía a su hermano, que sí era culpable de una rapiña a un ómnibus de la empresa COME. Tan sólo un día después, estaba recluido en el Comcar, pese que no poseía antecedentes penales. Según declaró, jamás pudo hablar con su abogado y los testigos que propuso nunca fueron a declarar ante el juzgado a cargo de la magistrada Ana Lima.

Las únicas personas que declararon en relación al caso son su novia y otra vecina, que cuando sucedió el hecho estaban en otro lugar. Además, queda aún la interrogante de quién es el funcionario que se hizo pasar por su abogado defensor, que, al despedir a Gustavo, le dijo: «Perdiste flaco, sólo te queda llorar».

Quizás alguna de estas interrogantes pueda tener una explicación lógica y coherente, pero quién puede responder a las incertidumbres de Correa. «Quiero borrar mis antecedentes, quiero limpiar mi nombre. Los tres meses que estuve adentro y mis sufrimientos, quién me los paga».

Los hechos según Correa

Gustavo Correa narró que alrededor de las 10 y media de un día aparentemente normal se enteró que unos muchachos habían asaltado un ómnibus, uno de los cuales era su hermano. «Cuando me enteré, me enojé mucho y salir a buscar mi hermano. En ese momento, vino la Policía y nos llevaron a la Seccional de Policía Nº13. Al otro día, teníamos que ir al juzgado».

Recordó que en la comisaría «estaba como loco, porque sabía que habían robado pero nada más».

Prosiguió relatando que, al otro día, fue separado del grupo y conducido al juzgado. Me dijeron que me quedara tranquilo, que no pasaba nada, que iba a zafar, porque ya sabían cómo había pasado todo».

Según Correa, a las 4 de la tarde declaró su hermano. «Fue reconocido por algunas personas del ómnibus, y dijo que yo no estaba». Lo mismo sucedió con otro de los participantes en el asalto. Mayúscula fue la sorpresa de Gustavo cuando le correspondió declarar, al enterarse que había 3 personas que lo habían reconocido a través del espejo.

Al día siguiente, el inculpado debía regresar al juzgado, porque iban a comparecer otros testigos. «Yo estaba esperando a las 10 de la mañana, cuando me dijo un policía que habían llamado por teléfono del juzgado y que iba remitido al Comcar, debido a que los testigos no se habían presentado».

Según afirmó, luego se enteró, a través de las visitas, que sólo habían citado a su novia y a una vecina. «Ella, en el momento que sucedió todo, estaba en el Hospital Pereira Rossell, pues a su hija la había mordido un perro. Citaron a mi novia y a una vecina que no había estado conmigo esa noche, en vez de citar a las personas que sí estaban conmigo».

La odisea de Gustavo Correa sucedió entre el 15 y el 16 de diciembre del año pasado. Tres meses después de los acontecimientos, se supo la verdad, merced al vital papel desempeñado por padres, amigos, vecinos y los patrones del joven, que no descansaron hasta lograr su libertad. También fue muy importante la participación del abogado de oficio Francisco Igoa, a cuyo cargo estuvo la apelación.

El martes pasado, en horas de la tarde, declararon varios testigos en relación a la causa. Uno de ellos confirmó a LA REPUBLICA que efectivamente había estado con Gustavo el día de la rapiña y que, en el momento, no fue convocado a declarar.

Recordó que el día de los sucesos jugaban Danubio con Bella Vista, disputando un lugar para participar en la actual edición de la Copa Toyota Libertadores. Justamente ambos estaban conversando de fútbol y observando el programa televisivo Videomatch, mientras aguardaban la llamada de la novia de Correa, que estaba en el Pereira Rossell.

El pasado 9 de febrero, los ex empleadores de Correa enviaron una carta al juez titular de la causa, Fernando Cardinal, dando cuenta de la calidad de persona que es Gustavo Correa. En la misiva, que fue publicada en la página 20 de la edición del día 14 del marzo en LA REPUBLICA, los comerciantes expresaban que Gustavo estaba habitualmente a cargo de importantes sumas de dinero y, en ocasiones, también se le confiaba la mueblería de la que ellos eran propietarios.

El viernes, a las 5 de la tarde, pasados tres meses y un día de la jornada más negra que le tocó vivir, Gustavo Correa recuperó la ansiada libertad.

«Pagan buenos por pecadores»

Ahora comienza otro proceso para Gustavo: volver a su vida normal y, según sus propias palabras, buscar justicia.

«Yo, mal o bien, tengo derechos, pero no me escucharon, nunca tuve ningún tipo de antecedentes. Si no fuera así, no hubiera tenido el apoyo que tuve de mi familia y mis vecinos. Incluso, no hubiera tenido el recibimiento que le hicieron ayer, que fue verdaderamente impresionante».

Gustavo declaró sentirse profundamente dolorido por lo sucedido. «Yo quiero que paguen el error, como está pagando mi hermano el error que cometió».

El joven se manifestó dispuesto a «llegar hasta las últimas consecuencias, por mi persona y mi imagen. Porque hoy o mañana puedo estar en la esquina sentado y me pueden llevar. Ellos se equivocaron».

Gustavo Correa desea conocer al abogado que se hizo cargo de su defensa y agradecerle, porque fue el que lo liberó. Destacó en este proceso el papel de la prensa y en particular a LA REPUBLICA. «Van a tener que pagar el error que cometieron, porque, según ellos, la gente de la baja sociedad son pichis. Ellos, aunque usen traje y corbata, son seres humanos y se equivocan. Así como mi hermano está pagando el error que cometió, ellos van a tener que pagar también. A mí me lastimaron y a mi familia».

Finalmente, Gustavo Correa dijo: «No soy el único inocente que está o estuvo ahí dentro. No sé si será que siempre tiene que haber un carne de cañón y que paguen los más débiles por los más grandes. Como dice la canción, ‘pagan buenos por pecadores'».

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