Tiene la palabra

La Magia de las Chaquetillas

Señor Director del diarioLA REPUBLICA

Dr. Federico Fasano Mertens

Un conocido periodista de turf, tuvo la buena idea hace pocos días, de recordar a una de las caballerizas emblemáticas del hipismo uruguayo: el «stud 6 de Febrero», propiedad de la familia Martirena, con una trayectoria legendaria realmente en la historia de nuestro turf. Al punto de que ya por lejanos tiempos de 1915 uno de sus defensores, Partagás, solía lucir airoso la enseña blanca, banda y gorra violeta que, más de medio siglo más tarde, un noble pingo, Pantagruel, también cubriera de gloria con rutilantes actuaciones en el hoy inactivo hipódromo de Maroñas.

Desde tiempos «heroicos» del hipismo nacional, muchas fueron las chaquetillas famosas de stud cuyos pingos, realizando proezas fuera de serie, levantaron en vilo a la afición maroñense, provocando a lo largo del siglo, cada vez que aparecían de nuevo en la pista, una lógica admiración. El «Charrúa», del doctor José P. Ramírez, el «Fraternidad» de los Páez, el «Progreso» de los Piñeyrúa, el «Imperio» de los Braga, «El Refugio», que por el solo hecho de haberla lucido el fenomenal «Romántico», ya vive cubierta de gloria, el «Atahualpa» de doña Juanita Mautone, «la dama del Turf», el «Gral. Rivera», enseña de los inolvidables cracks Scooter y Uranio, el sencillamente «Pobre», del inolvidable Marquito, el «Oriental» de histórico Guerrillero, «el Zorzal» de los hermanos Maslíah, con su verde, estrellas oro de campeones inolvidables en una y otra orilla del Plata, y otros muchos que la afición (y los libros) recuerdan con innegable admiración.

La «magia» de las chaquetillas, un blasón elegido por cada propietario de caballeriza, emulando a los caballeros de la Edad Media y a los férreos aurigas de la antigua Roma, ha dividido muchas veces a lo largo de la historia del Turf las pasiones de los aficionados, cada uno de los cuales tiene una admiración ineludible por alguna de ellas, fruto de los momentos vividos a través de los triunfos de sus defensores, a veces cracks, por momentos intrascendentes «mancarrones».

No pocas veces los aficionados hípicos se llenan de emoción al ver de nuevo «sus» colores en la pista. En algunas oportunidades, muchas por suerte, hijos o nietos de antiguos propietarios de caballeriza, por más que lejos del Turf, estén «en otra cosa», son empujados porque lo merece el recuerdo de sus antepasados, a adquirir un pingo y «revivir» la presencia de ese emblema de sus padres o abuelos como un testimonio de elocuente lealtad a su memoria.

Es ese uno de los lados «lindos» del turf, que muchos críticos de la actividad no conocen ni valoran en su real dimensión, por lo cual la recordación del cronista aludido merece un aplauso.

A un paso de reanudarse la marcha del hipismo uruguayo mayor, con la anunciada reapertura del circo de Ituzaingó, el solo hecho de volver a ver esas sedas lucidas por sus jinetes a lomos de los «purasangre», nos pone la carne de gallina a los «burreros de ley».

El turf, fuente de trabajo para miles de uruguayos, revive aquella vieja expresión de que «la patria se hizo a caballo». Sin olvidar que el mismísimo caballo está en el Escudo Nacional, demostrando lo arraigado de su admiración en los orientales, que han hecho del hipismo, su segunda pasión.

Atte. Marcelo Tito

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