Prohibido para nostálgicos

"De otoños y poesía, muy juntos a Delmira"

Escribe Luis Grene

 

Ella se acerca al veterano escribidor. Le promete ayudarlo y darle fuerzas para hablar de los otoños y sus sencillas poesías. ¡Ah, me olvidaba!, es que estamos al lado de un libro de Delmira Agustini.

Parece que el verano, como las comparsas, ya cantó su retirada. Como lo hicieron los viejos tiempos de aquella Montevideo. Pero la maga nos susurra: «De tempestad la tarde palidece. Enmascarado y lento el sol de Otoño». Y no queda otra. Empujamos a la terca memoria al tiempo de los otoños, de los soles lentos y de las hojas que caían sobre los vecinos que alguna vez vivieron en la vieja capital.

En aquellas «tardes pálidas», como las llamaría Delmira, pero ahora en una ciudad que por los años 30, mostraba a la gente muy preocupada ya en el arranque de la estación otoñal. Sabían que atrás de las tempestades o «sudestadas», se largarían las lluvias. El asunto era subir rapidito y sacar, una a una, las hojas que podían tapar las canaletas de los techos de zinc. Así los veíamos. Bajo el cielo plomizo de algún «sol enmascarado», y escondido, personas muy activas en sus azoteas. Como las pobladas de claraboyas de la querida «La Comercial». No sea cosa que esas amarillentas hojas se quedaran en la red de tuberías que armaban intricados laberintos. Muy arriba, en los techos del barrio, desbordante de casitas bajas e iguales.

Todas temprano, con un saquito de lana sobre su vestido con delantal, a barrer la vereda. Y los adoquines y los empedrados, apenas parando cuando escuchaban que se acercaba el barullento tranvía. Señoras dándole a las escobas, de las más fuertes, que se llamaban «cuatro hilos de paja». Luchando con las hojas que caían y caían, hacían remolinos con el viento y, ya vencidas, ardían en las fogatas que se armaban en cada cuadra. Rodeadas de «amas de casa» y sus incansables escobas, charlando de «radionovelas». Mientras, esas llamas tempraneras creaban el humo que se perdía en los grises cielos de un otoño del ayer montevideano.

Y para los pibes esta estación les traía su primer «deber» de la escuela. Pegar una hoja en el cuaderno. Al lado, en la doble raya, titular con letra de colores «El Otoño». A largarse a escribir y los más audaces «a payar» sobre lo que la maestra había explicado el día anterior. Una «redacción», como le decían, con letra parejita porque «la caligrafía», con la pluma cucharita, valía mucho cuando «la señorita» se decidía a poner la nota en el cuaderno.

Si de entrada la estación «nos sacudía», a cuidarse porque «los primeros fríos son los más bravos». Frase que todos repetían, principalmente los más viejos, y se encaminaban para la cercana «botica». Una otoñal tradición era el comprar el llamado «azufre termado». Se vendía en sobres o unas cajitas que contenían un polvillo amarillento que se usaba «para limpiar y depurar la sangre». Así, al menos, lo afirmaba el académico «boticario». Los veteranos, sin hacerle asco al ácido sabor, se lo mandaban «a bodega», con la medida de una cucharita. Así se sentían mejor y más preparados para «apechugar» los cambios del clima, provocados por el titilante otoño. Sin temores a «las tardes de plata que arrastraban chirriando las hojas amarillas», según escribiera esa hermosa musa montevideana llamada Delmira.

La nueva estación también se filtraba en las cocinas hogareñas. Más «condimentos» y más fuertes sabores. Comidas que obligaban a sacar las ollas de barro que, por tantos meses, se guardaron en lo más alto de los estantes. Un olorcito de arroz con azafrán, salpicado con orégano y hojas de laurel. El aroma se escapaba por la ventana hasta diluirse en la vereda. Llegaban los días de los guisos de la abuela que, muy joven, los había aprendido en su lejana aldea del país vasco. Cuando le habían enseñado que en otoño se condimentaba fuerte la comida, porque habían llegado los primeros fríos.

Por las calles del Centro comenzaban a aparecer vestimentas distintas. Se habían guardado los livianos trajes blancos y ni qué hablar de los ranchos de paja. Adiós a los vaporosos vestidos que se habían «deslizado» ya sea por la Plaza de los Bomberos y su banda musical de los domingos o se habían «dejado» fotografiar junto a las bellas mujeres que muy seductoras los lucían en la coqueta Plaza Zabala.

Por 18 y Río Negro se comenzaba a ver a las damas con largas polleras y chaquetas de lana, y a los señores con sus trajes cruzados y los finos sombreros «de gacho». Los galanes no olvidaban la antigua costumbre de las botitas con polainas. Las chicas, más osadas, se atrevían a lucir unas pícaras boinas de colores que hacían juego con sus «boquitas pintadas». Algún veterano, medio friolento, ya estaba luciendo un pesado sobretodo, lleno de botones.

Con los aires del Otoño, llegaban los domingos en que se retomaba la costumbre de encerrarse para ver «la matiné» en el cinematógrafo del barrio. El «Alcazar», en el Paso Molino, en la Unión «El Gluksman Palace» y el «Versalles». Por la Aguada, el «Colonial» y el «Astor», en Agraciada y San Martín. Tantos más, pero en todos el encanto de Fred Astaire y Ginger Rogers, el hechizo de Greta Garbo, el misterio de Bela Lugosi y las risas y ternura de Carlitos Chaplin.

La otoñal melancolía flotaba en los paseos por el Parque Urbano. Más ahora que todos se habían olvidado de su cercana playita Ramírez. Tiempos de ocres, amarillentos colores que se adueñaban de sus caminitos y senderos interiores. Con los vendedores de manzanas acarameladas, rodeados de niños que se escapaban de la mano de sus padres atraídos por ese tradicional sabor.

Por todos los rincones, un colchón de hojas amortiguando los pasos de esas figuras que tuvieron sus sencillas alegrías en los otoños del ayer. Es que esta estación tiene algo de una agridulce tristeza que penetra, despacito, en la ciudad y su gente. Como lo hizo antes y como siempre lo hará. Un antiguo sentimiento con mucho de melancólica poesía.

Por todo eso, hoy nos ayudó una maga para poder escribir. Quizás nos vio tan viejos y tuvo algo de piedad. O quizás fue porque nos vio aun con tanta pasión. Sí, estamos seguros fue por esto que se nos acercó. Pasión por las palabras y pasión por vivir, a pesar de todo. Y de eso Delmira, nuestra poeta, supo mucho. Demasiado, quizás.

Los esperamos todos los sábados y domingos, a las 19 horas, en CX 44, y también los domingos en LA REPUBLICA, con más «Prohibido para Nostálgicos», con los auspicios del Departamento de Cultura de la IMM.

Coordinación: Angel Luis Grene

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