Una cruz honda y final
Aunque ya tenía 69 años, Domingo no le hacía asco a ningún trabajo. Alto y todavía robusto, oficial albañil de profesión y, como él decía, «peón de cualquier cosa por necesidad», no había changa que lo asustara.
De todo hacía Domingo, bajo sol o lluvia, y jamás se le escuchó decir que estaba cansado ni que le dolía algo, recuerda Pancho, su amigo del alma. «Era un canario duro como el fierro que no se quejaba de nada», dice Pancho.
Según Matilde, esposa de Pancho, Domingo era del tipo de personas que «no sacaba nada para afuera». Se tragaba dolores y amarguras, asegura:
«Yo le decía que eso era malo, que hace mal quedarse con la tristeza adentro, pero él aguantaba todo sin decirle nada a nadie. Usted tiene que desahogarse porque si se come todo, un día va a reventar como una cucaracha, le decía yo, pero él no me hacía caso». Matilde sabía que la gran pena que desgarraba a Domingo era no poder ver a su nieto, Marito. Ella cuenta:
«Julia, hija única del viejo, había perdido cuatro embarazos y cuando tuvo a Marito el médico le dijo que ya no podía tener más, que se podía morir si no se cuidaba porque ya no estaba en edad de parir y que los ovarios y que la anemia y que patatín y patatán. Lo que yo sé es que Julia no tuvo más hijos y don Domingo, que para esa época ya estaba viudo y vivía solo como un perro, adoraba a Marito. Lo iba a visitar todos los días, lo sacaba a pasear los domingos y siempre le regalaba algo. Más de una vez hizo changas pesadas por unos pocos pesos para poder comprarle algo al chiquilín. Como no había tenido ningún hijo varón y Julia ya no le iba a dar más nietos, vivía para Marito, se dejaba matar por Marito. Pero en esa época el viejo tomaba mucho y varias veces llegó bastante borracho a la casa de Julia y un domingo ella le dijo que no fuera más, que no quería que el chiquilín lo viera así. Y un poco de razón tenía, porque el viejo se aparecía con una botella de vino y se caía a cada rato y el Marito se ponía a llorar y el marido de la Julia se ponía furioso… Yo qué sé… Era brava la cosa».
Así fue que se terminaron las visitas de Domingo a la casa de Marito. Domingo sufrió mucho por eso, dice Matilde:
«Imagínese. Con todo lo que lo quería y no poder verlo más… Julia sólo le permitía verlo una vez en el año, cuando Marito cumplía años, el 15 de mayo. Cuando se acercaba la fecha, el viejo empezaba a hacer changas, cualquier cosa por pesada que fuera, para ganar unos pesos y comprarle un buen regalo al nieto, porque eso sí, con vino o sin vino adentro el viejo nunca le regaló cualquier cosa al Marito. Era capaz de quedarse sin comer para ahorrar con tal de llevarle buenos championes o vaqueros caros. Y cuando iba al cumpleaños iba fresquito. Desde dos o tres días antes no tomaba nada, para llegar bien, y cuando llegaba le decía a la Julia que ya había dejado el vino, que le diera permiso para ver a Marito como antes, pero ella ya no le tenía nada de confianza y le decía que no y el viejo seguía con una tristeza bárbara adentro, pobre don Domingo».
Cuando faltaban dos semanas para que Marito cumpliera 16 años, Domingo empezó a buscar changas. Con lo que ganara y lo que había guardado de la miserable pensión que acababa de cobrar, pensaba comprarle una moto a Marito. Tenía que reunir los 1.500 pesos de la entrega inicial y como la veía fácil, porque estaba dispuesto a romperse el lomo para reunir los 850 que le faltaban, le pidió a Pancho que fuera a la casa de Marito y le preguntara de qué color quería la moto. «Roja», le mandó a decir Marito. «Se puso loco de alegría tu nieto cuando supo que le ibas a comprar la moto», le comentó Pancho a Domingo.
Pero no salió ninguna changa. Domingo buscó y buscó y no encontró nada. «Ni para cortar el pasto consiguió», dice Pancho. Domingo salía a trillar a las seis de la mañana y regresaba con los bolsillos vacíos ya entrada la noche. «Se le veía en la cara que estaba desesperado y yo le preguntaba qué le pasaba pero él que era así, metido para adentro, no decía nada», dice Matilde.
Dos días antes del cumpleaños, más o menos a las siete y media de la tarde, Domingo entró a un supermercado y le dijo a un guardia de seguridad que quería hablar con el «dueño», esa fue la palabra que usó. El guardia le trajo a un hombre de lentes que el pasado martes narró a LA REPUBLICA:
«El pobre viejo me preguntó si le podía dar algún trabajo, cualquier cosa, aunque fuera limpiar los baños, y le dije que no, porque realmente tenemos todo cubierto. Como vi que el hombre andaba mal, saqué unos pesos del bolsillo y se los iba a dar pero él me dijo que no quería limosnas y se fue».
Cuando salía del súper, Domingo le arrebató la cartera a una mujer joven que entraba pero el guardia de seguridad que estaba en la puerta lo detuvo tras una corta persecución. La mujer no quiso que llamaran a la Policía. El propio Domingo le devolvió la cartera. «El viejo parecía más muerto que vivo», recordaron ayer dos testigos. La joven le dijo:
–Abuelo… ¿A su edad? ¿No le da vergüenza?
–Sí –contestó Domingo y se puso a llorar.
Cuatro horas después, Domingo llegó a la casa de Pancho y Matilde. Traía una botella de vino y parecía muy cansado y mucho más viejo. Matilde relata:
«Hacía tiempo que no venía a casa, porque no era de visitar mucho. Por la cara que tenía me di cuenta de que no había juntado la plata para la moto, pero no le dije nada porque sabía que no iba a hablar de eso. Imagínese lo triste que debía estar, pobre viejo. Miramos la tele y charlamos un rato. El más bien escuchaba, porque tampoco era de hablar mucho. Nunca lo había visto tan triste. Se fue para su casa como a la una y media».
Esa misma madrugada se mató. Dos tajos profundos en la muñeca izquierda bastaron para que la muerte entrara en su cuerpo viejo. «Le reventó la amargura», dice Pancho. «Los tajos formaban una cruz», agrega Matilde y se persigna.
Compartí tu opinión con toda la comunidad