Hablando de otra cosa
Lo malo, y feo, es irse desenojando con el enemigo. Ir acostumbrándose a él, a verlo allí. Y la costumbre se hace tolerancia. Y él lo sabe y se hace el bobo. Habla de otra cosa. Y uno también. Aquí cada vez se habla más de otra cosa. Está comprobado, por ejemplo, que los pollos y las gallinas son sensibles a las elevaciones, cosa que no pasa con los caranchos de la Quebrada de los Cuervos ni con la cabra que se ve en los peñascos y riscos de Noruega, país productor de bacalao el que, no obstante pertenecer a una especie diferente a la avícola de corral, frecuenta poco las montañas, una de las cuales conocida como Kundshulstind, tiene 5 mil 555 metros de altura, razón por la cual se descarta la presentación de la selección uruguaya de fútbol. De ahí entonces lo extraño que resulta encontrarse con un pollo vivito y con plumas en un ascensor de alta velocidad ascendente. La urgencia con que el hombre necesita desplazarse no se reduce ya a sus viajes horizontales, sino que se traslada (también su urgencia) a los viajes verticales y si el ascensor es lento (dícese de todo aquello que no va todo lo rápido que uno quisiera), se fastidia, resopla, mira su reloj, relojea las lucecitas que marcan los pisos, y capaz que hasta murmura: «Â¡Que catramina!». El pollo no. Este tipo de observaciones no conducen a ninguna parte ni arrojan luz alguna sobre el extraño comportamiento humano, ni despiertan o alientan el espíritu de lucha en pos de justicia social o reconocimiento de la belleza, pero posibilitan escribir de otra cosa, que esa era la intención primera cuando nos referimos a lo malo y lo feo que es irse desenojando con el enemigo, acostumbrándose a él, a verlo allí, y él haciéndose el bobo, hablando de otra cosa, como uno. Claro que, lógicamente, la otra cosa no era ésta. *
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