Un burro muerto arriba de un piano de cola

Iba yo en el ómnibus, perdido entre «los vericuetos de la persona humana», es decir, mirando pa’adentro de uno mismo, enredado entre el follaje de los pensamientos como sólo se puede lograr en los viajes domingueros en bondi donde uno se siente hamacado y arrullado como en la cuna materna.

Y en esos mundos estaba, tranqui y seguro, cuando se me vinieron encima las imágenes de alguna película, eso creía yo, de esas que muestran los estragos de la peste en otros tiempos y estas imágenes se mezclan con aquella perturbadora secuencia de «Un perro andaluz», de Buñuel y Dalí, donde se ve un burro muerto sobre un piano de cola.

Y no puedo más que unir todos esos pensamientos con las imágenes de cientos de vacas muertas a tiros delante de sus dueños, cayendo hacia adelante con sus patas delanteras dobladas y sus ojos aún más tristes que de costumbre, mugiendo de sorpresa más que de dolor y siendo rematadas con una o dos balas sanitarias más.

Y pienso, es la Peste, la vieja peste a la que le adjudicaron diabólicas causas en el pasado. Y hoy no da para creer en el diablo y ni siquiera en la mala suerte. Y esta peste no forma pústulas purulentas en los cuerpos de los humanos. Pero por allí quedan miles sin trabajo y productores que se vuelven improductivos y políticos que se quedan sin discurso. Y divertidas alcahueterías en inglés que se convierten en patéticas señales de frivolidad e impotencia que, por otro lado, es lo que siempre fueron.

Y la peste sigue y anda mucho más rápido por abajo, como siempre, que allá arriba, donde pueden pagar brujos y oraciones para conjurarla.

Y la peste entra en los protegidos recintos bancarios contagiando a los propios billetes, al sacrosanto dinero, aunque apenas roce a los que manejando la guita hacen más guita.

Y la oposición se opone a charlar de nada cuando se cae todo y los oportunistas ven la oportunidad de acusar de oportunistas a los que buscan una oportunidad de empezar a hacer algo oportuno. Porque avanza la peste y aquel que hable de lo que no conviene hablar estará poseído por el diablo y se intentará por todos los medios, masivos, de quemarlo en la hoguera pública. Ni pública ni laica quieren dejar a la enseñanza, aprovechando los gritos y lamentos de los apestados, para colar entre las oraciones, que nada curan, mensajes que muy pocos oyen pero que algunos acatan. Compran futuro como si supieran que la peste no los tocará.

Y el plomo sanitario hace olvidar el plomo que envenena a niños de la Teja y a las mutualistas que se derrumban y a la otra peste, que es la misma pero no es igual, que atacó a Ancap y quiere seguir hacia otros lugares que también son nuestros.

Y la peste está en el aire y se introduce en nuestras mentes y en nuestros corazones, enfermándonos de descreimiento y desolación, de impotencia y de «qué se le va a hacer, es la peste y hay que joderse».

Y el ómnibus, que ya de cuna materna no tenía nada, frena de golpe para no pisar a un anciano que cruza la calle pensando en vaya uno a saber qué.

Y vuelvo lentamente a la realidad: ómnibus, Montevideo, primer domingo de mayo.

Y miro el diario para ver si encuentro algún mensaje, una propuesta de los señores, de todo pelo, que pueden y deben hacer algo para encender una lucecita que nos muestre algún camino posible en estos tiempos, y no encuentro nada.

La peste continúa.

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