Sepa entender
Yo voy a tratar de explicarle la situación en que me encuentro. Aunque no creo que pueda transmitir con total exactitud el momento que estoy viviendo.
Sucede que en este preciso instante que estoy escribiendo esta columna, sobre mi escritorio hay un televisor por donde el resto de la redacción está mirando el partido Uruguay-Paraguay. Es decir, yo estoy detrás del televisor y ellos están mirando hacia donde yo estoy, el asunto de tener casi veinte personas mirándome cuando yo no estoy sobre un escenario, me pone un tanto inquieto.
Trato de controlar mis movimientos, esos tics que me aparecen cuando estoy escribiendo. Hablo conmigo, por ejemplo. «No Buscaglia, no, eso no, ¿sos estúpido o qué sos?».
Me rasco la barba y la cabeza como si tuviera piojos. Y aunque no están dentro de mis tics, de nervios nomás, por saber que no debería hacerlo, capaz que me dan ganas de rascarme ciertas partes que no deben ser rascadas frente a otra gente. En fin.
Yo tenía varias cosas pensadas para escribir hoy pero….
AAAAAhhhhh! No Chilavert, no Chilavert…. pero que…
Estoy escribiendo a los saltos ya que cada 30 segundos uno de los compañeros pega un grito por alguna razón, especialmente Gabriel, y como les decía, yo pensaba que era un buen día para hablar de…
Pero que hacés…No se puede creer lo que está haciendo este juez.
¿Pero qué somos nosotros? ¿qué somos?
Además tengo en el oído el parlante del televisor y escucho a los que están relatando el partido que siempre llegan tarde frente a los comentarios, hechos a los gritos, de alguno de los compañeros o compañeras…
Pero este español, de qué la va, vino a aplicar la ley de emigración al Uruguay, vino…
Destrabate el coágulo del cerebro, hispánico esquizoide….
Y claro, frente a todo este ritual dramático, operístico por momentos, que me rodea, se me hace muy difícil empezar a contarle sobre el estudio realizado por investigadores de la Universidad de Texas, que dicen haber descubierto que la felicidad es una poderosa medicina contra el derrame cerebral. «Las emociones positivas se relacionan, mejoran la salud y protegen de las enfermedades crónicas», dijeron.
Y yo les miro las caras, uno a uno, y me doy cuenta que ya no hay salvación posible para ellos. Y no estoy hablando, por favor, del derrame, pero sí de una hernia de disco por la manera que saltan de las sillas frente a cualquier aparente peligro de gol o una torción de las cuerdas vocales por la manera que gritan o, por lo menos, la pérdida irremediable de la posibilidad de ir al cielo dado las cosas que le desean al prójimo. Entendiéndose por prójimo, fundamentalmente, al señor juez del partido.
Casi termino sentado en el suelo del susto que me dieron al levantarse todos gritando como monos de Borneo, por otro «inadmisible fallo del árbitro».
¿Sabés qué? La termino acá y me voy a ver el segundo tiempo.
(Y me paré sobre el escritorio gritando: :»Vamo arriba Uruguay, juez chorro»).
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