"Tuve un caballo moro que se llamaba Pororó"
–¿Cómo es la relación de un productor con sus animales? ¿Usted identifica a su ganado?
–Claro que sí. En muchos casos los animales tienen nombre de gente. Hay terneros que se llaman Felipe, Camilo, Rubio, El Blanquito, y se sabe cuando nacieron, hijos de qué vaca son, qué enfermedades han tenido.
–¿Se sabe cuándo un animal anda mal de salud?
–Sí, se sabe. Detectar enfermedades en los animales es difícil, porque no son como la gente que habla y se queja (se ríe). Pero el animal enfermo se aísla, se aparta, queda comiendo solo en un rincón del campo. Se pone triste. Uno ve en el andar, cuando a un animal le pasa algo.
En la explotación que tenemos con mi hermano surgió el problema, en estos días, de la garrapata. Descubrí a un animal que estaba solo, fui a ver qué le pasaba, estaba muy delgado con los vacíos hundidos, con la cabeza gacha y triste, lo moví un poquito, vi que era garrapata. Lo inyecté con una vacuna, pero igual se murió. Y esto causa un trastorno.
Por eso yo me imagino la situación de los productores y por eso hay que humanizar este problema de la aftosa. No hay que hablar sólo de que perdemos los mercados, porque la gente está perdiendo sus afectos con cada animal muerto. Me imagino cualquier establecimiento y sé que los hijos son los que crían a los animales guachos. Se crían en las casas con mamaderas. Y esto lo hacen los chiquilines, los hijos de cada uno o de los empleados. Debe ser horrible que venga un soldado, le saque a un niño el animal y lo mate, porque el mercado dice que ese animal va a valer diez centavos menos. Hay que ponerse en el lugar de esa gente que está viendo cómo se pierde todo su esfuerzo familiar, empresarial, de años, en un minuto, en una mañana (se emociona).
–¿Qué animal recuerda de su niñez?
–Sin lugar a dudas los caballos, que son parte indisoluble del hombre de campo. Tuve un caballo moro muy bueno que se llamaba Pororó. Hoy vemos a mis hijos chicos y ellos tienen sus caballos y digo que si la aftosa llegara y matara a los caballos, la tragedia espiritual que podría significar es indescriptible. Uno de mis hijos tiene un caballo que se llama El Zorro y el otro que es La Rayada, que estuvo enferma, que se cortó una pata, que tuvo un cáncer, que hubo que operar… y ellos se miran en estas cosas. Si viniera alguien a decirle que hay que matar a los caballos sería horrible para ellos.
–Me dijeron que lo vieron hace poco tiempo metido en el agua salvando algunos animales. ¿Es así?
–Sí. Fue por marzo. En el campo en que yo trabajo, sobre el arroyo Chuy, hay un bañado que lo nutre. Si crece mucho, lo primero que crece es el bañado, quedando una zona entre el bañado y el arroyo donde en principio no hay agua. Pero cuando el arroyo desborda, el animal no puede salir porque el bañado se lo impide. Y es una creciente que tapa por arriba de la portera, que tapa los siete hilos del alambrado. Fui con un caballo y un perro y logré sacar por el bañado a todos los bichos. Hay gente que se acostó a las nueve de la noche, se desató la lluvia, y al otro día no encontró nada, porque el agua se llevó todo. Los animales aparecieron colgados en los árboles y ahogados. Es terrible, ¿no? (mira a los lejos, como imaginándose la tragedia).
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