Un proyecto cooperativo del arzobispado de Montevideo beneficia a unas 170 personas pobres
Un proyecto cooperativo del arzobispado de Montevideo en el popular barrio La Teja beneficia a 150 mujeres y a una veintena de hombres de escasos recursos. Establecieron un sistema de ayuda mutua e instalaron una fábrica de bolsas a partir del reciclaje de plásticos, donde decenas de carenciados participan de la confección y venta del producto.
Emplazado en el humilde barrio Tres Ombúes, cercano a La Teja, el Colegio Católico Nuestra Señora del Monserrat ayuda periódicamente a unas 150 mujeres de la zona llevándolas hacia un proceso de integración social y prestándole diversos servicios de asistencia desde el año 1997.
Pero los responsables de esta obra estimaron necesaria la instauración de un emprendimiento laboral originado por la urgente necesidad de trabajo en la población de estos barrios.
Entre las diversas alternativas a la que podrían recurrir, se optó por un proyecto laboral que incluyera a personas de bajo nivel educativo y escasa instrucción, teniendo en cuenta la población objetivo, constituida mayormente por mujeres, desempleadas y con varios hijos a su cargo.
A través de una serie de contactos impulsados por la Iglesia montevideana, se logró para la población de La Teja algunos trabajos transitorios en limpiezas de ruinosos locales pertenecientes a organismos del Estado. Sin embargo, estimaron la conveniencia de establecer una experiencia de trabajo de carácter permanente.
Fue así que hace casi dos años nació Recoplast (Recolección Comunitaria del Plástico) donde se recolecta plásticos en comercios, centros educativos y casas particulares para su reciclado y su posterior elaboración de bolsas de nailon.
Actualmente, confeccionan 600 kilos diarios, cuya colocación del producto está destinado a las firmas Géant, Disco y Ta-Ta, mientras que una «legión de mujeres» recorre Montevideo procurando vender la mercadería y obtener una propia cartera de clientes; el 100% del resultado de la venta queda en manos de las vendedoras.
Según explicó a LA REPUBLICA la hermana Angeles, responsable del colegio católico en La Teja, en primera instancia la obra satisfizo las necesidades en materia de alimentación y documentación de 150 mujeres y unos 500 niños de la zona.
Luego surgió el proyecto de la fábrica de bolsas de nailon, que fue sustentada por el aporte económico de la organización española Manos Unidas, la que adquirió las maquinarias y el local donde funciona el establecimiento.
En la planta, ubicada en la calle Pintos Cardeiro y Garzón, trabajan 15 hombres divididos en dos turnos que funcionan durante la noche y la mañana. Dentro del complejo proceso de elaboración, el plástico en bruto ingresa a una máquina trituradora y luego pasa a otra procesadora que la convierte en delgadas tiras. Nuevamente es cortada y a partir de un proceso de aire y calor, se hace una banda larga de nailon que es envuelta en rodillos. Finalmente, una máquina la divide en bolsas individuales.
Los funcionarios evitan trabajar durante la tarde debido a que la tarifa de UTE es mayor durante estas horas, por lo que intensifican su actividad en la madrugada.
Mientras tanto, a varias cuadras de distancia, en la calle Alaska, unas 50 mujeres optaron por la venta de bolsas de nailon entre las ofertas de servicio que brinda la obra Nuestra Señora de Monserrat, entre las que se incluyen además la de un costurero y una huerta comunitaria.
Antes de aventurarse a la calle en procura de colocar la mercadería, las residentes de La Teja recibieron un elemental curso de vendedoras.
Luego, estas madres de varios hijos comenzaron a ejecutar el proyecto ecológico de reciclaje de plásticos y vender puerta por puerta en casas particulares, comercios y centros educativos.
El grupo recibe la donación de desechos entregados por estudiantes, como las bolsas de leche e incluso algunos centros médicos apoyaron con la entrega de bolsas de suero.
En los próximos días, una persona informada del emprendimiento católico organizará en Pocitos una recolección de plástico en todo el barrio y seguramente las vendedoras podrán obtener varios clientes entre esta población.
Sin tener un horario prefijado, repartidas en diversos grupos, estas mujeres recorren diversos puntos de Montevideo ofreciendo el producto en las ferias, almacenes, carnicerías y colegios. Una vez finalizada la jornada, suman todo el dinero obtenido y se lo reparten en partes iguales.
Valeria De León tiene 28 años y un hijo a su cargo, Claudia Fernández (25) trabaja para mantener a 4 niños, mientras que María Arias (29) con 5 pequeños, decidió participar desde un principio en el proyecto de las bolsas para aportar a los menguados ingresos familiares.
Mientras tanto, María García, de 33 años, que fue una de las últimas en sumarse a este emprendimiento, considera que este empleo le sirve para subsistir de una manera elemental.
Todas coincidieron en el aporte de este empleo como una forma de crecimiento personal, «ya que había personas que ni siquiera viajaban en ómnibus ni conocían otro barrio que no fuera Tres Ombúes».*
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