Sí al rifle sanitario
Y aquí vamos recorriendo la ciudad dentro de uno de sus ómnibus, tratando de esquivar insoportables programas radiales a los cuales uno se ve sometido por autoritaria decisión de guarda o conductor.
Entonces te subís a un taxi y no sólo te encontrás con una momia al volante que ni siquiera te responde cuando le das los buenos días, sino que te ves obligado a escuchar las 48 estupideces de siempre que se dicen en los programas deportivos y además, por si acaso vos te creas que hay una persona al volante, te ves bombardeado por varias calcomanías con mensajes tan solidarios y sociables como: «No me rompa los (dibujo de cocos)», «Sus problemas no son los míos», «A llorar al cuartito», «Hable fuerte», «Cierre despacio», «Si quiere matarse, hágalo en otro lado. Prohibido Fumar».
Para peor, algunos de estos macanudos tienen la imagen de Cristo o de alguna virgen o santo con la leyenda: «Sonríe. Dios te ama». Que, en esas circunstancias, resulta ser la burla mayor. Uno siente que le están diciendo: «De mí no esperes nada. Si sentís que a nadie le importa lo que te pasa, si todo te agrede, quizás allá arriba haya alguien que de repente, capaz, quién sabe, en una de esas tiene algún sentimiento positivo hacia vos».
Y así te vas caminando con la mirada clavada en la vereda, como pidiéndole al mundo perdón por existir, pero controlando no tropezar con nadie.
Más bien que uno va esquivando a los demás que, daría la impresión, nos pasarían por arriba sin siquiera dejar de mirar las vidrieras o abandonar sus propios pensamientos. Y es que, a esa altura, somos tan insignificantes, tan poca cosa, que al pasar frente a una farmacia, nos miramos en sus espejos con cierto temor de no vernos. Y lo peor de todo es que nos vemos. Allí estamos. Y nuestra imagen parece sentir compasión por nosotros, que ya entramos en una zona borrosa de nuestra existencia. Somos, se podría decir, casi reales.
Y luego de realizar un trámite en una oficina pública, que luego de una hora y media de esperar en un mostrador, nos enteramos que para hacer dicho trámite se necesita «un chufumchufum notarial con 3 fosofrofros profesionales» que, por supuesto, «no tengo la menor idea de dónde se venden, señor».
Entonces entramos en un bar para tratar de recomponernos y bajar un poquito el índice de riesgo-persona, a partir de alguna satisfacción básica.
Pero la cosa no es tan fácil, nos toca una mesa allá en el fondo, cerca de los baños, lugar que ni siquiera es mirado de reojo por los mozos que pasan de largo, muy solícitos con el resto de los mortales pero totalmente ignorantes de que en esa mesa, la de uno, hay una persona.
Y luego de haber roto decenas de escarbadientes, de haber armado con servilletas una flota completa de barquitos, bandadas de palomitas y una cantidad de copitas como para una fiesta palaciega, el mozo se acerca a nuestra mesa.
¡Aleluya! Intentamos apresurarnos a pedirle lo que queremos, ya que él escucha nuestro pedido mirando a otra mesa de donde lo llaman para pagar, pero por los nervios tartamudeamos un poco, espacio de tiempo que aprovecha el mozo para dejarnos el menú mientras nos dice: «Vaya pensando, yo ya vuelvo».
Y se va. ¿Se podrá creer? Se va. Vuelve a alejarse de nosotros que mientras miramos, sin ver, la lista de comidas, sentimos como si nos fuéramos desintegrando de a poquito.
Un momento antes de transformarnos en nada, de desaparecer, es cuando pensamos: «Hay que usar el rifle sanitario, hay que usarlo, urgente» Y en tu agonía vas elaborando la lista de todos los que se lo merecen.
Compartí tu opinión con toda la comunidad