Hace 110 años moría el último toro en ruedos montevideanos
«Antonio Torres Heredia/hijo y nieto de Camborios/con una vara de mimbre/ va a Sevilla a ver los toros».
Mucho antes que el insigne poeta español Federico García Lorca describió en los poemas del «Romancero Gitano» las andanzas de este personaje, los montevideanos, sin vara de mimbre y por otros caminos, acostumbraban concurrir a las corridas de toros.
Algunos testimonios y crónicas de la época cuentan que durante la colonia ya se efectuaban corridas de toros en la amurallada ciudad de San Felipe y Santiago, cuyo ruedo se levantaba en los alrededores de la actual Plaza Matriz.
Por entonces, nuestra ciudad tenía una población conformada por una importante colonia de inmigrantes españoles, que encontraban en estos enfrentamientos de hombre y animal una forma de recordar las lides taurinas de las tierras que dejaron.
Cuando ya éramos la República Oriental del Uruguay se construyó una plaza de toros sobre el camino Real (hoy avenida 18 de Julio) en los terrenos del vasco Artola, vecino de la zona, que, durante varios años, le dio el nombre a la actual plaza de los Treinta y Tres.
Allí se desarrolló una intensa actividad taurina, hasta el comienzo de la llamada Guerra Grande. Esta situación dejó a la plaza aislada de los centros poblados de la ciudad y, de esta forma, la guerra cortó la fiesta taurina de los montevideanos.
Aun cuando no abundan mayores referencias históricas de otros ruedos, algunos hablan de corridas de toros en las inmediaciones de las actuales Pérez Castellanos y 25 de Mayo, en la zona del Mercado de la Abundancia y también por la Aguada.
Llega la paz y las corridas
Con la rotunda afirmación «Ni vencidos, ni vencedores», se selló la paz el 8 de octubre de 1851. Esto significaba el levantamiento del llamado Sitio de Montevideo y la clausura del Puerto del Buceo.
La antigua Villa de la Restauración era otra capital dentro de los límites de Montevideo. Con el fin de la guerra, se convirtió en la Villa de la Unión, nombre que sirvió para recordar siempre el término del conflicto.
La paz trajo el desmantelamiento de oficinas y comercios de la arteria principal de la Villa de la Unión, que se denominaba Camino Real a Maldonado y en un tramo General Artigas, primera calle que tuvo el nombre de nuestro máximo héroe, cuya idea corresponde a Manuel Oribe.
Sobrevinieron momentos de decadencia económica y varios vecinos de peso político iniciaron un movimiento para buscar incentivos que dinamizaran el movimiento de la villa.
Entre las propuestas formuladas tomó cuerpo la de construir una plaza de toros. Para ello, se fundó una sociedad por acciones el 12 de mayo de 1852, con bonos que costaban cien pesos oro de la época.
Varios fueron los influyentes hombres que adquirieron acciones: don Norberto Larravide, quien vendió los terrenos donde se levantó la plaza y don Tomás Bazáñez, cuya fábrica de ladrillos ganó la licitación para proveer de estos materiales a la obra. También estaban Hermenegildo Fuentes, Carlos Crocker, Joaquín Requena, Manuel Herrera y Obes y Francisco Acuña de Figueroa, quienes conformaban la lista de los 207 accionistas de la sociedad de montevideanos dispuestos a levantar el circo taurino.
Pero el mayor accionista fue Venancio Flores, bajo cuya presidencia, en 1854, se obtuvieron los permisos para la construcción de la plaza en los terrenos que hoy limitan las calles Purificación, Lindoro Forteza, Odense y Trípoli, zona que durante años fue conocida como el Puerto Rico.
Vamos a los toros
El domingo de carnaval del 18 de febrero de 1855, los montevideanos fueron testigos de la apertura de la flamante plaza de toros de la Unión. Aun cuando su construcción no estaba terminada, permitía albergar a unos ocho mil espectadores, aunque otros documentos afirman que su capacidad era de doce mil.
Ese día actuó una banda de música, lidiándose seis toros criollos con toreros aficionados.
Para llegar al ruedo, los montevideanos se trasladaban en carruajes propios, coches de alquiler y a caballo. Con los años, se agregarían carros con toldos que partían de la plaza Independencia y diligencias que salían del Paso del Molino, tomando por las calles que hoy son Agraciada, Fernández Crespo, 18 de Julio, 8 de Octubre y Lindoro Forteza. El tranvía de caballos comenzó a correr trece años después de inaugurada la plaza.
La plaza de Toros de la Unión tuvo una actividadad ininterrumpida de 35 años, con temporadas que comenzaban en noviembre y culminaban en abril del año siguiente. El fanatismo de los aficionados era tal que recuerda a las hinchadas futboleras de hoy.
Era habitual que se promovieran desórdenes descomunales y protestas, por toros que se consideraban demasiado mansos y toreros que arriesgaban poco el pellejo. Algunas crónicas policiales de esos años refieren a incendios en las instalaciones de madera, provocados por enardecidos aficionados.
Final para la fiesta brava
Las corridas de toros tuvieron siempre sus detractores y con la muerte del torero español Joaquín Sanz, apodado «Funteret», que ocurrió el 26 de febrero de 1888, retomó fuerza la campaña que en contra de ellas impulsó cuarenta años antes el doctor Juan Carlos Gómez. Desde 1881 estaba detenido en la Cámara de Diputados un proyecto del legislador José Bustamante, que promovía la prohibición de las corridas de toros en todo el territorial nacional.
Esta iniciativa fue aprobado por la Cámara de Senadores el 22 de junio de 1888. El texto fue transfomado en ley por el presidente Máximo Tajes, junto con su ministro Julio Herrera y Obes, el 12 de setiembre de 1888.
La norma recién entró en vigencia dos años más tarde, ya que los empresarios de la Plaza de la Unión afirmaron tener contratos ya firmados con toreros españoles.
El domingo 2 de marzo de 1890, los montevideanos asistieron a la última corrida a muerte realizada en nuestra ciudad. Más de cinco mil aficionados colmaron sus instalaciones, entre ellos se encontraban varias de respetables familias como era el caso del magnate y empresario Marcelino Díaz, quien trajo la luz eléctrica a Montevideo y fue socio de Emilio Reus en la construcción de viviendas.
La figura de la tarde fue el diestro español Luis Mazantini, que, con su última estocada, mató al toro. Junto al animal murieron más de cien años de tardes con frenéticos y entusiasmados aficionados que vivieron hasta el delirio la fiesta de sol, trajes bordados y arremetidas mortales.
Por entonces, un grupo de ingleses radicados en la zona de Peñarol, junto con el ferrocarril, trajeron una pelota que impulsaban con los pies corriendo dentro de un perímetro que no era redondo, sino rectangular y los montevideanos comenzaron a olvidarse de los toros y a encontrar otra fiesta que los hiciera vivir nuevos entusiasmos, fanatismos y delirios.
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