Autogestión en el Uruguay profundo
Ettore Pierri
Hacia finales del pasado noviembre, Ilda Barrial supo que había nacido un taller de artesanías de lana en Tiatucura, pequeña comunidad sanducera ubicada unos 75 kilómetros al sur de su pueblo, Tambores, que tiene la mayor parte del territorio en el noreste de Paysandú y el resto en Tacuarembó.
Le dijeron que las tejedoras de Titucura trabajaban sin pausas, se esforzaban cada vez más y estaban haciendo maravillas con el taller, ya convertido en una fuente de trabajo autogestionado para ese hermoso pueblito donde el empleo es, como en tantos otros, una esperanza en extinción.
Pero Ilda también supo que las animosas artesanas tenían problemas técnicos. Sin mucha experiencia profesional en ese tipo de tareas, no lograban que el taller funcionara a pleno y aunque ya elaboraban bufandas, mantas, gorros y acolchados necesitaban ayuda especializada para dominar todos los secretos del oficio y aumentar la producción.
Ilda, con 23 años de experiencia en Manos del Uruguay, no dudó. Viajó de inmediato a Tiatucura sin que nadie se lo pidiera y comenzó a colaborar con las tejedoras locales. Fue un gesto espontáneo, nutrido por el espíritu solidario de Ilda, que la gente de Tiatucura no se cansa de reconocer.
Desde entonces, Ilda sigue al pie del cañón en el taller, bautizado Villa María.
Siempre está a la orden y no la asustan los 150 kilómetros de malos caminos que debe enfrentar varias veces al mes para ir a Tiatucura y regresar a su Tambores, donde la pasada semana dijo a LA REPUBLICA: «No podemos seguir aislados. Aquí en esta zona hay muchos pueblitos que tienen problemas y si colaboramos unos con otros podemos salir adelante. Solos no vamos a ningún lado».
Ayuda mutua
En otro pueblo de la zona, Merinos, el comerciante Andrés Alvez piensa lo mismo que Ilda. El donó una rueca al taller Villa María y sostiene que la ayuda mutua creará óptimas condiciones para el futuro de la región. «Debemos ayudarnos para mejorar», dice Alvez.
No muy lejos de Tiatucura está Morató, ya en Río Negro. En la misma línea de cooperación, una comisión vecinal de ese pueblo brindó un espléndido telar al taller Villa María, como paso inicial de una acción conjunta que ya augura muy significativos resultados.
Estas confluencias pueden sentar las bases de una amplia y prometedora coordinación regional si la brecha abierta por la solidaridad individual y grupal adquire dimensión comunitaria, salto cualitativo que ya asoma en el horizonte.
Unidos por similares características y necesidades casi idénticas, Tiatucura, Tambores, Merinos y Morató pueden constituir un centro intercomunitario que impulse proyectos comunes, dicen en la zona.
Aunque están ubicados en una región de riquísimo potencial productivo, estos cuatro pueblos sufren graves problemas en materia de empleo. Forman parte de ese Uruguay profundo ahogado por enormes latifundios vacíos de gente, donde la ofensiva riqueza de una minoría contrasta violentamente con el acelerado empobrecimiento de amplísimos sectores.
Esta situación los ha llevado a generar experiencias productivas autogestionadas, como los talleres artesanales, las huertas comunitarias y otros microemprendimientos que nuclean cada vez a más personas.
En Titucura, por ejemplo, las quintas domésticas aportan alimentos básicos a todas las familias, muchas de las cuales recurren al trueque para proveerse de lo que no producen.
La fabricación de mercancías –prendas de lana y cuero, piezas de cerámica y muchas otras– también reditúa ingresos a la gente de esta y otras localidades cercanas que ha optado por el trabajo autónomo. La interrelación de estas experiencias locales beneficiará a todas, afirman en la zona.
Ida y vuelta
Pero se debe ir paso a paso, dice Raquel Hernadorena en Tiatucura. Se trata de afianzar los proyectos de cada población mientras la acción coordinada afianza al conjunto. Son vías complementarias y no excluyentes. Así lo demuestra el fenómeno social del taller, cuya paulatina consolidación en la localidad fortalece paralelamente las relaciones intercomunitarias, que a su vez lo nutren.
Es es todo caso un proceso de ida y vuelta, cuya dinámica ya logró combinar inquietudes de cuatro pueblos. Sin embargo, esta incipiente red no jerarquizada de comunidades es ya mucho más que la simple suma de las posibilidades hoy notorias de sus partes porque abre las puertas a fuentes de producción capaces de engendrar otras aún ni siquiera previstas.
De ese porvenir posible y esperanzador hablarán con la gente de la zona los integrantes del grupo multidisciplinario Desarrollo Integral del Valle del Río Negro, organización no gubernamental integrada por técnicos y expertos altamente calificados. Este grupo ya incluyó a Tiatucura en un ambicioso programa de desarrollo sustentable cuya puesta en marcha supone acciones conjuntas con los gobiernos departamentales, juntas locales y diversas entidades privadas de la región.
El programa de este grupo incluye emprendimientos orientados a fomentar la actividad agraria, la cría de peces, la pesca, el uso de energía solar y eólica, el turismo y muchas cosas más que van desde mejoras sustanciales en la caminería hasta medianas obras hidráulicas y canales de riego.
De ese plan surgirán sin duda nuevas posibilidades para muchas comunidades, en opinión de este grupo de expertos que orientan Martín Allende (ingeniero civil), Nelson Salle (ingeniero industrial), Carmen Améndola (agrónoma), Pedro Armúa (agrimensor), Marta Rodríguez (arquitecta) y Walter Barreto ( ingeniero industrial).
El futuro
En tanto, el taller de Tiatucura espera compañía. Pronto lo acompañarán un horno para cerámicas y otro taller, este para artesanías de madera y papel, que servirán para crear nuevas fuentes de trabajo en la comunidad.
Hay otros planes en carpeta, para los cuales ya se cuenta con apoyos importantes. Tiatucura cambia, paso a paso, gracias al impulso de su propia gente y a la solidaridad que no cesa.
Susana Manzini y Odila Hernandorena comentan:
«Desde que LA REPUBLICA escribió sobre nosotros muchas cosas buenas nos sucedieron. Recibimos grandes ayudas que siguen llegando. Fíjese que ustedes vinieron hace más de un año y todavía nos mandan donaciones. Hay una señora, a la que no conocemos, que cada tanto envía algo. Lo único que sabemos de ella es que se llama Irma y es lectora de LA REPUBLICA«.
Destacan también que pocas semanas atrás una veintena de muchachas de Montevideo les trajo herramientas y semillas para las huertas familiares:
«Eran estudiantes de la Residencia Universitaria del Mar (institución patrocinada por la Asociación Cultural y Técnica) que pasaron varios días con nosotros, nos ayudaron con las quintas y dieron charlas sobre muchos temas. Se portaron muy bien con toda la gente de aquí», informan.
Feliz porque las lluvias recientes fueron una bendición para los cultivos, Tiatucura espera que las cosas sigan mejorando. Elsa Fernández, María Elena Márquez y Mireya Fernández dicen:
«Esto del taller nos ha venido muy bien. Una se siente útil trabajando y si todo va bien y se concretan otros proyectos que tenemos, el pueblo puede repuntar y eso es lo que queremos lograr».
El mismo objetivo tienen quienes desde las otras pequeñas comunidades están forjando intercambios solidarios con Tiatucura.
«Si nos unimos podremos construir un futuro mejor», dicen a LA REPUBLICA. Y saben que sólo el esfuerzo propio les permitirá poner la realidad a la altura de sus sueños.
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