El tic-tac de la vieja capital
Por los tiempos de la Vieja Capital, el asunto de los relojes recién comenzaba a «pintar». Por un rincón de la memoria vemos que se cruzan dos caballeros. Apretamos a «la que te dije». Le pedimos detalles para compartir. Ahora está un poco más nítido. Son dos señores muy elegantes. Algo le pregunta el más joven al que parece mayor. De inmediato, saca de su chaleco un reloj de cadena. Levanta la tapita de metal y le dice la hora. El joven también saca del bolsillo de su pantalón otro relojito que también le cuelga de una cadena. Verifica su hora con la que el otro le dijo. Un rápido agradecimiento, tocando apenas la punta de su sombrero «de gacho». El veterano le responde igual.
Es que por los finales de los años 20, fue como una fiebre que a todos se le «pegó». Un detalle de elegancia y moda. Relojes cuyas cadenas brillaban colgando del chaleco o del bolsillo del pantalón. La cosa había llegado de Europa. Por esos lados, maestros como André Breton hablaban de la moda como «ese amor a la novedad». Y en ese querer tener su propia maquinita del tiempo, ¡vaya si había novedad! Una recién despertada pasión. Un amor por estar a la moda y lucirla. Proclamarla a todos. A las damas de largos vestidos y a los otros caballeros de ranchos de paja o sobrios sombreros «de gacho».
Es que estábamos en aquella Montevideo, «la coqueta», como la había llamado muchísimos años atrás, el enigmático Lautreamont. Con el signo de lo novedoso. Tan europea y tan distinta como lo eran sus vecinos. Algunos, recién llegados de los buques y transatlánticos que asomaban sus chimeneas por atrás del Mercado del Puerto. Y por ese añejo sitio, en su parte central del metálico techo, también un reloj. Para aquellos bohemios de los mostradores, para los verduleros y también para los pescadores que lo inundaban de fuertes voces, también para ellos un enorme y coqueto reloj.
La Vieja Capital tuvo muchos de esos grandotes relojes públicos. Los más veteranos «lectores cómplices» ahora mismo los están recordando. Y el viejo escribidor, a duras penas, «metiendo pechera» ante su memoria que se hace la haragana, escribe sobre algunos que se le asoman un instante. Solamente un mezquino instante.
Por 18 y Río Negro estaba el del «London París», con sus campanas que nos hacían apurar el paso. Al igual que el que sonaba por el Bulevar Sarandí y agradecemos que aún podemos escucharlo ahora. Aunque sea entre los timbres y las tontas melodías de los celulares y los «beepers», al por mayor.
Por una muy concurrida Estación Yatay de Ferrocarriles, quien podía dejar de consultar su grandísimo reloj. Y las más reducidas «estaciones de tranvías» no se quedaban atrás. Para que «los largadores» comprobaran la exactitud de los recorridos y los laburantes «relojearan» que, al menos por ese día, no tendrían descuentos por «llegadas tarde».
Estación Reducto y su reloj sobre San Martín, con tranvías «apretando el fierro». Lo mismo en la de Pan de Azúcar, por la Ocho de Octubre, de nuestra querida Villa de la Unión. Enorme estación la de Goes, por General Flores y Domingo Aramburú. Con un reloj para los que entre semana se sometían «al yugo» y, los sábados de noche, se «castigaban» con los buenos tangos y milongas del Viejo Vaccaro, justito enfrente.
En todos los paseos públicos y sus plazas, siempre había donde mirar para saber la hora. Por un rincón del Parque Urbano, también del Parque Capurro y en el centro del Rosedal del Prado, existieron unos que fueron muy diferentes a los demás. Un gran círculo de piedra, en posición horizontal, con la sombra de un triángulo del mismo material. Se trataba de los llamados «relojes de sol». Un buen pretexto para que los domingos a la tarde, los galanes hicieran su primer intento de conversación con unas damitas muy tímidas. Siempre «fatalmente» vigiladas por las tías o abuelas, sentadas cerquita en los bancos de madera que rodeaban ese romántico lugar.
Y el colmo de la elegancia estaba en el que se levantaba en medio del aristocrático Palco de los Socios del Jockey Club. Testigo de muchas «peladeras» de unos señores que en los grandes premios lucían galeras que sobresalían a la distancia. Pero cuando les tocaba «la mufa» igual se pelaban, sin diferencia con los otros burreros de las tribunas populares. Y el paso de las horas eran de fortuna o de «jetta», según como viniera la mano.
En los interiores de los suntuosos edificios y también en los hogares, el saber la hora y estar a la moda «pegó» muy fuerte. Estaba el Hotel Carrasco, lujoso y refinado. Con grandes relojes de pie, de lustradas maderas, al costado de su escalinata principal. Al lado de uno de éstos, el exquisito García Lorca se dejó fotografiar rodeado de entusiastas admiradores que le demostraron su cariño, cuando visitó la Vieja Capital.
Por las ventanas de las señoriales residencias de El Prado, a través de sus etéreas cortinas, siempre se veían hermosos relojes de péndulo. Luego se popularizaron y en los comedores de las casas de nuestro Bella Vista natal comenzaron a sonar sus exactas campanadas. Un reloj de pared, de péndulo, eso sí que era un sublime «amor a la novedad», para decirlo con la frase de Breton. Y para muchas familias el tenerlo fue un capricho, «un metejón», que con muchos esfuerzos finalmente pudieron cumplir. El «tic-tac» marcaba el pulso de la ciudad. También aquella «guiñada» de la Usina Eléctrica a las 20 en punto. Por ahí andaban algunas radioemisoras que, a cada rato repetían la hora. La culminación fue en la experiencia de la casi mítica «Radio Reloj» que, en el extremo del dial, marcó las horas de los viejos montevideanos.
Mucho tuvieron que ver los relojeros de esos años. Sus pujantes comercios que pusieron al alcance de todos la moda por conocer el tiempo en coquetos artefactos. Como la casa Proto, en la céntrica calle Colonia, por la Villa del Cerro, la popular «Walica», en Goes estaba «La Orquídea» y cerca del Palacio Legislativo, la tradicional «Pisani». Por la Unión a la altura de Larravide, el «Carrillón» y casi Industria, la conocida Díaz Píriz. En la Ciudad Vieja, «Rosello» y la popularísima «Campos», que llegó a vender ¡por kilo! relojes de pulsera o bolsillo, de su exclusiva marca «Volcan».
Un tierno recuerdo para el amigo Hansen, relojero de alma y compañero que compartió la lejana patria de la juventud. Desbordante de lucha y sueños allá por Uruguayana y Olivos.
Cada uno quería tener «su bobo», como escribiera en «La crencha engrasada», el pícaro De La Púa. Ni soñaban lo que vendría después. Primero un coqueto «longines», luego pasaron los años «como taponazo», y nos llenaron la vida de asiáticos relojitos digitales o de cuarzo. No se puede vivir sin su constante «verdugueo».
Si tendría razón Dalí, cuando para burlarse del tiempo y su moderna esclavitud, pintaba los relojes «derritiéndose» y como fondo, la figura humana sintiéndose muy libre. Pero, es una quimera. Algunos siempre seguirán atados al reloj y otros seguirán siempre atados y muy unidos a los recuerdos del Montevideo del Ayer.
Los esperamos todos los sábados y domingo a las 19 horas, en CX 44 y también los domingos en LA REPUBLICA, con más Prohibidos para Nostálgicos, con los auspicios del Departamento de Cultura de la IMM.
Coordinación: Angel Luis Grene
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