Prohibido para nostalgicos

Aquellas Pascuas en la vieja capital

Angel Luis Grene

 

El uruguayo y el porteño, ministros de dos países que se dicen hermanos, casi se agarraron a «las piñatas». Chinos y yanquis, «avión espía» de por medio, se tienen unas ganas bárbaras. Por Macedonia, las ametralladoras ahogan las palabras. En la franja de Gaza, del Medio Oriente, judíos y palestinos, hacen pedazos los acuerdos de paz y se matan sin piedad. Y eso que por esas tierras, hace dos mil años, anduvo el nazareno que predicaba la doctrina del perdón. ¡Si hará falta por todos lados su mensaje de fraternidad y conciliación! El mensaje de las Pascuas, ¿verdad?

Y por los tiempos de la Vieja Capital también las grandes «broncas» mundiales envolvían estos días de la Semana Santa. La memoria compañera se acerca mansita. Como un viejo álbum, despliega sus amarillentas hojas. Por allí aparecen guerras mundiales. Personajes que se creían superiores y llevaron al «amasije» colectivo, allá por «las europeas», como decían las doñas del barrio. Y Montevideo conmovida por los tiros de los llamados «pistoleros importados». Líos también por estos pagos. Pero los vecinos no aflojaban y le daban de punta y con mucha fe al asunto ese de las Pascuas y su Semana Santa.

Decía un personaje de Proust que «los recuerdos comunes son los más pacificadores». Y al compartir este puñado de vivencias, siempre buscamos llegar a esos sosegados sentimientos de fraternal paz. Entre el veterano escribidor y los que se acercan a estas desprolijas notas que revientan de pura emoción.

Y todos recordamos que aquellos antiguos vecinos se tomaban las cosas de la Pascua muy en serio. Y hasta los que no eran muy devotos, por estos días, agarraban para el lado de la fe. En los pequeños y en los grandes detalles notábamos que por aquel Montevideo del ayer se respiraba un aire distinto.

La gente más «tranqui». Todos tirando para el lado de la familia. Y casi todos los sitios del «agite», a partir del miércoles, cerraban sus puertas. Hasta El Bajo, «achicaba» sus alborotos y las casas de las francesitas que «fumaban» permanecían cerradas.

Un pibito, que de veterano dicen que se dedica a garabatear sus tibiezas y recuerdos, también andaba muy calladito. De la mano de una de sus abuelas que lo criaban, estaba con los ojos muy abiertos en la chiquita iglesia de Maturana. Ese botija es el que ahora le está hablando bajito al veterano que, entusiasmado, «le mete» al lápiz y al papel. De sus palabras surgen las imágenes de aquellos barrios por los días de las Pascuas.

Importante tema, si los había importantes, era el de la comida. El que no se comiera carne agudizaba el ingenio y todos «manyaban» lo que en el resto del año se habían olvidado. Roscas, tortas y panes caseros estaban a la orden del día. El horno de barro, del fondo de la casa, lanzaba humo y más humo. En su interior nacían las doraditas roscas de la Pascua. Muy dulces, con trocitos de higos, chorreantes de almíbar y con unos auténticos «huevos duros» que surgían de su torneada superficie.

En esos hornitos de barro, las abuelas se esmeraban con sus empanadas de atún o sardinas. Con sazonadas recetas, traídas hace un «pilón» de años de sus libertarias tierras vascongadas.

Los que vivían en casas sin fondo, o sencillamente no querían cocinar, recurrían a los negocios establecidos. Panaderías barriales, nunca tan concurridas como por esta semana diferente. Por la Villa de la Unión, todos para la «Quilmes» o la «Lavalleja», a comprar las «empanaditas de vigilia». Los que vivían por Villagrán, y también los que estaban cerca de Comercio, hacían cola desde muy temprano para retirar los paquetitos que se tenían que encargar el día anterior. Si no lo habías encargado, ¡fuiste!, no había más, y a conformarse con algún trocito de torta de sardinas que nos convidaba algún compadecido vecino. Por Bella Vista, en Agraciada y Asencio, «Los Tres Mosqueteros», del recordado Jesús Rodríguez. De allí sale corriendo un botijita, con un gran paquete de calientes empanadas. En Agraciada y Zufriategui, la panadería «Del Molino», que fue popular por una torta de mejillones que preparaba un gallego, con secreta receta que más de uno le envidiaba.

Todo el querido Cerrito de la Victoria se «copaba» con las exquisiteces de la panificadora «Artigas». La que llevaba sus pedidos en «jardineras» que trepaban las subidas de las callecitas del barrio. Dejando atrás el repiquetear de los caballos, el sonido juguetón de los cascabeles y un salado olorcito a roscas de pescado.

El bacalao noruego estaba al alcance de todos los bolsillos. Por la zona de la Villa Muñoz, los vecinos se lo compraban a la entrañable doña Rebeca y su pequeño almacén en el corazón del Reus al Norte, por Arenal Grande y Marcelino Berthelot. Grandes trozos que se hacían hervir un largo rato y luego ¡a las ollas! para esa típica comida de la Semana Santa.

El domingo de Pascuas amanecía en la Vieja Capital. Sonaban las campanas de las iglesias de los barrios, anunciando el triunfo de la vida por sobre la muerte. De las casas de los inmigrantes salía un aroma que las hacía distintas. Es que algunas españolas habían traído las recetas de unos huevos de chocolate. Se quedaban preparándolos toda la noche, a fuego muy lento, y vertían el contenido de las ollitas en sus exclusivos «moldes» de metal. Esas confituras que hacían agua la boca, quedaban de todos los tamaños. En los más grandes, les ponían «sorpresas» como bolitas o juguetes en miniatura que los botijas recibían con sonrisas de oreja a oreja.

Huevos de Pascua que eran compartidos con los demás vecinos. Todos se endulzaban y afianzaban aún más los vínculos de la gente de la cuadra. Muy fuertes los lazos que unían a los vecinos de los barrios populares del ayer.

Después del almuerzo y los postres, la botijada se trenzaba en un «picado» en el «potrero» de la esquina. A un costado, las familias tomaban un otoñal sol que brillaba ya medio debilucho. Un vecino hojeaba un diario, de grandes páginas, donde se contaba de la guerra mundial en la lejana Europa. Es que ayer al igual que hoy, el mensaje de la Pascua parece que tiene el destino de llegarnos mientras en algún lado la gente se sigue matando.

Por eso la fraternidad y la reconociliación que pregonaba aquel humilde y sabio nazareno está siempre vigente. Para su convulsionado territorio de la milenaria Palestina, y para nosotros en esta tierra tan chiquita pero tan llena de injusticias sociales.

Para todos, estos «recuerdos comunes» que, como escribiera Proust, son los «más pacificadores». A nuestros «lectores cómplices» y a los queridos compañeros de tareas de LA REPUBLICA, un fraternal deseo de felices Pascuas.

Los esperamos todos los sábados y domingos, a las 19 horas, en CX 44, y también los domingos, en LA REPUBLICA, con más Prohibido para Nostálgicos, con los auspicios del Departamento de Cultura de la IMM.

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