Desde el asiento de los bobos

Mascaritas

Hugo Buscaglia

 

Iba en el ómnibus sentado y dando cabezazos por el sueño que me estaba produciendo el más que aburrido viaje, cuando veo subir a un tipo que lucía unos jeans gastados, grandes bigotes, sombrero y lentes negros.

No es que uno sea un paranoico, pero tenía una actitud muy sospechosa. Yo pensé para mis adentros (¿y para qué otro lado se puede pensar?): éste debe ser un pirata urbano de esos que toman por asalto al bondi y saquean a todos sus pasajeros. Calculé lo que tenía de guita y me despreocupé del asunto, capaz que termino pidiéndole prestado a él.

Estaba en esos efluvios mnemónicos (¡Pfá! Atendeme la significancia lingüística de la expresión, Chacho. Eso sí, después decime qué quiere decir), estaba en esos mojos, digo, cuando el presunto salteador de caminos ciudadanos se para frente al guarda y éste le dice: «¿Qué tal, don Lucio? Otra vez jugando a los disfraces». Y es ahí que el otrora maleante (qué estilo, eh, Chacho), al arrancarse el bigote postizo resultó ser el ministro de Transporte Lucio Cáceres, que con cara de fracaso dijo: «Tá qué los pá. Me descubriste otra vez». «Y, qué quiere –dijo el guarda– si hace cinco años que usa esos bigotes ridículos».

Y ahí me entero que el ministro cada tanto decide hacer una inspección personal de los servicios de ómnibus. «La única forma que tengo de hacerlo es disfrazarme (…) Tengo tres juegos de bigotes distintos» declaró y dijo también que este mecanismo le ha permitido «sacar valiosas conclusiones respecto al trato que reciben los pasajeros, al respeto por las leyes de tránsito y otras observaciones útiles». Lo que yo no sé es si esta onda Sherlock Holmes, sirvió para mejorar el servicio.

Y también me pregunto si no sería mejor ir a cara límpia, en vez de ponerse ridículos bigotes que lo deschavan enseguida, ¿él es tan conocido?

La verdad que no sé si es un exhibicionista, un actor frustrado, si tiene personalidades múltiples, si le patina un poco el embrague o si es una demostración de exceso de celo en su trabajo, de cualquier manera me parece que no estaría mal que otros hicieran lo mismo.

¿Se imaginan a Jorge Batlle con cuernos y unas ubres, para ver qué pasa con las vaquitas?

Y luego con unas largas orejas para controlar a los directores de entes. O con un parche en el ojo y un garfio en una de las manos, para pasar desapercibido entre los filántropos compradores de aquellos entes. O estirándose la jeta para parecerse a un oso hormiguero y mejorar la succión de calcetines a Bush y ver si se pueden instalar 14.000 puestos de venta de tortas fritas en los EEUU.

Arana podría disfrazarse de envase de plástico descartable para vichar a los recolectores de residuos, o podría enrollarse como una pelota para ver qué hace Pablo Sanmartino que ahora es secretario de Deportes de Adeom.

Opertti desnudo y todo pintado de blanco como una pastilla de Valium, para saber qué soñaban los diputados que se durmieron con su disertación.

Milka Barbato tendría que peinarse como Juana de Ibarbourou, para descubrir cómo falsifican los billetes de mil.

Gavazzo se tendría que disfrazar de gente, pero no le sale. Se le nota enseguida.

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