Desde el asiento de los bobos

La Nº100

Por Horacio Buscaglia

 

La centena. Diez veces diez. La número cien.

Me refiero a esta columna. Sacrificados lectores, he abusado de ustedes100 veces y nadie me mandó en cana. No me lo explico.

Ustedes tienen que saber que mucha gente no creía que fuera a llegar ni a la número diez. Yo, por ejemplo, que estaba tan asustado que los primeros días no lograba ni memorizar la contraseña para entrar en el word y empezar a escribir. Y por aquí andaban Gabriel, Leo, Fabián y el «Chancho», que me hablaban de cualquier cosa para distraerme a ver si de esa manera podía recuperar el control de los esfínteres. Recuerdo verlos mirándome de reojo, con caras de circunstancia, y hablando bajito como si se refirieran a un enfermo terminal.

Pero bué… aquí estamos, llegando a las 3 cifras. A las primeras 3 cifras. Porque ahora estoy más agrandado que Batlle con la presidencia, y esto tiene más que ver con la inconsciencia que siempre me ha caracterizado que con el dominio del arte del periodismo, porque cada vez que pongo el punto final de estas «Desde el asiento de los bobos», siento que se ha producido un milagro inexplicable que está relacionado con el haber encontrado un tema y haberlo desarrollado más o menos coherentemente. Me gustaría creer en Dios para echarle la culpa a él de las cosas que escribo pero, como ustedes se habrán dado cuenta, no tengo en mi agenda su número de teléfono. Y las veces que a través de otros he intentado llamarlo, no he podido comunicarme «por sobrecarga» y, para peor, la última vez que lo hice me dijo Alejandra (que así se llama la simpática joven del teléfono): «El número que ha seleccionado, está –para usted– eternamente fuera de servicio».

Así que yo, y nadie más que yo, soy el responsable de lo que aquí se ha dicho estas 100 veces. La mayor parte de esas veces he intentado hacerlos sonreír, en algunos casos he buscado tocar su corazoncito, unas pocas veces me he enojado de más y otras traté de disimular mi furia, pero siempre busqué mostrarles, tanto nuestro pequeño mundo como el grande, el de todos, desde un ángulo diferente, tangencial, en fin, mirar las cosas que pasan desde el asiento de los bobos. Y, fundamentalmente, traté de entretenerlos. Que de eso se trata, también.

Si lo logré o no, ustedes dirán. Si es que esta columna es leída por más gente que mis amigos íntimos. Ojalá que les guste aunque sea un poquito porque, de cualquier manera, yo voy a seguir hasta alcanzar la columna número 1000.

Porque ahora, me envicié. Me hice columnómano. Ni se imagina el placer que siento con poder decir lo que pienso y que otros se enteren y, además, está la adicción a la adrenalina que se produce al no saber de que voy a hablar, hasta 10 minutos antes de ponerme a escribir. Siempre me ha gustado caminar por los pretiles y jugar a tirarse y… «ojalá que allá abajo haya una red».

Publicá tu comentario

Compartí tu opinión con toda la comunidad

chat_bubble
Si no puedes comentar, envianos un mensaje