Y que Dios me perdone
Por Horacio Buscaglia
Ayer, 23 de marzo, cumplí años. Y les aseguro que cumplí los suficientes como para no sorprenderme nada por las noticias sobre los abusos sexuales que sufrieron centenares de monjas en 23 países por parte de sacerdotes y misioneros. Quizás lo verdaderamente sorprendente es que el Vaticano lo haya reconocido, pero sobre ese «reconocimiento» hablaremos más adelante.
Nunca consideré el sexo como pecado y creo que el acto sexual por puro placer, sin fines reproductivos, es un derecho de los seres humanos y un acto de ejercicio de la libertad. Por eso mismo la castidad y la abstinencia me parecen nacidas de una torturante decisión que genera sueños cargados de llamas del infierno y que pronto terminan poniendo fuego entre las piernas.
Los abusos sexuales que hoy salen a luz comenzaron a denunciarse hace 5 años. El 18 de febrero de 1995 la religiosa Maura O’Donohue, coordinadora del programa sobre el sida de Caritas Internacional y del Cafod (Fondo Católico de Ayuda al Desarrollo), presentó un informe al presidente de los Institutos de Vida Consagrada y Sociedades de Vida Apostólica, el cardenal español Eduardo Martínez Somalo. El cardenal, frente a la magnitud de lo denunciado, encargó una invstigación a un grupo de trabajo presidido por O’Donohue.
La nueva investigación fue más sobrecogedora que la anterior.
El informe incluye casos de novicias violadas por los sacerdotes, habla de médicos de hospitales católicos que se ven asediados por sacerdotes que les llevan «monjas y otras jóvenes para abortar».
Está el caso de «un sacerdote que obliga a abortar a una monja, ella muere y él oficia la misa de difuntos por la joven fallecida».
Amén.
Tras comprobar que una serie de sacerdotes de la diócesis habían dejado embarazadas a 29 monjas, la superiora de una comunidad religiosa femenina solicitó la intervención del obispo. La reacción del obispo fue terminante: la superiora «fue suspendida» y sustituida por otra religiosa.
Las denuncias de abusos abarcan a 23 países, entre los que figuran Brasil, Bolivia, Colombia, Filipinas, India, Italia y EEUU, sin embargo —fíjese usted– el informe trata de cargar todas las culpas a «ciertas culturas que no favorecen los principios de la vida religiosa». Y por supuesto que esas culturas son las de los tercermunditas grones de Africa, ya que en ese continente se dan la mayoría de los casos. Allí, dicen, «es imposible para una mujer rechazar a un hombre, sobre todo si es anciano y en especial si es un sacerdote y además está el problema del sida».
Usted, como yo, se preguntará qué tiene que ver el sida con la pulsión de violar a una monja. Pues bien, el asunto es que las religiosas se convierten en un «grupo seguro». Yo digo ¿si el tema es la castidad, qué tiene que ver lo seguro o inseguro?
El Vaticano quiere barrer la basura hacia Africa pero el teólogo Enrique Miret Magdalena levanta la alfombra un poco más arriba: «El problema sexual es grave en el mundo clerical». Y cita estudios recientes de sociólogos católicos: «En EEUU, sólo el 2% de los sacerdotes cumple el celibato. El 50%, sólo relativamente. De esa mitad, un tercio es homosexual».
Si eso pasa en la Gran Sociedad del Norte, ¿imaginate lo que pasará con esos incultos africanos?
Es bueno saber que el desenfrenado machismo de la Iglesia ha aplicado, en casos similares, un castigo ejemplar a las monjas, separándolas de la orden, y a los sacerdotes sólo les han dado dos semanas de retiro forzoso.
A lo largo de estos últimos años hemos visto cómo sistemas filosóficos, dogmas y proyectos sociales, con menos de 100 años de «vida», se han descascarado dejando al aire muchas de sus lacras: corrupción, discriminación, intolerancias, violencia, etcétera. La Iglesia también ha pasado por esto. Entonces ¿por qué no el sexo?
Y además, no olvidemos que hace 2000 años que vienen laburando y –pobres– no lograron que cumpliéramos ni uno solo de los diez mandamientos.
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