Desde el asiento de los bobos

Qué caripela, ¿eh?

Por Horacio Buscaglia

Voy en el ómnibus muy tranqui, no llueve, el clima es agradable y leo LA REPUBLICA. Es allí donde de pronto me encuentro con la mirada del propio Jesús. Primero pensé que era «El Chancho» Legnani maquillado, pero por el aire beatífico de su rostro no podía ser él, aunque por lo del milagro de transformar el agua en vino, podría ser.

Yuliani no era, me di cuenta en seguida porque este Jesús da la impresión de ser un hombre muy callado. Danilo Albín menos, salvo que lo representara después de lo de la cruz. Porque éste se ve medio regordete, cachetón el tipo, ¿no? Gabriel, imposible, el padre no es Dios, si yo lo conozco. Juma, ni por asomo. Mendieta, podría ser, tiene un aire. Pero sólo eso, un aire. A Leo, a Fabián, al Popi, no los veo predicando en el desierto. Desde Fasano hasta Georgina fui descartando a todos los del diario.

Era él nomás. Jesús, el hijo de Dios, y certificado por la BBC de Londres, nada menos.

Miré a unos gurises que subieron al ómnibus jugando de manos y empujándose y pensé en pararme y gritar: «Atención, todos aquellos que no le hayan visto la cara a Dios, ahora, aunque más no sea, pueden ver la cara de su hijo y abandonar ciertos rituales privados dedicados a Onan.» Pero no lo hice porque el guarda se iba a sentir aludido.

En realidad uno tiene vistos varios Cristos, me recuerdo por ejemplo de Willem Dafoe en «La última tentación de Cristo» de Scorcese, con aquella escena con la Magdalena que armó mucho más revuelo, siendo solamente una película, que las reales violaciones de curas a monjas sucedidas recientemente. Otros Cristos nos ha mostrado el gran Buñuel, en «La Vía Láctea», por ejemplo, y especialmente en aquella inolvidable imagen imitando a la última cena en «Viridiana». Dios lo tenga en los infiernos al Maestro, porque no era hombre como para aburrirse entre los ángeles.

Y están aquellos cristos hollywoodenses como el de aquella cinta que, pese a su contenido, ya en el título cometía el pecado de soberbia: «La historia más grande jamás contada», (el de codicia, ya estaba implícito). Que en realidad debería llamarse «La Historia contada más veces», porque cada tanto reaparece, no te extrañe que dentro de dos semanas algún canal de televisión la programe. Y aquel otro que había hecho el milagro de cantar muy bien, pero no mejor que Judas que casualmente era negro, aquel de «Jesucristo Superstar» que no me acuerdo el nombre –el de «La Historia…» creo que era el impotable Jeffrey Hunter– pero que siendo muy distintos, uno muy rebelde y hippy y el otro muy controladito, ambos dos bien rubios que eran y lindos a la moda.

Que esa es la imagen que nos vendieron hasta ahora. Y está bien, desde el punto de vista del marketing, digo, está muy bien. Porque imaginate si Lenin se hubiera hecho un entretejido y se hubiera teñido de rubio, ¿qué hubiera pasado? y ¿si Stalin se trenzaba el pelo en la onda rasta? y se ponía una gorra verde, roja y amarilla y se fumaba tremendo porro, seguramente otro gallo cantaría hoy en día.

No te quepa duda.

Pero resulta que la cara de gordito cachetón de Cristo, no le cae bien a muchos. El sacerdote Guido Mariani dijo que es «una figura repelente que no la pudo crear Dios para su hijo».

¿Y eso qué tiene que ver? Acaso Dios no creó el ornitorrinco, la cucaracha, el bicho canasto, la vinchuca y la suegra de mi amigo El Toto.

Además en aquella época por más milagroso que fueras no existía la cirujía fetal ni los bancos de semen seleccionado, te nacía lo que te nacía, y si además nacés justo en Navidad y tu madre queda inmaculada, ¿qué más querés? ¿que el nene salga igual a Brad Pitt?

Pará un poquito, hermano, porque podrá ser Dios, pero tampoco la pavada, ¿no?

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