La crisis y el hipermercadismo arrasan a los almacenes barriales
Afirma ser el único almacenero que le ganó un juicio a la Intendencia de Montevideo en tiempos de la dictadura. Había comprado en 1966 la primera «granja» que abría sus puertas en la capital: La Positiva. Sus quesos y mermeladas, la modalidad novedosa para aquellos años, de «granjita», fueron muy apreciados. Al local de la calle Constituyente llegaba gente de lejos a comprar. A comienzos de la dictadura, 41 locales debieron emigrar de sus instalaciones en esa calle, en controvertida decisión. «Eran medidas policiales-municipales. Llegaban un día y te ordenaban que había 24 horas para irse. Si chistabas, ibas para adentro».
Bajó la cortina metálica. «Pero de noche íbamos con mi padre y robábamos de nuestro propio negocio. Yo tenía miedo que nos agarraran, pero tenía cuatro hijos ya. No había otra».
Años después, y aún en medio de la dictadura, le pleiteó aquella orden a la Intendencia. Asegura, a raíz de ello, haber sido el único que le ganó un juicio a la comuna dictatorial. «Pedimos 52.000 pesos por el local. Nos dieron 8.000″, recuerda ahora. Reflexiona que ni siquiera en aquellos días la cosa se había puesto económicamente tan dura como ahora.
Actualmente con seis hijos, ya abuelo, Gerardo Clausen es almacenero desde 1966. A su almacén hoy lo rodean cinco (5) supermercados, en un radio de cuatro cuadras.
«Abro todos los días, pero ya perdí demasiado. Hasta la mutualista. No puedo pagar. Algunos meses llegamos a tener que poner plata. Y no me vengan con la historia de la reconversión. Es cierto, me prestan U$S 25.000. ¿Y con eso qué? No me va a alcanzar la vida para pagarlos: nadie me dice cómo voy a ganarlos».
Clausen afirma que Cambadu «debería hacer más y no hace». Les atribuye haber anunciado una campaña en defensa de los almaceneros uruguayos con distintivos para comercios cuyos propietarios fueran uruguayos. «Aquello duró unos días y después desapareció, ¿por qué?», se pregunta.
Alerta que afirmaciones o cuestionamientos de esa índole podrían costarle caro. «Lo que puede pasar es que me vengan a buscar. Debo. Como muchos otros, debo y no puedo pagar».
El mayor de sus hijos ya está viviendo en Estados Unidos. Otros dos quieren seguirle. «A veces, alguien me dijo ‘dejá el agujero’ y andate. Pero no puedo. Siempre pagué todo y salí adelante. No voy a dejar mala reputación atrás; creo en los valores».
A sólo dos años de cumplir los 60, Gerardo Clausen se debate entre no bajar los brazos… y la realidad. Puede jubilarse en dos años más. Su jubilación será –ya lo averiguó– de $ 2.200 por mes.
¡Ponele «Survivor»!
«Eso fue lo que me dijo un cliente cuando abrió el quinto supermercado acá a la vuelta: ¡ponele Survivor!
Clausen cree que la gente no abandonó los almacenes por los precios: los abandonó más por novelería y se olvidó de la solidaridad.
Enfatiza que los precios son casi iguales, en tanto el sacrificio del margen de ganancia ha sido brutal para el almacenero. Pero reconoce que los premios, las tarjetas, los puntos, han sido un estímulo brillante y una forma de competencia devastadora.
«Un mes puse un radiograbador a sortear entre los clientes y a todos les encantó. Pero no puedo hacerlo todos los meses». Apunta irónicamente a las empleadas domésticas como generadoras del cambio de gustos en las compras entre los vecinos del Centro. «Acá en el Centro vive mucha gente mayor, que tiene empleada. La empleada compra donde le den premios o puntos para premios que, en general, serán para ella», explica.
Apunta también a los mejores precios obtenidos entre los abastecedores por las cadenas de supermercados y cree que en eso deberían recibir más ayuda. Condena finalmente el «abandono en lo efectivo» de que están siendo objeto, considerando que el almacén ha constituido en los barrios uruguayos el verdadero entramado social. Cree aún que la libreta, el fiado, son instituciones solidarias que de un modo u otro hacen también a la supervivencia del espíritu uruguayo. *
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