Desde el asiento de los bobos

La Tierra es azul

Horacio Buscaglia

 

Voy recorriendo esta ciudad que está cada vez más vacía, viendo por la ventanilla del ómnibus como Montevideo aprovecha la oportunidad para mostrarse más cómodamente. Ella, tan coqueta, nos deja ver sus recovecos, sus fachadas, sus esquinas, sus calles arboladas… digan lo que digan, ¡mire qué es linda esta ciudad! No te agrede, no se te encima, está hecha a la medida de la gente. Lo confieso, yo quiero mucho a este pedacito del planeta Tierra. Porque, entre otras cosas, los «Grandes Hechos» sucedidos en ella no han podido borrar las señales de las pequeñas historias individuales de los montevideanos, que siguen prendidas a un banco de plaza, una esquina, un boliche o a un cacho de la rambla.

Y con este estado del cuore sigo viajando en el ómnibus y levanto los ojos para ver ese cielo celeste que trata de abrirse paso entre los edificios.

Y pienso que alguien me debe estar vichando desde allá arriba, y no me refiero a ningún Dios, sino a la cantidad de aparatitos que el gran desarrollo humano ha puesto a girar alrededor de la Tierra para saber si el próximo sábado va a llover, máquinas que ponen en nuestro living el gol que Romario hizo en el otro lado del planeta hace unas décimas de segundos, aparatos para mostrarnos los ojos demasiado abiertos de un niño que no entiende por qué pasa lo que pasa, instrumentos para tratar de ver más allá de los planetas conocidos y tratar de comprender un poco más al Universo. Aparatitos que escudriñan el suelo y tiñen de fulgurantes colores las pantallas de las computadoras de las grandes empresas dispuestas hasta a provocar una guerra para apropiarse de lo que haya debajo de la tierra sin importar los que están arriba de ella, aparatosos aparatos que marcan con precisión casi perfecta el lugar exacto donde debe caer un misil para causar el mayor daño posible, aparatejos que avisan si el otro, asesino inhumano, responde con un nuevo misil, aparatos que pueden sacar una foto del lunar ese que tenés escondido, sin que vos ni tu gobierno se enteren, máquinas que hacen que una palabra de amor atraviese el espacio sin chocar con ningún aerolito hasta llegar en un cálido susurro al oído del ser amado, las mismas que llevan la foto de una niña de seis años desnuda para ser gozada por los amantes de la pornografía infantil junto con los últimos números de la Bolsa de Nueva York y un e-mail de un nuevo suscriptor a una revista nazi. Y también hay hombres adentro de otras máquinas que suben al espacio para ser invadidos de soledad, distancia y silencio y descubrir que uno es nada dentro del universo. Y hasta hay basura humana, chatarra espacial, máquinas, aparatos, aparatejos, aparatitos, instrumentos que fueron el asombro de los hombres de ciencia y hoy giran enmohecidos, sin una razón, alrededor del planeta sin poder registrar el nacimiento de una nueva estrella.

Y deseo que allí, entre toda ese maremagnum de cosas haya por lo menos un tornillo imperecedero de la nave «Vostok 1″ que hace 40 años, un 12 de abril de 1961, llevara a Yuri Gagarin a ser el primer hombre que voló al espacio. 108 minutos para lograr lo que hasta los propios enemigos de la URSS calificaron de la «mayor hazaña científica de la historia de la humanidad».

Y que él condensó, desde la pequeñez y la grandeza del ser humano, en uno de los poemas más cortos y más profundos que se conocen: «La Tierra es azul».

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