Ciudad Desnuda: Vive en un asentamiento, fue peón de limpieza y será médico

Fuerte es la esperanza

Cuando tenía 15 años lo llevaron a Nacional. Practicó media hora y quedó. Fue el único que eligieron de los casi 40 aspirantes que aquella mañana de primavera se probaron en el Parque Central.

«Zurdo hasta para hablar», como decían sus amigos del barrio, deslumbró a técnicos y dirigentes con apiladas de novela, pases sutiles y chanfles exquisitos. «En tres años estás en primera», le dijo, goloso, un contratista.

Pero él jugaba fútbol por puro placer, cuando tenía ganas, en la calle o en cualquier potrero, en la playa o en el patio trasero de su casa, y no le interesaba hacerlo «en serio», casi por obligación, y por eso jamás volvió al Parque Central, aunque era y sigue siendo bolso fanático.

El contratista lo fue a buscar un montón de veces para tentarlo con espléndidas ofertas pero siguió en la misma, le explicó que había ido a probarse sólo para complacer a su tío Pablo y que no quería ser futbolista profesional, ni en Nacional ni en ningún otro club del planeta, y así fue como los tricolores, y tal vez la gloriosa celeste, perdieron a quien pudo ser, según quienes lo conocieron en aquella época, un 10 maravilloso.

Su hermana mayor, Gladys, dice:

–El contratista estaba desesperado. Pero mi hermanito del alma dijo que no y fue no.

Le alcanza un mate y agrega :

–Este fue así desde chiquito. Cabeza dura, terco como una mula vieja, señor.

El se defiende:

–No es verdad…

–¿No? Decile al señor cómo te llamaba el abuelo Tono…

–No me acuerdo…

–Ah, ¿no te acordás, eh? Le decía «Testa de cemento», señor. ¿O miento? Decí si miento, decí.

El sonríe y Gladys ataca de nuevo:

–Este era tan terco que no quería aprender la tabla del nueve porque no le gustaba. ¿Se habrá visto cosa igual? ¡No le gustaba la tabla del nueve! Las otras sí, pero esa no. Y como no le gustaba, chau, se la salteaba y no la aprendía. Volvió loca a la pobre maestra.

–La señorita Teresa… ¿Te acordás?

–¡Cómo no me voy a acordar! Era buenísima.

–Una vez me preguntó qué quería ser en la vida y yo le contesté que quería ser médico.

Y ella me dijo: «Mirá una cosa: hasta los médicos deben saber la tabla del nueve». Era macanuda.

–Ya de chico andaba con eso de ser médico –confirma Gladys–. El abuelo Tono decía: «Si ‘Testa de cemento’ dice que va a ser médico, va a ser médico». Y ya ve. Así es de terco mi hermanito. Pero las cosas no fueron fáciles para este descendiente de modestísimos chacreros al que muy pronto se le cumplirá su sueño del pibe. El cuenta:

«Me casé cuando recién empezaba en la Facultad. Yo tenía trabajo y mi mujer también, los dos en la misma empresa, que fue donde nos conocimos. Fuimos a vivir en un departamentito de la calle Magallanes, en un segundo piso. Entre los dos ganábamos como para pagar el alquiler y comer, pero no nos sobraba nada. Siempre andábamos con problemas para pagar la luz, pero íbamos tirando. Yo gastaba mucho en libros y apuntes y pensé en conseguir otro trabajo para bancarme la carrera pero mi mujer dijo que estaba loco, que no me iba a quedar tiempo para estudiar y seguimos así, tironeando, tapando agujeros como podíamos. El desastre fue cuando cerró la empresa donde trabajábamos. Estuvimos meses para cobrar lo que debían pagarnos, y para peor cobramos de a puchos. Al final nos atrasamos en el alquiler y nos dieron el desalojo. Nos fuimos a vivir con la familia de ella, allá por Camino Maldonado. Eramos siete en la casa: mi suegro, mi suegra, la hermana menor de mi mujer, mi cuñado, su esposa y nosotros dos. La pasamos muy mal, porque sólo mi suegro y mi cuñado tenían trabajo y nosotros éramos una carga. No conseguíamos empleo en ningún lado y mi mujer, que tiene tres años de Arquitectura, empezó a hacer limpiezas. Como te imaginarás, yo dejé de estudiar. Ni para el ómnibus tenía. Al final, me salió una changa en una oficina. Me la consiguió mi tío Pablo, el que quería que yo fuera jugador de fútbol y me llevó a Nacional. No ganaba mucho porque trabajaba sólo sábados y domingos. Barría, limpiaba, lustraba muebles. Allí conocí a un veterano que hacía lo mismo que yo en la oficina. Nos hicimos muy amigos y un día nos invitó a almorzar en su casa. Ese almuerzo cambió mi vida y la de mi mujer».

