Prohibido para nostálgicos

De ángeles y cangrejos para vencer la zurda mufa

Por Luis Grene

 

La memoria para la oreja ante los lamentos del veterano escribidor. Se le arrima despacito. Toca madera, por las dudas, y compasiva decide darle algunas «fórmulas» para desatar tantos nudos y entuertos que nos castigan, sin piedad. Es que el asunto no es nuevo. Antes, en los días de la Vieja Capital, también existieron tiempos en que la suerte amenazaba largarnos parados. Entonces, la gente no aflojaba, apretaba los dientes y no aflojaba.

Cuando las cosas iban muy mal y parecía que la «yeta» se ensañaba, todos más que nunca se decidían a probar a la suerte, y a esa diosa que dicen que es mujer y que se llama Fortuna. Se pertrechaban de toda la buena onda que les quedaba y, por si eso fuera poco, recurrían a dos libritos que habían llegado a Montevideo en las valijas de los inmigrantes gallegos e italianos.

Es en estos instantes en que el viejo que escribe se da cuenta por dónde lo está llevando su caprichosa memoria. Duda en continuar. Pero «qué podemos perder», se dice. Un poco de divague sobre cábalas, amuletos y otras yerbas, no le hacen mal a nadie. Y quizás hasta sirvan para quebrar, en algo, tanta mufa que anda por ahí y castiga al paisito y sus sufridos habitantes.

«Dale sabionda, largá ese rollo sobre esos montevideanos y cómo cambiaban su suerte». Y la que te dije se siente importante y comienza con estos versos, hoy tan llenos de ingenuidades. Pero todo sea para evitar que nos lluevan cangrejos y algún angel, lleno de dolores y achaques.

Había que tener fe en esos dos libritos si se quería hacer guita y vencer a «la malaria» de los flacos bolsillos. Uno de éstos se llamaba «La Sibila, adivinadora de la suerte». Por riguroso orden alfabético, los confiados, ansiosos y atentos lectores, encontraban el significado de los sueños. Al ladito nomás, un número para jugarle y «listo el pollo», a cobrar se ha dicho.

Los jugadores no tenían más que abrir el librito, buscar lo que habían soñado y allí estaba el número correspondiente. Sencillito ¿verdad? El otro texto se llamaba «La Smorfia napolitana» y agregaba, a lo que ya tenía el anterior, los números que correspondían a cada flor, a los colores y a la fecha de nacimiento de los jugadores. Tanto las doñas del barrio como la muchachada se prestaban ese librito. Antes de agarrar para los salones de juego u otros sitios de la timba, era impensable dejar de consultar tan eruditos libros.

Epocas en que en Montevideo se podía jugar hasta para las quinielas de Buenos Aires o sus provincias, como el popular juego de Tucumán. Los que hacían la guita seguro eran «los clandestinos», que trillaban levantando apuestas por todos los rincones de aquella ciudad. Salían de los boliches o de los «almacén y bar» que fueron muy populares. Como el que había por Agraciada y Jujuy. Cuentan las malas lenguas que de esos lados salía un muchachito, al que apenas le estaba creciendo el bigote finito, y se las rebuscaba con ese guille de levantar apuestas para un señor con muchos mangos que las bancaba. Iba al mismo domicilio de los timberos. Su fuerte estaba en entrar y salir de las lujosas quintas que abundaban por esa zona. Donde jugaban desde los cocheros, las sirvientas y también los aristocráticos personajes de varios apellidos. Muchos de éstos, políticos y «doctores de la ley» que le daban de punta a esa fiebre por la timba. Hasta llegaban a preguntarle, a ese flaco botijita, si andaba con uno de aquellos populares libritos porque necesitaban consultarlo antes de sus apuestas. Y aquél, «rápido pa’ los mandados», los hacía aparecer aunque tuviera que andar «mangándolo» a alguna doña de la zona y, al final, todos contentos.

Buscar números. Encontrar cábalas. Derrotar a la mala suerte. De eso se trataba y hubo un tiempo en que los montevideanos creían, y mucho, en todas estas historias. No se quedaban atrás los «burreros» que podían escuchar las carreras en directo, en la voz del locutor llamado Macón. Más que en «datos polentas» o en estadísticas, creían en sus pálpitos y por eso le prestaban mucha atención al color que lucía el jockey. Macón, en sus transmisiones pioneras, daba todos los detalles de las blusas, los bordados y las combinaciones de colores y números que lucían los diminutos jinetes. Toda una alquimia sólo para iniciados en finales «cabeza a cabeza» y banderas verdes para competencias más que reñidas.

Una «fija» era cuando, antes de apostar, se veía pasar un carro tirado por una yunta de caballos blancos. El apostador se desplumaba. Lo contrario, la mufa, sucedía cuando camino al saloncito se cruzaba un desprevenido gato negro. Alguna patada que casi nunca llegaba al, sorprendido e inocente, bicho que escapaba para arriba de un árbol. Y el frustrado jugador, rezongando y a los insultos, regresaba a su casa ya que esa tarde sería en vano tentar a la suerte.

Los vecinos hablaban de sus cábalas. Jugarle al número del vuelto de lo comprado en el baratillo. Al boleto capicúa del tranvía o la combinación de las matrículas de dos «Ford, a bigote» que se habían amasijado en la esquina. Ni hablar de sacarse la corbata con que se había acertado la última vez, o aquella boina con tanta buena fortuna si de timba se hablaba.

Cuando se acercaba el organillero, con la cotorrita de la suerte, ¡atenti! porque en esos minúsculos papelitos de colores, las «cédulas» que sacaba con su patita podía estar escondida la grande del sorteo de mañana. También existía un gran respeto por las gitanas y bien valían algunos vintenes sus chamuyos y muy bajito se les pedía la receta para torcer a la temida «yeta».

Allá por la década del 40, en los pequeños comercios de los barrios populares aparecieron para la venta unos pequeños «cartuchos de colores» que venían llenos de caramelos y, entreverado, un papelito con la suerte para quien los compraba. Se elegían al azar y fueron tan vendidos que al menos cambiaron para siempre la suerte de su ingenioso fabricante.

Existieron personajes populares que se especializaron en eso de darle «pa’tabaco» a la mufa. Por la Unión, fue muy solicitado, ya que atendía a domicilio, un señor llamado Antúnez. Fue un chofer de Amdet pero con un don para «santiguar y limpiar» que junto a su habilidad para tirar las cartas, lo convirtieron en una leyenda de ese populoso barrio del ayer. Que nadie osara hablar mal de ese señor ya que la mayoría de los vecinos de la villa creía ciegamente en sus virtudes para derrotar las malas ondas.Todo sea para que cambie esta racha. Habrá que prender una velita marrón que dicen es para tener dinero y apretar fuerte la patita de conejo del llavero. Y a tomar esto que escribimos muy en serio. Porque como van avanzando las mufas, falta poco para ver ingresar en las santerías de Fernández Crespo a un señor de lentes negros y barba postiza, muy parecido al ministro de Economía. A no aflojar y a meter con mucha polenta, como la gente de LA REPUBLICA que venció la maldición del número trece y está muy contenta festejando otro «cumple». ¡Vamo’ arriba! con fe en lo que hacemos y así, entre todos, evitaremos que caigan cangrejos del cielo y que los viejos ángeles de la suerte se desparramen en nuestros patios y azoteas.

Los esperamos todos los sábados y domingos, a las 19 horas, en CX 44, y también los domingos en LA REPUBLICA, con más «Prohibido para Nostálgicos», con los auspicios del Departamento de Cultura de la IMM.

Coordinación: Angel Luis Grene

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