"CLAUSTROFILIA", MAL SOCIAL DE LA CIUDAD QUE CAMBIA

El temor a la ciudad lleva a muchos uruguayos a aislarse socialmente

Más allá del jardín de su casa, acecha la ciudad perversa y hostil. Eso es lo que sienten Celia, funcionaria pública de 34 años, y Alvaro, músico, de 38. Este matrimonio no sabe desde cuándo la ciudad le provoca miedo. Sólo sabe que ese miedo tiene mil rostros y crece como una mancha de petróleo en el mar. Una espesa mancha sombría que invade todo.

Celia dice:

«Es una sensación terrible. Empieza cuando salgo para ir a trabajar y se va sólo cuando regreso a casa. Me asustan el tránsito, los lugares con mucha gente, todo. No sé cómo definir lo que me pasa, pero la ciudad me abruma, me asfixia cada vez más. Ya ni al cine voy. Me siento en peligro cuando camino por la calle, en la parada del ómnibus, en las aglomeraciones. Es como si me persiguieran fantasmas».

Alvaro comparte algunos de esos temores y tiene otros. El cuenta:

«Para mí, lo peor es lo que se ve en la calle. Los niños pidiendo limosna, las chiquilinas prostitutas, los viejos durmiendo en las veredas, todo eso horrible que uno ve. Yo le digo a mi terapeuta que esas son las cosas que me hacen daño. Eso es lo que me asusta, la terrible pobreza que hay en la ciudad me asusta. No quiero ver eso, no lo resisto, y por eso prefiero quedarme en mi casa todo el tiempo que pueda». Humberto, de 71, jubilado, afirma que ya no hay lugar para él en Montevideo:

«Vivo frente a una plaza pero nunca voy –cuenta–. Está llena de muchachos y yo ahí no tengo nada que hacer. Antes aquí en el barrio había boliches donde iban mis amigos, pero ya los cerraron y también perdí eso. Y se imaginará que a una de esas discotecas modernas no voy a ir, porque no son para gente de mi edad. Entonces lo que hago es mirar la tele todo el día».

Pero Humberto también se siente acosado y agredido en la ciudad:

«Sufro como una madre cada vez que voy a cobrar la jubilación. A todos los viejos nos pasa lo mismo. Te da miedo salir a la calle porque casi nadie respeta a los viejos como yo. Te empujan, te tratan mal, se burlan de vos, te roban. La ciudad se ha puesto tremenda. Hay mucha maldad en la calle».

Alba, de 61, sostiene que la ciudad es una fábrica de peligros:

«Desde que quedé viuda, sólo salgo de casa para hacer algún trámite. Una nunca sabe lo que le puede pasar en la calle. Hace como un mes, mi hija mayor me llevó a un shopping y todo me pareció muy lindo, menos el amontonamiento. Entre tanta gente, hasta una enfermedad se te puede contagiar. Lo mismo pasa en la playa y en los ómnibus. Y para peor se ven muchas personas raras en la calle. Andan esos muchachotes con caravanas y cadenas que a mí me ponen muy nerviosa. De repente son muy buenos, pero yo no sé… Antes no se veía eso. Montevideo era otra, muy distinta. Ahora está llena de cosas nuevas que te cambian la vida, te la hacen más complicada. Y hay cosas peores, sobre todo de noche. Por eso a mí déjeme tranquila en casa, que aquí no me pasa nada».

Las causas

Celia, Alvaro, Humberto y Alba son sólo ejemplos. Un gran sector de la población montevideana ve al exterior urbano como un ámbito de inseguridad, contaminación, angustias y presiones.

Esa percepción da paso a un modelo de vida crecientemente autocentrado en el espacio doméstico, al que se visualiza como un refugio seguro, contraparte del territorio público tan temido.

Esta tendencia al enclaustramiento, que algunos expertos ya denominan » claustrofilia», puede llegar a ser patológica, alerta el psicólogo social Erley Quinteros, quien la ubica en el marco de múltiples factores:

«La ciudad creció vertiginosamente y no estamos preparados para cambios tan rápidos. Necesitamos hacer un proceso y ver al proceso, ser sujetos protagónicos de él. Si la ciudad cambió y nos enteramos cuando todo está hecho, la dimensión del cambio nos crea inseguridad».

