El refugio San Ignacio da cobertura a 21 indigentes

En busca de un lugar

En la noche del pasado viernes, Montevideo experimentaba la noche más fría en lo que va del año cuando la marca del termómetro descendió a un grado bajo cero. Otra vez surgieron los padecimientos de cientos de marginados que por diversos motivos degradaron su condición viéndose obligados a vivir en la calle. A pesar de estar durmiendo todo el año en plazas, parques y en las veredas capitalinas, es a partir de mayo cuando sienten el rigor de las inclemencias del tiempo. Los cambios de temperaturas, las primeras señales de la crudeza del frío moviliza a muchos indigentes procurando encontrar un sitio en algunos de los refugios montevideanos, los que se convierten en una tregua, en la sacrificada lucha por la sobrevivencia.

En el año 2000 surgió en la zona de Villa Dolores un nuevo refugio exclusivo para hombres dependiente de la parroquia de San Ignacio de Loyola que acoge a una veintena de marginados.

El pasado 30 de abril el refugio San Ignacio volvió a abrir sus puertas. Tiene como servicio dos duchas con agua caliente y un freezer, concluyó la obra del tendedero de ropa y compró nuevas ollas de acero inoxidable para que no se pegue la cocoa ni la sopa como sucedía el año pasado. Unos 60 voluntarios ayudan en el funcionamiento de este servicio donde se presta alojamiento a 21 indigentes durantes tres semanas. El refugio San Ignacio atenderá hasta el 31 de octubre.

Existe una rutina diaria que deben cumplir los pernoctantes donde se incluye la obligatoriedad de bañarse antes de comer.

Cenan generalmente un ensopado, acompañado con pan. Se agradece a Dios por los alimentos y luego pueden mirar la televisión, escuchar la radio o simplemente charlar. San Ignacio les entrega un par de chancletas, cepillo de dientes, una máquina de afeitar, un pijama a cada uno, y en algunos casos también, abrigos.

Juan, el encargado de vigilar la casa durante la noche manifestó que se trata de una población tranquila que no provoca ningún tipo de disturbios. «Se portan bien porque saben que si ingresan alcoholizados o generan problemas se quedan sin el refugio y vuelven a dormir a la calle».

Con el frío en la piel

Un equipo de LA REPUBLICA arribó al refugio en el preciso momento en que se estaba sirviendo la cena. En una de las esquinas de la extensa mesa se encontraba Héctor (43 años), soltero, quien volvió a Montevideo dejando a su familia en Buenos Aires.

«Soy decorador y me quedé sin trabajo; hace 9 meses que volví, ya que en los últimos años del gobierno de Menem se produjo una hecatombe. Volví a Uruguay con U$S 1.000. Primero alquilé una pieza en un hotel, después me vi obligado a vivir en una pensión, y cuando me quedé sin plata no tuve otra que irme a la calle», relató el indigente, mientras la sopa se enfriaba en su plato.

Dijo que en la calle hay «cosas extrañas y fuleras». «Dormía con un ojo cerrado y el otro abierto, por miedo a que me hicieran algo, principalmente los menores que drogados te pueden robar», explicó Héctor.

Durante 2 meses permaneció en la calle con una sola muda de ropa, ya que sus pertenencias quedaron retenidas en los depósitos de la Terminal de Tres Cruces hasta que pague una deuda de $3.000. «Por el frío de la calle se me hincharon las rodillas y me salieron llagas en los pies. Espero cosas maravillosas de la vida, pero ya no puedo creer en nadie, menos en los políticos. Espero que dejen de robar y el gobierno nos dé trabajo», comentó.

Demostrando amabilidad, Oscar (23) atribuyó su situación de calle a la pérdida de su propiedad motivada por una estafa. «En ese momento no estaba en todas mis capacidades y caí en un estado depresivo», señaló. En agosto del año pasado fue atendido por el programa Frío Polar e ingresó a un refugio franciscano. Se desempeñó como cuidacoches y muchas veces pernoctó en el hall del Banco Hipotecario y en la explanada de la Intendencia. Advirtió: «Â¡No soy un ladrón por vivir en la calle!».

Con cierta reticencia para dialogar, Hugo, con 54 años, fue escueto en sus palabras. «Para gente de nuestra edad ya no hay oportunidades para el trabajo», y transmitiendo un humor negro, propuso como solución para su generación: «juntarnos todos en el Cilindro Municipal y tirarnos una bomba». Reconoció estar cansado, sin esperanza y desalentado por la falta de apoyo del gobierno.

Otro que está en situación de calle es Jorge Dos Santos (34). Se vino de Buenos Aires haciendo dedo buscando a su padre, pero al regresar se encontró con que éste había muerto. Sin familiares que pudieran ayudarlo, comenzó un peregrinar por Montevideo. Trabajó en una empresa de limpieza donde ganaba $ 1.300 por mes. Por un tiempo pudo pagarse una pensión, pero luego debió refugiarse en la entrada del Hospital Maciel.

Sin documentación, no tiene oportunidades para conseguir empleo. Luis, con sus 55 años, es enfermero y tras quedarse desempleado, desde 1999 sabe lo que es el rigor del frío callejero. Sostuvo que quienes viven en la calle y están desempleados experimentan un síndrome de indefensión, cuyas características son la falta de autoestima y depresión.

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