Algo espantoso
Por Horacio Buscaglia
Aquí voy, sentado contra la ventana mientras el ómnibus avanza como suelen avanzar todos los ómnibus de esta ciudad: muuuuy lentamente. Por lo menos eso es lo me parece a mí que vengo dando cada cabezazo que en cualquier momento me rompo las cervicales. Trato de apoyar la cabeza contra el vidrio, pero además de ser duro, sucio y frío, me golpeo contra él, por los traqueteos del bondi, así que busco la forma de apoyar el codo y sostenerme la cabeza. No funciona. La cara me queda toda deformada como si fuera de plasticina. Hay que recurrir a la típica, la cabeza caída, con el mentón tocando el pecho. Aunque de esa manera se corre el riesgo de que en alguna curva uno termine poniéndose mimoso con el hombro de la persona que está al lado. Que en este caso, te digo, más vale que no. Estoy sentado al lado de una especie de oso hormiguero cruzado con algún tipo de coleóptero desconocido que, sospecho, pertenece al sexo femenino. Sospecho, digo, porque la estructura molecular del elemento que está a mi lado, no permite descubrir ninguna seña que facilite el reconocimiento de su género. En fin, que es una mina más fea que apretarse los genitales con la tapa del sótano.
Por un momento pienso en la antiquísima posición de la cabeza tirada para atrás con la nuca apoyada en el borde del espaldar del asiento.
Pero la deshecho inmediatamente porque está muy unida en el imaginario popular con la ingesta de alcohol. Te ven así y enseguida piensan que estas en pedo. Y ¿qué necesidad? si esta vez ese no era el caso. Además, en esa posición ronca hasta el Papa, que duerme como Dios manda, y la producción de saliva crece y si no se derrama por las comisuras, te atora y te despertás sobresaltado y tosiendo y ni te cuento que el esperpento de al lado aproveche la ocasión y para ayudarte te golpée la espalda y de ahí andá a saber hacia donde termina yendo esa relación.
Se me ocurre que una onda interesante sería la de levantarme el buzo por los hombros y envolverme la cabeza con él, como hacen los chorros cuando los enfocan las cámaras para que no los reconozcan. Esa me parece una idea bastante acertada, te aislás del entorno, y del arácnido de al lado, aplacando los sonidos molestos y oscurecés el ambiente. Perfecto. Es como si pusieras una carpa dentro del ómnibus.
Una carpa de oxígeno, me digo inmediatamente, porque recuerdo mi claustrofobia por la cual no puedo meterme debajo de las sábanas porque empiezo a sentir que no puedo respirar. Y ponele que la batracia de al lado le dé por hacerme respiración boca a boca.
Así que trato de pensar en la cantidad de información que voy acumulando en el baúl cerebral de las cosas que no sirven para nada, para ver si logro entrar en un estado catatónico. Y recuerdo el informe de unos zoólogos británicos que llegaron a la conclusión de que los gatos son asesinos seriales. Durante cinco meses vigilaron y registraron puntualmente las actividades criminales de 964 gatos domésticos, descubriendo que en ese período mataron 14 mil animales: pájaros, reptiles, ratas, ranas y también conejos y comadrejas. Teniendo en cuenta que los británicos –grandes amantes de los animales– tienen en sus casas 9 millones de gatos, las víctimas alcanzarían a 275 millones al año.
Hay que estar sin nada que hacer para investigar esto. Y ser muy frívolo para darlo como noticia. Y hay que ser tremendo pelotudo para publicarlo en un diario. Y mucho peor cuando por esa razón queda inconclusa la historia de la mujer horripilante.
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