Es en ese contexto que el miedo comienza a adquirir un rol muy importante en quienes descubren un día que no conocen a la ciudad donde vivieron tanto tiempo, porque los cambios que se dieron sin su participación han sido muchos y profundos.

«Estamos todavía en la etapa de entender todo esto nuevo que hay, la tecnología, los shopping, las escaleras mecánicas y muchísimas otras cosas que son nuevas o relativamente nuevas en el proceso de crecimiento de cada uno de nosotros. Para aprender el mundo necesitamos un montón de tiempo. Incluso cuando llegamos a adultos descubrimos que todavía debemos aprender muchas cosas, porque la dinámica de los cambios es muy grande y muy abarcativa», explica Quinteros.

También influyen los prejuicios que nos hacen rechazar aquello que de algún modo violenta o pone en entredicho nuestras pautas culturales, sobre todo nuevas conductas y nuevos estilos de vida.

Lo grupal

Sin embargo, no tener conciencia del miedo sería estar fuera de la realidad, dice Quinteros. «Alguien que está en la realidad tiene la percepción del miedo. El miedo sirve para ponerlo en situación», subraya.

Saber a qué le tememos implica siempre una revisión de nosotros mismos, que nos brinda la posibilidad de saber si nuestro medio obedece a causas reales, si se ha magnificado la situación, si de algún modo somos víctimas de manipulación.

«A veces culpamos a la ciudad sin preocuparnos de lo que nos ha pasado como sujetos, de lo que nos ha sucedido en nuestra vida que nos pone retrotraídos, incapaces de operar en la sociedad», señala Quinteros.

El enclaustramiento en el ámbito doméstico, fruto del temor a la ciudad, implica graves riesgos psicológicos y conspira abiertamente contra la socialización:

«Somos seres sociales. Necesitamos al otro, a los otros, a los grupos. Es muy grande la importancia de lo grupal en nuestra cultura. La cultura nuestra ha sido de cuadros de fútbol, de la barra de la esquina, de la murga. La música de Montevideo es una creación colectiva. El candombe, expresión colectiva, es la música popular. La murga es la identificación de Montevideo. Todo eso es parte de la construcción de nuestra identidad. Debemos rescatar los valores grupales, que instrumentan a la gente para encarar el mundo», indica Quinteros.

Reacción positiva

El impacto emocional que causa la pobreza urbana amerita un análisis especial:

«Eso indica que la sensibilidad se manifiesta ante la injusticia social. Que alguien reaccione así, como lo hizo una de las personas que ustedes entrevistaron, demuestra que hay una gran potencial en quienes se sienten agredidos por la miseria que expone Montevideo. Eso es positivo», reflexiona Quinteros.

En este terreno, Quinteros destaca la actitud de quienes aunque viven en «una casilla de cartón se levantan todas las mañanas para seguir luchando por la vida». Esa gente, dice, quiere seguir viviendo y lo demuestra día tras día.

Quinteros destaca que en estos casos se recurre frecuentemente a un enfoque de una sola dirección, nutrido por expresiones como «pobre gente, qué duro será vivir en esa situación», cuando en realidad el hecho dominante está en la fuerza interior de esas personas que, aun en las peores situaciones imaginables, no se rinden y quieren permanecer.

La apropiación

La respuesta al enclaustramiento y el marco de contención requerido, no están sólo en la terapia. A juicio de Quinteros, el camino es otro:

«Es necesario abrir espacios donde la gente pueda entablar relaciones. En vez de que una empresa privada cuide la placita del barrio, que la cuiden los vecinos, porque ese es un lugar de contacto, de reunión, un punto de partida que necesitamos para organizarnos nosotros mismos. La gente debe comenzar a apropiarse de esos lugares, de la calle, de la plaza. El esfuerzo que como ciudadanos debemos hacer es adueñarse de la ciudad. Eso permite poner l

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