Varios intentos para volver a empezar
En 1898 se ejercieron presiones por parte de vecinos y comerciantes de la Unión, con la intención de derogar la ley que prohibía las corridas de toros.
La propuesta fue votada afirmativamente en la Cámara de Representantes y rechazada por la ajustada mayoría de un voto en el Senado.
Luego se hicieron nuevos intentos en 1902 y hasta llegaron de España cuadrillas de mujeres toreras.
Con la esperanza puesta en una posible derogación, se levantó en las cercanías de la ciudad de Colonia una plaza de arquitectura de influencia morisca, que fue denominada Real de San Carlos y estaba pensada para atraer turistas argentinos.
El armador naval Nicolás Mihanovich resultó ser uno de sus más fuertes accionistas para su construcción.
La intención del empresario era programar travesías en barco de Buenos Aires a Colonia e instalar un muelle especialmente para los aficionados.
La plaza fue inaugurada el 1º de marzo de 1910 y las corridas se hacían con toros a los cuales no se mataba, como una forma de soslayar la ley y hacer menos brutal la lidia.
Esta plaza de toros de Colonia duró pocas temporadas y aún su estructura de hierro y material se pudo observar desde el exterior, ya que sus instalaciones tienen el acceso prohibido por el inminente peligro de derrumbe.
En 1911 se levantó una plaza de toros en la Villa del cerro, en unos descampados que existían entre las calles Japón, Filipinas, Patagonia y Estados Unidos.
Hay historiadores que sostienen que esta fue la última plaza que vieron los montevideanos. Se llamaba «La Toreada» y sus corridas no podían ser a muerte.
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