LA LUDOPATIA ESTA LIGADA A LA FRUSTRACION INDIVIDUAL Y A FACTORES AFECTIVOS

Las reglas del juego

ANDREA CHARQUERO

 

Según el psiquiatra especialista en adicciones Juan Triaca la compulsión se manifiesta de diferentes formas. El juego de azar puede ser sólo uno de los tantos «actos-síntomas» y variables desencadenantes de una misma enfermedad, como el alcohol, la droga o las relaciones amorosas inconvenientes.

«Si nos preguntáramos el porqué un individuo se hace adicto a alguien o algo tendríamos que remontarnos a su historia personal, incluso antes de su nacimiento.

Hay personas que tuvieron una historia «bio-sico-social» compleja que determinó una alta vulnerabilidad o una fuerte disposición a las conductas adictivas, que en su adultez pueden desarrollarse.

La predisposición aparece frente a un acontecimiento frustrante no elaborado ni asumido, que deriva en una adicción.

Si bien toda la vida de una persona constituye el camino de la sanidad o enfermedad mental, para la psiquiatría los primeros cinco años de vida son determinantes para definir el futuro de una persona.

Por eso, la mejor manera de prevenir cualquier tipo de adicción es un ambiente familiar continentador y facilitador, donde el diálogo y el afecto tengan un papel predominante.

Un individuo sano emocionalmente va a tener menores probabilidades de buscar «afuera» cualquier sustituto afectivo, aunque tampoco lo salva en un 100% de no caer jamás en algún tipo de conducta adictiva. Sólo lo aleja de la estadística.

Aunque sobren sitios de Internet y textos capaces de configurar la personalidad de un jugador, aparentemente –para la ciencia– no existe una definición seria de lo que sería un perfil determinado del ludópata. No obstante, se han observado en estudios características comunes como: carencias afectivas, dificultades para tolerar frustraciones y elaborar pérdidas.

La urgencia para satisfacer un deseo que aparentemente los va a dejar satisfechos, pero cuando éste se alcanza, ello no evita que siga el círculo vicioso. Estas personas presentan imposibilidad de elaborar situaciones, emociones y sentimientos.

En el caso del juego de azar, el individuo se vuelve adicto cuando ya no puede manejar ni días ni horarios y su universo empieza a girar en torno al juego que lo atrapa y lo aleja del mundo real.

La diferencia entre el jugador social y la enfermedad adictiva, está determinada por la autodestrucción de la persona afectada, la omnipotencia de querer vencer el azar y el pensamiento mágico de creer que la fortuna espera tras la próxima bola de ruleta.

La falta de límites impide el razonamiento y el poder parar el juego o retirarse. El objeto que en este caso puede representarse en un mazo de cartas, una máquina de casino es donde queda cargada la frustración y la desvalorización del adicto.

Pasión irrefrenable

Susana, de 57 años, narra su experiencia. Todos los días «de paso» al supermercado entra en el Casino del Parque Hotel, con la excusa de desquitar la compra diaria o para matar el tiempo.

Lo hace cuando el marido se va a trabajar o cuando en su casa sus dos hijos se durmieron. «A mí siempre me gustaron los juegos de azar y no pasa un día sin que juegue cien pesos en las maquinitas, para mí ya es una costumbre. Sin embargo, ni me siento adicta ni compulsiva. Para mí es como aquella persona que destina cierto dinero por mes en cigarrillos.

Reconozco que tuve épocas en que me costaba frenar y me he gastado el dinero que estaba destinado para zapatos pero nada más grave que eso».

Casino o muerte

Mirtha, de 49 años, contó que durante la semana está demasiado ocupada, pero los sábados y domingos el casino es una cita obligada. «Si no voy, me muero».

«No me interesa otro tipo de juego que no sea la magia que despierta el casino y el vértigo de ver la bola girar esperando el momento en que se detiene en un número.

Es como la ‘montaña rusa’ para los niños».

Confiesa que si no tiene dinero, igual concurre a la sala de juego, porque siempre en el fondo de la billetera encuentro algo».

Consideró que «el que está por fuera del tema no entiende la atracción y el placer de jugar. El tema es poder frenar la apuesta para no jugarse la vida y terminar suicidándose como le ocurre a muchos jugadores, aunque no se publique».

Sueldo empeñado

Juan Carlos, de 66 años, recordó haber empezado a jugar a los veinte años. Todo me venía bien: la rueda de café en un juego de cartas, las apuestas callejeras, la tómbola y hasta el casino. Muchas veces, salía de casa con la factura de la luz y el dinero para pagarla y me lo gastaba todo. Mi sueldo lo tenía empeñado en préstamos bancarios.

A partir de la muerte de mi madre, la desesperación por jugar fue mayor. Yo nunca fui a ningún grupo de apoyo pero casi pierdo a mis hijos y con ayuda de ellos y de mi médico pude controlarme. A la ruleta no juego más, pero de vez en cuando apuesto con moderación».

Nuestro entrevistado recordó una oportunidad en que concurrió al casino.

«De repente a un hombre le dio un infarto en medio del salón. Enseguida vino la emergencia médica a asistirlo mientras el personal del lugar le daba los primeros auxilios. Lo que nunca me voy a olvidar es que nadie de las cientos de personas se acercó.

Los médicos se lo llevaron y creo que la mayoría de la gente ni se percató de lo sucedido».

La soledad del juego

Por su parte, Francisco, de 45 años, dijo que el juego le costó la separación de su familia. «Mis hijos no me querían ver y perdí mi trabajo por escaparme al casino. Me costó mucho salir de ese infierno de deudas, empeños y prestamistas que me venían a golpear la puerta a cada rato».

Con paciencia, apoyo familiar y el grupo de jugadores anónimos, Francisco logró salir de eso y entender que el juego lo estaba aniquilando.

«En el casino corre el alcohol, las mujeres que están a la pesca y el cigarrillo. Muchas veces de mañana se llena de mujeres y algunas llevan la bolsa de «hacer los mandados doblada y guardada en otra bolsa.

También se ve muchos desocupados o los más arriesgados que van con la factura de la tarjeta de crédito y pretenden doblar la cifra que tienen destinada a saldar el estado de cuenta». *

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