Casas con nombres, "villas" de las damas y sus flores
Es muy vieja, está abandonada y cubierta de enredaderas, pertenece a una estirpe muy popular en los viejos tiempos. Casas «con nombre». Detalle infaltable por los queridos barrios populares del ayer.
La memoria respira hondo. Se siente tocada a fondo. De a poco, como siempre, hablándole bajito, comienza a «hacerle el verso» al veterano. Este sabe que no queda otra que escucharla y sus palabras serán el nervio de una nota dominguera y de un par de audiciones radiales. Le tocó el turno a «las casas con nombre». La matraca da vueltas y el laberinto de recuerdos ya comienza a ser de todos.
Un Montevideo que por finales de la década del 20 estaba lleno de casitas que se trepaban a la vereda y, entre el pasto y las flores, lucían sus cálidas presencias. Era una costumbre muy arraigada, al terminar una construcción, el colgarles un cartelito o grabarles un determinado nombre. Siempre se trataba de «villa» tal o cual. Tenían preferencia los que se asociaban a las flores que había en el frente.
Así es que surgían «Villa Violeta» o «Villa Margarita». Dijo Proust que «el perfume es la forma más intensa de la memoria». Y ese francés que escribió y escribió tratando de «recuperar el tiempo perdido» sabía montones del asunto de darle con todo a los recuerdos. Un aroma, una flor y así de fácil se diluyen los años. Estamos en nuestra «Villa Rosa». La humilde casa que con un montón de familiares compartíamos en la patria lejana de la infancia. Allá por la zona de la Villa de la Unión.
Tenía un alambrado en su frente por donde trepaban, salvajes y bellas, las flores de un gran rosedal. Muy rojas, intensamente rojas, como la sangre de los ocupantes de esa casa. Laburantes que hacían esquives y piruetas a la vida. Tan dura con ellos y con los pibes que la mayoría de las veces largaban los libros porque había que colaborar y trabajar. Pero todos muy unidos le daban empujones a la zurda suerte, y hasta lograba alejarla por un tiempo.
Casas con nombre, «villas», símbolos de un tiempo de familias numerosas y muy unidas que crecían detrás de sus paredes, «de lata por fuera y por dentro de madera», volviendo al autor de «Cometas sobre los muros». Una cálida fuerza que todo lo podía. Inmigrantes y sus proles. Criollos «aquerenciados», de a poquito, a los adoquines y sus ruidosos tranvías. Montevideanos de antes que, encerrados en sus «casas con nombre», comían todos juntos en una larga mesa, que todos compartíamos, cuando el reloj de péndulo daba exactamente el mediodía.
La «matrona» del hogar o una abuela muy viejita, también daban su nombre al cartelito del frente. Un recocimiento de todos a la vieja y luchadora dama del clan familiar. Muy pibes, trillando la calle, como ayer, como ahora, veíamos por Comercio un ranchito, con techo a dos aguas, que lucía en su frente dos inscripciones. Una decía «Modista» y grabado sobre la agrietada madera, otra con grandes letras, «Villa Carmen». Reconocimiento a un oficio y a la que dándole a la aguja y a la máquina de pedal, había hecho posible que la familia tuviera un techo propio.
Nombres de mujeres en los frentes. Pruebas de amor que allí quedaban, aun cuando sus destinatarias ya no existían más. Para que la familia y la «gran familia» que era toda la barriada no las olvidarán jamás. La memoria apura el paso y nos manda un sacudón de esos muy fuertes. Entornamos los ojos y es ahora el querido barrio Bella Vista y un recuerdo muy difuso. Que nos contaron porque nosotros eramos menos que un purrete. Se trataba de una mujer, que vivía en una casita llamada «Villa Manuela». Españolísima ella y su marido, un gallego «metedor» que se ganaba la vida como carnicero. Pero, esa mujer, madre de 9 hijos, tenía la fuerza y el empuje para amamantar a los bebes que, por un motivo u otro, no podían recibir la leche maternal dentro de sus propias familias. Y nosotros, que no conocimos a nuestra madre que se «piantó» a las estrellas para darnos la luz de la vida, vivimos gracias a esa mujer. El oficio de «amas de leche», como le decían hace muchísimos años. Seres que desbordando salud alimentaban a sus hijos y a los que les arrimaban, dándoles parte de su energía para que pudieran crecer. Muchos pasaron por aquella «Villa Manuela» y gracias a eso algunos viven para contarlo y escribirlo.
La palabra «villa» también servía para que aquel antiguo Montevideo definiera pequeños conglomerados urbanos. Así se identificaban áreas como la Villa del Cerro, la de la Unión, aquella de los gallegos, la Villa Española y otras más que la caprichosa memoria olvida.
En lo anecdótico, estaba un ómnibus de los llamados «piratas», es decir los que manejados por su propio dueño, circulaban independientes, sin destinos ni rutas fijas, haciendo la competencia a los tranvías. Como el que hace «pilones» de años, andaba preferentemente por la Avda. Agraciada, y al que su patrón le puso en su frente, sobre el motor, un cartelón que decía: «Villa de todos».
En otras zonas, grandes predios rodeaban a enormes casas. Otro nivel económico pero se mantenía la constante de homenajear a las señoras de la familia. Como el añejo clan de la dama Dolores de Rossel, que donó residencia y predio, allá en los inicios del viejo siglo, para el cuidado y exposición de animales. «La Villa Dolores» fue el resultado de un gesto de amor hacia los animales, hacia la ciudad y todos sus vecinos.
Casas con nombres femeninos y de flores. Sentimientos que sin el rigor de lo histórico, giran a fuerza de emociones. De recuerdos, a veces, vinculado a un universo de sensaciones. Al amor y sus juegos. Cómo dejar de lado a una gran casaquinta del llamado barrio Belgrano, por Jaime Cibils. Allí se levantaba, con sus orgullosos dos pisos, la «Villa Ema». Una «casa de huéspedes donde las parejas, muy discretamente, entraban y salían. A paso rápido, o acelerando el motor de las ruidosas «cachilas». Un sitio decorado al estilo francés, con enormes paredes interiores pintadas con motivos de paisajes, con líricos trovadores y sutiles ninfas. Aunque creemos, pocos se detenían a contemplar tales bellezas, porque allí el tiempo «valía» y había que aprovecharlo. ¡Y vaya si lo aprovechaban!
La casa, la «Villa María» que nos largó a recordar está por Joaquín Suárez y Ruy Barboza. Un muro la tapa, las plantas amenazan cubrirla pero luce orgullosa su nombre y lejano esplendor. Apuramos el paso pues hay tanto por hacer. Como hacer memoria, compartir y escribir. Sobre las «casas con nombres», donde entre sus flores latía un «viejo espíritu». El de las fragancias y los perfumes, «la forma más intensa de la memoria».
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Coordinación: Angel Luis Grene
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