Con luna llena

Mientras Gladys ensilla el mate, su hermano sigue contando:

«Durante el almuerzo salió el tema de la situación que vivíamos mi mujer y yo. Mi mujer dijo que no veía la hora de conseguir una casita, o aunque más no fuera una pieza, porque no sólo quería tener un lugar propio para vivir sino también aliviar a su familia. Y tenía razón, porque éramos muchos en aquella casa y además un matrimonio necesita hacer su propia vida, vivir a su modo.

Pero como le dijimos al veterano, lo que estábamos ganando no nos daba para un alquiler y no teníamos solución a la vista. El veterano no dijo nada y al rato se levantó de la mesa, fue a la cocina y habló en voz baja con su esposa. Regresó con un papelito que tenía una dirección y nos dijo que allí vivía un primo suyo que a lo mejor podía hacer algo por nosotros. Fuimos ese mismo día, de tardecita, y lo que encontramos fue un asentamiento.

Un asentamiento de gente muy pobre, prolijito, chico. Vivían 16 familias allí. El primo del veterano resultó ser un tipo bárbaro. Cuando supo quién nos mandaba, se abrió de par en par. Le explicamos nuestra situación y él reunió a la comisión del asentamiento y le propuso que nos autorizara a vivir allí. Mientras la comisión deliberaba nosotros esperábamos sentados en un murito, nunca me voy a olvidar. Como a las dos horas nos llamaron. Nos mostraron un pedacito de terreno y un hombre dijo que allí podíamos hacer la casita. Así nomás, sin muchas palabras. Después todos se fueron para sus casas. ‘Buenas noches, vecinos’, nos dijeron. Era la bienvenida. Se me hizo un nudo en la garganta. Ya éramos de allí. Teníamos un lugar. Mi mujer fue hasta el pedacito de terreno que nos habían dado, se arrodilló y rezó. Me acuerdo bien que había luna llena».

Arroz y menudos

Después obtuvo un empleo fijo. Cuenta:

«Me costó mucho, porque cuando daba la dirección se enteraban de que vivía en un asentamiento y decían que no había vacantes. Si estás en un asentamiento, es difícil conseguir trabajo. Entonces empecé a dar la dirección de un pariente y al final conseguí un empleo más o menos como la gente. Si en la empresa saben que vivo donde vivo, me echan, estoy casi seguro. Por eso no quiero que se publique mi nombre ni ningún dato que me identifique».

En la empresa tampoco saben que está a punto de ser médico:

«No dije nada por las dudas. ¿Sabés por qué? Porque hay patrones que no quieren empleados más preparados que ellos, te lo puedo asegurar. En el asentamiento sí saben. Cuando empecé a estudiar de nuevo, la gente de la comisión vino a felicitarme. ‘Métale, don’, me dijeron».

En el asentamiento, donde LA REPUBLICA estuvo la pasada semana, hablan de él con admiración:

«No sabe todos los sacrificios que hizo para estudiar. Es bravo trabajar todo el día, volver cansado y ponerse a estudiar horas y horas, como él hace. De repente son las tres o las cuatro de la madrugada y está todavía con la luz prendida, metido en esos librotes, dale que te dale, y después se levanta a las siete de la mañana para ir a trabajar. Y con lo justo para comer, porque es un laburante como cualquiera y no gana mucho. A mediados de mes ya le empieza a dar tupido al arro
z y los menudos, porque a esas alturas ya anda tecleando. Pero sigue y sigue. Se banca todo este tipo».

El dice que la gente del asentamiento le dio una lección de vida: «Cuando vi cómo luchaba la gente de aquí para salir adelante, me hice más terco que antes, como diría Gladys. Me contagió esta gente que pese a todos los problemas que tiene no pierde las esperanzas de mejorar. Me dije: ‘Lo menos que tenés que hacer es luchar como ellos’ y dos meses después de llegar al asentamiento empecé a estudiar de nuevo. Vivir aquí me dio más fuerza».

Chapa de bronce

Cuando se reciba, su mujer también volverá a la Facultad. Ya dejó las limpiezas y ayuda en todo lo que puede a la gente del asentamiento. Está, como él, totalmente integrada a ese lugar.

Tan integrados están que no piensan irse de allí. El dice:

«Tan pronto tenga el título, renuncio al trabajo. Ahora lo necesito para poder comer, pero cuando sea médico lo dejo. Voy a poner mi consultorio aquí mismo, en el asentamiento, en la casita de bloques donde vivimos. A esta gente no la dejo nunca».

La gente del asentamiento ya le hizo, colecta mediante, la chapa que él colocará en el frente de su casa cuando inaugure el consultorio. Es una chapa de bronce que lleva su nombre y dice «Médico», como ha soñado desde chiquilín.

–¿Vio, señor? –dice Gladys–. Ya tiene chapa y todo. Le costó sangre conseguirla. Hasta pasó hambre para poder estudiar, pero al final se le hizo.

Y grita entre carcajadas:

–¡Pero todavía no sabe la tabla del nueve!

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