Veinte mil personas promovieron una fiesta en el Centenario

El valor estético insurgente de los Redondos

Unas veinte mil personas, entre la que se delató una tremenda afluencia de público argentino, atiborraron Tribuna y Platea Olímpica del Estadio Centenario para el primero de los dos conciertos que otorgaron formidablemente Patricio Rey y los Redonditos de Ricota. Cánticos incesantes, pancartas, bengalas: la fiesta inolvidable a pura intensidad comandada por el carisma irresistible del Indio Solari.

Martes 24 de abril de 2001 | 12:00
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Redonditos de Ricota brillaron en Montevideo.</DT>

Hay una sensación definitiva: los Redondos son más que un emblema de la cultura rock hispanoparlante, más que una banda avasallante con una producción de intensidad –lo que hizo que en su show del Centenario practicaran cuatro breaks de 15 minutos para promover el necesario rebaje de agitación masiva en las gradas– que atraviesa la piel del público de todas las maneras posibles y necesarias, aunque todo tenga que ver con una química emocional y visceral, si se quiere espasmódica.

Una banda frontalmente reactiva, con una visible estética de la revuelta y de estirpe épica –un elemento distintivo de la banda y que en la lógica actual de la cultura rock pocos administran como actitud escénica– que posee una comunicatividad con el público tan infrecuente, tan peculiar –había unos 3.500 argentinos presentes en el espectáculo en una fase de lealtad a la poética ricotera de cuño casi religioso– que literalmente asombra por su capacidad de entrega, por la pasión que se juega como espejos tanto en el escenario como en la tribuna.

Cuarta visita a Montevideo en el transcurso de una década de la banda comandada por el Indio Solari y el guitarrista Skay Beillinson y, de inmediato, con una arrolladora versión de “El pibe de los astilleros” el estadio tembló y los cánticos, el voceo popular fue ensordecedor en ese ida y vuelta que se prolongó por más de dos horas extraordinarias ya que la performance del combo sampler ricotero no tuvo caídas de tensión y supo, con sabiduría, regular los diferentes tramos del concierto.

El público fue, asimismo, protagonista del concierto: ninguna agrupación rocanrolera o no, ha logrado ese grado de afectividad, de abrazo expansivo como los Redondos.

Fue, es y será, por siempre, un espectáculo tribal de los pibes sin calma que se ven absolutamente reflejados en la poética y la saga metafórica de un compositor mayor como el Indio Solari o en un guitarrista like a Rolling Stone cada vez más maduro, más rico en sus solos o en su trabajo rítmico y armónico como Skay Beillinson.

El público, esa multitud con lógica barrial o de hinchada que pobló de pancartas el circuito habilitado del Centenario, de bengalas o de encendores en los momentos de penumbras, no tiene similares en América Latina.

Es tan temperamental, tan de vivir a full su ceremonia o ritual, su fiesta, que todo se vuelve un paisaje que se suma como una especie de poética física y emocional, pero más que nada corporal a la letrística despedida desde el escenario.

Parece inexplicable, pero la comunión fue tan potente la noche del domingo que la capacidad se asombra, se regocija y se redobla con estos acontecimientos de la cultura popular contemporánea con fraseo anti-sistema, con métrica disidente.

Y los que esperaban disturbios dentro del recinto se quedaron mudos: fue un happening en el que la lógica del goce trepó a decibeles prácticamente de éxtasis, y eso anotado sin ningún tipo de desmesuras adjetivales.

Se trató de un concierto en el que los Redondos modularon a piacere el repertorio que se apoyó esencialmente en las canciones de su último álbum discográfico Momo Sampler –y donde fue elevadísima la versión de “Sheriff “, talvez lo mejor de la noche– y en una serie de canciones-himno tales como las impresionantes, altamente expresivas, “Tarea fina” o “Vamos las bandas” o “Preso en mi ciudad” y el legendario rocanrol “Ñan Fri fru fi”, entre otras.

Y lo más emotivo: el tributo que se le practicó a Walter Bulacio (un integrante de la tribu ricotera que murió en condiciones tremendas sin que la Justicia esclareciera el hecho en la vecina orilla) a diez años de su muerte, mientras “los asesinos siguen sueltos”, según gatilló la voz de Solari y así el público coreó como si estuviese en plena actitud religiosa.

Es que todo el concierto, de alta potencialidad visual y sonora, obtuvo esa sensación de religiosidad: la idea de ídolo más que nunca se reconoce en cada ademán, en cada gestualidad y en cada ataque expresivo de un faro y un intelectual del rock como lo es evidentemente el Indio Solari.

Lo cierto es que el concierto de los Redondos cubrió todas expectativas: la banda sonó estupenda en todos sus niveles de gestión, pero Skay brilló notablemente en las cuerdas con una inspiración, una garra y un refinamiento ejemplares.

Lo mismo Solari: su voz, sus coloraciones son generosamente seductoras y penetrantes, sus textos impecables e implacables y todo anduvo de fiesta, noblísima interacción entre emisores y receptores.

Ya es uno de los acontecimientos más trascendentes del año. Aguante Redondos.

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