"Aquellos días en la cantina de Santucci"

Un «pique» obligado para un montón de amigos que le dieron, con alma y vida, al oficio de la empedernida bohemia. Por todos ellos, por lo que representaron para el Montevideo popular, bien vale el esfuerzo de apretar la memoria y sacarle lo que le resta del jugo. Cada vez cuesta más pero vale la pena. Caen unas pocas gotas. Las cazamos «al toque» y ya está hecha, al menos por hoy, esta magia chiquita. La que nos permite, como escribiera la sensible Circe Maia, «abrir puertas cerradas hacia días remotos».

Y hacia esos días remotos vamos. Sacando pechera y metiéndole el gaucho a los cotidianos miedos. Empujando al maldito olvido que quiere quitarnos cosas que fueron muy nuestras. Como la recordada cantina donde don Roque Santucci le daba «de punta» a su pasión por la amistad. Siempre rodeado de una legión de amigos. Gente del deporte, del tanto y otros, muy sencillos que sin soñarlo siquiera, se convirtieron en leyendas urbanas. Cuyos nombres siempre surgen cuando son lentos los tragos en el «Mincho» de Yi o en «El Templo», de la esquinera Nicaragua. Amigos «de fierro», de esos que nunca te la cantaban errada. Todos «recalaban» en la cantina de Santucci. Un bastión del viejo Goes y todo un emblema de Montevideo, por la mitad del viejo siglo.

Por la puertita de la esquina nos introducíamos a un ambiente cálido y chico. Dominado por una barra y pegaditas a las ventanas que daban a José L. Terra, unas pocas mesas. Es que todos preferían «hacer codo» y charlar con don Roque que se movía de un extremo al otro de ese mostrador, cubierto de ginebras, alguna grapita con limón y el ruidito del escocés que al servirlo, ¡cómo lloraba! Botellas de todos los colores y de las marcas que se quisieran. Colgando del bajito techo estaban unos vinos, llenos de telarañas y de antiguas historias. Fotos, banderines autografiados y postales de estrellas de la canción rioplatense y de los astros que le pegaban a la guinda como los dioses que eran.

Por Blandengues estaba la otra entrada, a un salón más grande donde se «morfaba» bien de bien. Especialidades en pastas «a la carusso» que eran el fuerte de esa cantina, siempre elegida cuando de festejar algo se trataba. Y su propietario, dinámico e incansable, dividiéndose no sabíamos cómo, para atender y charlar con todos. En la barra de las copas y, de pronto, ya estaba en el saloncito de al lado. Con su eterna sonrisa, y el chiste pícaro para los amigos o el piropo gentil para las damitas que abundaban ya sea solas o con sus galanes.

Días remotos por aquel barrio Goes con su estación de tranvías, con el Vaccaro a la vuelta y con el apogeo de la fina sastrería del señor Recupido, en la esquina de Domingo Aramburú. Se abren las cerradas puertas. Estamos en aquella tarde, cuando don Roque estaba más que contento porque a su cantina se había arrimado nada menos que el legendario «Mariscal» Nazassi. Ya muy mayor pero aceptando, con infinita paciencia, el charlar con todos los que de inmediato lo rodearon. Entre ellos, un audaz que enchufó un grabador Geloso y, como pudo, le hizo un reportaje para su programa de radio. Ahora, muchos años después, busca esa cinta por todos lados y jura que finalmente la encontrará entre sus montones de recortes, papeles y pilas de libros. Mientras tanto «bigotea» a sus recuerdos y se queda muy «tranqui» con su metejón por aquella ciudad del ayer.

Y de esa vieja ciudad fueron los personajes populares que siempre «paraban» en la esquinera cantina. Como Carlitos Roldán, que era locatario por ser vecino del barrio y siempre hacía «pata ancha». También el «Cacho» Silveira, en días en que había dejado su reparto de frutas y se dedicaba a defender los colores del «naranjita» Sud América, donde Santucci fue recordado presidente. Otros parroquianos fueron Dogomar Martínez y Santos Pereira, maestros del boxeo muy queridos por todos. Cuando llegaba Miguel Angel Manzi, todos lo rodeaban porque siempre traía nuevas anécdotas y novedades del mundillo de la música tanguera. En un rinconcito, estaba «Tito» Cabano, serio pero confidente de ley si alguien le pedía consejos sobre los berretines de escribir letras de tangos.

Todos los carnavales, Santucci se estrechaba en un interminable abrazo con luminarias como Armando Moreno, cantor de la orquesta de Enrique Rodríguez y el amigazo Alberto Castillo. Cuando llegaban, hasta los vecinos del barrio se amontonaban en la vereda para saludarlos y pedirles autógrafos.

Y entre todos, andaba «Mangacha» un vendedor de números de loterías que siempre contaba que le había vendido «una tira con la grande» al mismo D’Arienzo, enorme en su música como también en su pasión por la timba. Nadie lo podía confirmar pero igual, al entrar a la cantina, muy pronto se le agotaban sus billetes de loterías.

Muchos judíos de la Villa Muñoz se acriollaron en la barra de Santucci. Vendedores de casimires puerta por puerta, o propietarios de humildes tienditas del barrio. Judíos pobres y laburantes que también se arrimaban a la cantina para tomarse una muy rápido, porque el yugo siempre estaba esperando.

Por los principios de la década del 70 fue tal el éxito de su cantina que la tuvo que ampliar. Eso sí, la barra y su saloncito permanecieron intocables. Lo que se agrandó fue el salón de comidas con su anexo que daba a José L. Terra. Comenzaron los festejos de casamientos, cumpleaños y unas descomunales «despedidas de soltero» que hicieron historia, con las voces de conjuntos del barrio como Los Marinos Cantores.

Aunque su cantina le llevaba casi todo el tiempo, Santucci se hacía un lugar hasta para la política y sin dejar de lado su fanatismo por la IASA. Fue el promotor de la compra del Palacio de la calle Yatay, donde se organizaron bailes que aún hoy son recordados por el impacto que causaron en la muchachada de aquellos días. Las veladas bailables del Sud América, con los pioneros en la música tropical, aquellas orquestas como la de Ruben Darelli, Raúl Noda o Armando con su Combo Camagüey.

Con la cantina de Santucci abrimos las puertas hacia «días remotos». Los de una Montevideo que tuvo sus cantinas populares salpicadas por diferentes barrios. Por la Villa de la Unión, la cantina de Marcelino en 8 de Octubre y 20 de Febrero, en Bella Vista, la Fonda Francesa por Uruguayana y Larrobla, abajo de las escaleras del Viejo Mercado de Ciudadela, la mitológica «El Pinchazo». Y así, un montón más que los lectores cómplices seguirán sumando mientras se «castigan» con estos versos domingueros.

El poema de Circe Maia se llama «Abril». Allí se habla de «abrir puertas cerradas hacia días remotos». Y en un abril del nuevo milenio el empecinado escribidor sigue con su testaruda tarea de abrir puertas y llegar a los viejos tiempos. De su única e irrepetible Montevideo del ayer. Con sus personajes, esquinas y barrios, en fin, con su alma bohemia que aun hoy ¡está tan llena de vida!, ¿verdad?

Los esperamos todos los sábados y domingos, a las 19 horas, en CX 44, y también los domingos en LA REPUBLICA, con más «Prohibido para Nostálgicos», con los auspicios del Departamento de Cultura de la IMM.

Coordinación: Angel Luis Grene

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