Publicidad y Ventas
La necesidad de innovar en publicidad, es decir, de encontrar cosas «novedosas», no nuevas, hace que las cabezas de los marketineros ejecutivos de ventas utilicen sus imágenes cerebrales más recurrentes para encontrar nuevos medios donde colocar los sacrosantos anuncios que nos enseñan qué comprar, para vivir mejor. Y, para decir la verdad, parece que realmente se están esforzando.
Así la publicidad llegó a los condones, escrita con tinta fluorescente que permitía verse en la oscuridad, claro que para muchos y muchas encontrarse en esas circunstancias y ver brillando allá abajo algo así como: «Fulanito liquida» o «Damos más por menos», los desconcentraba, y eso llevaba a que se leyera «Fuquida» o «Damenos» y muchas veces sólo «Fu» o «Da».
Y como se imaginarán, esto era muy negativo para el producto, por no hablar del otro asunto. También se dice que un japonés –tenía que ser, ¡ellos son tan creativos!– tuvo la maravillosa idea de vender publicidad en la ropa interior y en el propio cuerpo de las prostitutas. Se trataba de colocar falsos tatuajes cerca de las zonas más expuestas a la atención del cliente.
Claro que no es lo mismo encontrar una rosa tatuada cerca del ombligo de la mujer con la cual te vas a acostar que toparte con una hamburguesa llena de mayonesa, por ejemplo. Por supuesto que el lugar en que se colocaba el tatuaje publicitario era fundamental para marcar su precio.
Había algunos que eran realmente caros, aunque yo no les voy a decir en qué lugar estaban. No me atrevo, los japoneses tienen costumbres muy raras. Milenarias, dicen.
No faltó quien, envalentonado por estas innovaciones, propusiera realizar una extraña «degustación» –si puede llamarse así– en los supermercados: la idea era mostrar diferentes excrementos «realizados» por consumidores de la marca anunciante y de la competencia, que demostrarían –aseguraba este creativo alemán– la mejor calidad de aroma y textura del producido por la ingestión del producto promocionado. Es así que llegamos a la tecnología puesta al servicio de la ida al servicio.
La compañía norteamericana Procter y Gamble va a realizar una campaña de marketing de sus propios productos utilizando su conocido papel higiénico, pero en una nueva versión.
El nuevo papel-anuncio además de la tradicional lámina de celulosa que todos conocemos tiene pegada una película ultrafina orgánica electroluminiscente por ambas caras. Cada sección perforada nos presentará un anuncio en una «pantalla» virtual de 480 por 480 puntos, con 256 colores.
El control lo realiza un «sistema-en-un-chip» que se ubica en el cilindro central de cartón y se conecta a todos los «anuncios» por medio de un fino conductor que recorre el rollo de papel todo a lo largo.
En fin, para decirles la verdad me parece que este asunto no va andar muy bien. Me pone nervioso el pensar que eso del chip pueda seguir funcionando después que cortaste el pedazo de papel y, andá a saber, no te quede en el «godofredo» (como decía mi abuela) una pantalla virtual para siempre.
Te imaginás que estés en el boliche y no haya televisión y los muchachos quieran ver el fóbal. No te vas a poder negar, ya te veo subido a una mesa, agachado y con el culo al aire por donde todos ven el partido. Ni festejar los goles vas a poder.
Además, otra inconveniencia es la mala imagen que tendrían lo productos publicitados, fijate que la gente se enchastraría en ellos.
Esta misma razón lo haría muy interesante a este sistema, si lo utilizara para su publicidad algún partido político en las próximas elecciones.
En fin, así es el glamoroso mundo de la publicidad.
Compartí tu opinión con toda la comunidad