La lengua no es de trapo

El equinoccio no es una estación

«Â¡Adiós al verano! El 20 de marzo a las 10.33 entramos en el equinoccio otoñal», fue el titular que llamó mi atención. Esto de entrar en algo que prácticamente no tiene duración alguna puede dejar perplejo a cualquiera. Porque los equinoccios y los solsticios no son un período sino un brevísimo momento; no empiezan ni terminan, marcan el fin de una estación y el comienzo de otra. Con ese criterio, también se podría haber anunciado que el 21 salíamos del equinoccio… ¿Y para qué entrar en algo para salir al poco rato? Porque ya al día siguiente el día tendrá una duración un poquitito menor que la noche. Adonde sí entramos el 20 de marzo a las 10.33 es en el otoño y en él nos mantendremos aproximadamente hasta el 20 de junio, cuando se produzca el solsticio de invierno (para el Hemisferio Austral), que es el día más corto del año (y la noche más larga, obviamente).

Los equinoccios –término originado en el latín aequinoctium, de aequum, igual, y noctem, noche. (¿Vio qué bien quedan estos latinazgos?)– ocurren dos veces por año –en marzo y en setiembre– y son los dos momentos en que el día y la noche tienen igual duración en todas las latitudes del planeta, desde los polos hasta el ecuador.

De todas estas cosas la culpa la tiene la inclinación del eje de rotación de la Tierra respecto del plano de la eclíptica. Asombroso, ¿no? porque si el eje fuera perpendicular al plano, todos los días y las noches del año durarían lo mismo; las estaciones no existirían y todo sería de lo más monótono, una rutina insoportable, ¿no le parece?

Así que si se quería hablar de equinoccio, se debería haber empleado el verbo producirse; y si lo que se quería era dar la idea de comienzo de una época (con el verbo entrar), se debería haber escrito en el otoño.

–¿Fui claro en mi explicación, Pereira?

–Clarito. Y yo que pensaba que el equinocio era un caballo haragán…

–¡Qué lo parió!

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