"Una manzana, roja y brillante"

Voy en el ómnibus leyendo «Ensayo sobre la ceguera».

Y, aunque no he llegado ni a la mitad del libro, estoy estremecido por las crueles y justificadas imágenes que Saramago nos pone delante de nuestros ojos para hacernos reflexionar sobre la condición humana.

Una frenada un poco brusca del conductor me saca de la lectura pero igual sigo «colgado» de las imágenes de la novela.

Y recuerdo que cuando niño jugaba a ser ciego, intentando moverme por la casa sin tropezar con los muebles. Y aprieto los ojos tan fuerte que me aparecen esas «lucecitas» oscuras y entiendo aún más la intención de Saramago al hacer que «su ceguera» sea blanca, lechosa, «luminosa». Algo me dice que así tiene que ser peor.

Y como un ejercicio medio perverso sigo con los ojos cerrados y trato de «ver» el ómnibus y más o menos me hago una idea espacial del ambiente pero al apoyar la frente sobre el vidrio frío de la ventanilla

Siento por unos segundos una profunda desolación, ya que no logro «visualizar» lo que se ve a través de ella. Por unos instantes no encuentro la forma de «explicarme» –hacia mis adentros, digo– la imagen de «una ciudad vista desde un vehículo en movimiento».

Y abro los ojos de golpe como quién sale de abajo del agua buscando una bocanada de aire para respirar. Y como ya están funcionando a todo trapo los aceitados mecanismos de «100 formas diferentes de vencer el embole de viajar en ómnibus», mis pensamientos siguen de largo y se posan sobre una manzana, roja y brillante. Bueno, no exactamente sobre una manzana sino sobre el concepto «manzana, roja y brillante» y me pregunto cómo se lo podría «explicar» a alguien que nunca vio una manzana ni ninguna otra cosa. ¿Una manzana es solamente una cosa redonda, roja y suave al tacto? Y podemos seguir agregando que tiene sabor, que es una fruta, que crece en un árbol y muchas cosas más, que –igual– nunca podremos explicar lo que es una «manzana, roja y brillante».

Y mucho menos si se trata de «explicar» un paisaje, una noche estrellada con la luna colgada sobre el mar, vista desde la rambla, por ejemplo. Y ni te cuento si tuvieras que explicar la cara de tu mejor amigo o de la persona amada.

Otra frenada más violenta me saca del «cuelgue» y casi del asiento.

No me caí porque tiré un manotazo para el costado y logré mantener el equilibrio. Claro que muy pronto me di cuenta que aquello donde estaba apoyada mi mano era demasiado blando como para ser un pasamanos. Y tenía por qué serlo, ya que era el seno derecho de la mujer que estaba a mi lado. (Que, dicho sea de paso, era más grande que el izquierdo, como suele suceder en casi todas las mujeres ¿No es verdad?) Los ojos de ella parecían el 200 de oro.

Yo calculo que mi mirada fue muy especial ya que todavía tenía un resto del «cuelgue» en ella y mientras retiraba mi mano sin violencia

Sólo atiné a decir muy suavemente: «Si vos me explicás lo que es una manzana, roja y brillante… yo quizás pueda explicarte esto».

Esa noche, cuando ya estábamos fumando unos cigarrillos, brindamos por Saramago y lo inexplicable.

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