El que quiera celeste que le cueste
SR. DIRECTOR DON VICTOR PÃA:
Para su tranquilidad en cuanto a la seguridad en el puesto que ocupa al frente de la Selección, y desmintiendo rumores de que dicha Dirección se me ofrecería a último momento, dejo cómodamente sentado que, al contrario de la mayoría de los uruguayos, yo me siento incapaz de dirigirla. No obstante, me siento en la obligación patriótica de hacerle llegar algunas opiniones que ayuden a elevar nuestro rendimiento, porque como bien dijo el Toto Pechuga cuando tiró un bochazo y rompió el tubo lux de la cantina: «Siempre es mejor elevar la mira que arrastrase por el inmundo fango del barroso lodazal». Frase que con indeleble letra escrita con tiza, perdura en un cartelito a la entrada del baño para «Caballeros», y que viene al caso ante la próxima contienda internacional. Primero que nada Sr. Púa, debemos inculcarle a nuestros jugadores, ya sean desterrados de allá o enterrados de acá, que no estamos jugando las eliminatorias, sino las clasificatorias. Debemos eliminar la palabra «eliminatoria». Eliminemos, también, la palabra «juego» con que herróneamente nos referimos a nuestro viril deporte. ¡Juego la pindonga! Aquel que dé señales de divertirse en tanto lo practica, no merece vestir la gloriosa celeste. El fútbol, como el amor, la quiniela y el gobierno, se han hecho para sufrir. Observando algunas fotos de borbollones dentro del área, lo que se aprecia son rostros desencajados como de astronautas en pleno lanzamiento, muecas terribles, ojos desorbitados, bocas en pleno alarido, tapones aplastando fosas nasales, codos que se incrustan en las costillas rivales. Imposible descubrir la más leve sonrisa, ni una sola mirada de ternura, ni un solo ademán que permita suponer una actitud galante, nada que nos haga presumir que están pasando un momento agradable. Por eso, mi estimado Don Víctor, cuando escucho decir que a Fulanito da gusto verlo cómo juega, entiendo que de ninguna manera puede integrar la selección. Que vaya a jugar a las madres. Necesitamos hombres que al agarrar la pelota den miedo y no gusto. Hombre con los ojos inyectados en sangre y las bocas desbordando espuma. Que al avanzar provoquen el pánico entre los contrarios, que los hagan huir espantados. En dos palabras: creer que el fútbol es un juego, es confundirlo con el balero.
Esperando que tenga en consideración este modesto aporte, y que consiga la victoria que su nombre de pila conlleva, lo saluda de media cancha
JUCECA
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