Religiosas hindúes fundarán un hogar para enfermos de sida
A escasos minutos del centro mismo de Florida está el barrio «Mañana». Considerado como el aledaño de la capital departamental, este poblado ha ido creciendo más a expensas del empobrecimiento general, que de algún proceso favorecido por el desarrollo.
Aunque es difícil de cuantificar, quizás la cuarta parte de la capital floridense –que tiene 31.000 habitantes– esté ya viviendo en el barrio.
Aunque buena parte de las casas es de material, el estado de las calles en general, las carencias de iluminación, así como de servicios imprescindibles, pauta una realidad de ínfimo poder adquisitivo. Allí cuatro religiosas hindúes, de la congregación de las Hermanas de la Misericordia, acaban de abrir una minúscula casa de atención mientras impulsan su proyecto más ambicioso: construir un hogar de internación para los enfermos con sida, cuando están aún entre la indigencia en la calle y el hospital.
Inspiradas en el legado de la Madre Teresa de Calcuta de «asistir a los más pobres entre los pobres», han decidido no solamente compartir la suerte de estos desheredados uruguayos, sino que aspiran a mejorar ese entorno. Bajo la conducción de la Hermana Lincy Rose –que ha prestado durante años servicio en el barrio Borro en Montevideo– las religiosas ocupan desde hace un par de semanas el primer refugio, avanzando hacia la concreción del proyecto para el cual ya tienen predio.
A escasas cuadras de donde ahora están –en un descampado casi total– levantarán el primer centro asilar para infectados por VIH del país. Tendrá una capacidad para 25 internaciones.
Al mismo tiempo, las religiosas se dedican ya a atender a los niños «de la calle» del barrio Mañana, muchos más de los que cabría esperar. Desde la casita, las figuras vestidas con los saharis blancos de ribetes azules, calzadas con sandalias a pesar del invierno, salen al amanecer buscando asistir a cuanto pequeño no desayunará esa mañana.
Aún cuando buscan evangelizar el barrio, desarrollar el asilo que se han puesto como meta y dar de comer a los que nada tienen, parece ocupar la mayor parte de su tiempo.
Aunque hablan un castellano más comprensible que el de más de un uruguayo, prefieren dejar a la prensa fuera de su circuito. Optan por no hacer declaraciones públicas y refieren al obispo como interlocutor válido de su tarea. «Esta tarea comenzó a raíz de la necesidad de atender a jóvenes drogadictos que se habían infectado con el VIH», narró el obispo de Florida. Monseñor Raúl Scarrone recordó que hace dos años habló con la sucesora de la Madre Teresa –la Madre Nirmala– solicitándole religiosas interesadas en ayudar en una misión tan delicada como la que se plantea.
El sacerdote Gustavo Larrique cumple una valiosa labor entre los jóvenes adictos, buscando que superen el hábito del consumo de droga. Más allá de sus logros, el problema de los adictos infectados con VIH, casi sin lugar a donde recurrir, era una dura prueba a afrontar. Así las cosas, las Hermanas de la Caridad aparecían como casi la única esperanza. La existencia de la congregación en Uruguay facilitó, sin duda, la concreción de estos proyectos solidarios. Estas monjas trabajan desde hace casi una década en el barrio Borro montevideano, así como en el de San Isidro, en Las Piedras.
El 6 de julio último, cuatro de las religiosas encaminaron sus pasos a Florida donde –más que la pobreza, que es su entorno común– el frío de la campaña uruguaya absolutamente opuesto al clima de su India natal, les ha mostrado los dientes. Sin embargo, a ellas parece no afectarles.
A diferencia de otras órdenes, en estas monjas la sonrisa es casi una constante. Cumplen con amar al prójimo más que sí mismas. Aman a estos enfermos e indigentes de tierras tan lejanas a las suyas, más, sin dudas, que la casi totalidad de los uruguayos. *
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