Desde el asiento de los bobos

Vichando alrededor

Por Horacio Buscaglia

 

Uno sube al ómnibus y siente como si estuviera entrando en una casa ajena, en un lugar «de otros», agacha un poco la cabeza y mira al disimulo por si hay alguien conocido o si hay algo especial, no se sabe bien qué, algo destacable, entre los que ya están adentro. Ellos ya están aclimatados, aunque uno puede detectar diferentes actitudes en cada uno. Está el que va sentado muy derechito y con la cabeza un poco levantada, mirando hacia los costados con movimientos cortos e intermitentes, tipo pájaro. Este es, casi siempre, el que no tiene muy claro el recorrido del bondi y 20 cuadras antes ya está mirando para todos lados tratando de reconocer algún boliche, un cartel de publicidad o una estación de servicio que le anuncie la cercanía de su parada, porque «uno no va a andar preguntando, como si fuera un gil, ¿no?». Está tan inquieto por miedo a pasarse que o se levanta dos paradas antes o tiene que salir corriendo cuando la ve.

Está también la raza contraria a ésta, «los de la tribu Habitué», que van sentados como si estuvieran en su casa y en su sillón favorito. No tienen aire de pasajeros sino de anfitriones y si uno los consulta sobre una calle, ellos gustosamente se prestan para explicarle dónde bajar aunque a veces se extienden a propósito para brindarnos una excesiva demostración de sus conocimientos: «Déjeme ver, la próxima parada es Mojomojo, después dobla a la izquierda y para en Chuquichuqui, ahí sigue como cuatro cuadras sin parar, pasa frente al Colegio de Las Adoratrices del Mambo, rodea la Plaza del Paraqué y se detiene en Culandrillo y Pastoreo, después de esa usted se tiene que parar porque la que viene es…»

También están «los acompañantes». Son esos que en cuanto subís y vichás para el fondo, te los encontrás mirándote con una sonrisa, como diciendo «aquí hay lugar, vení y charlamos». Y que donde te sientes al lado de ellos, inmediatamente arrancan con el estado del tiempo y terminan con la operación de vesícula de su cuñada o sus claras y precisas recomendaciones sobre lo que hay que hacer en caso de epidemia de aftosa. Uno los esquiva porque es chúcaro, prefiere pasar desapercibido, con la cabeza metida dentro de un libro o volando con la mirada perdida a través de la ventanilla, pero ellos son gente buena, solitarios que te dan la sensación de que nunca se bajan del ómnibus porque no tienen aspecto de ir hacia ningún lado. A veces pienso que son contratados por la empresa para distraernos de lo lento, sucios e incómodos que son algunos coches.

Siguiendo con la fauna omnibusera, no podemos olvidarnos del «enojado con todo el mundo». Ese que tiene cara de zapato y la expone como diciendo «ni se te ocurra sentarte a mi lado» y que si lo hacés, aunque lo hagas lo más delicadamente posible, él se revolverá en el asiento mascullando. Eso sí, ni pienses en entablar una conversación con ellos.

Cuando se levantan para salir del asiento, te piden permiso con un «grrrr».

También está «la de los paquetes», que inevitablemente se te van a clavar en las costillas o golpear la cabeza. Están los dormilones y entre ellos los «mimosos sin querer», que apoyan su cabeza en tu hombro. Y los semichoborra que cantan o hablan fuerte.

Y está uno, que sin que nadie se dé cuenta los va vichando a todos para poder escribir esta columna.

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