Madre de un niño discapacitado denuncia discriminación escolar

En busca de un lugar

Persistente y porfiada, Laura Villar, madre de Santiago, no baja los brazos en su esfuerzo por insertar a su hijo en el sistema educativo, pero se enfrenta a duros escollos. Su periplo de varios años también lo padecen numerosos discapacitados, que no cuentan con iguales oportunidades que el resto de las personas interesadas en la alfabetización. Su tenaz lucha por la educación de su hijo comenzó en 1995, cuando intentó inscribir a Santiago en la escuela Nº 11 del barrio Jacinto Vera. Ya en esa oportunidad se le negó el ingreso argumentando que la maestra «se estresaría si lo atendiera, y por reglamento de Primaria no tendrían obligación de inscribirlo».

Santiago Ferreira es portador de Mielomeningocele (espina bífida), una malformación en la columna que le impide caminar.

Al siguiente año, en 1996, Villar intenta nuevamente ingresarlo al mismo edificio escolar, ubicado a pocos metros de su casa, pero esta vez en el horario vespertino, donde funcionaba otra escuela dirigida por otra directora.

Esta vez le autorizaron la inscripción. La familia se llenó de alegría por el comienzo de las clases para Santiago. Sin embargo, esta dicha duró muy poco. Según sostuvo Laura Villar, en dicha escuela no lo trataban bien. «Lo dejaban encerrado en la clase y una vez, lo obligaron a caminar donde el niño no podía mantenerse en pie y cayó al piso», narró la madre.

Ante esta situación, presentó una denuncia en Primaria pero le respondieron que les faltaban pruebas.

Después de registrarse el insuceso de la caída de Santiago, éste fue inscripto en un colegio privado, donde repitió el año por falta de aprestación escolar.

En 1997, vuelve a la escuela pública cercana a su casa, en el turno de la mañana. Aquí, una maestra de 2º año se ofrece a dictarle clases de 1º y Santiago aprueba con Muy Bueno Sobresaliente. Apueba también 2º año sin dificultades, y en 1999, su madre solicita a Primaria una rampa para facilitar el traslado de su hijo. De acuerdo al testimonio de la denunciante, las autoridades habrían argumentado que esta obra no era viable. «Contestaron que para hacer la rampa debía presentar 3 planos de arquitectos avalados y sellados. Los conseguí, no obstante me la siguieron negando», dijo Villar.

Sin renunciar a su propósito, hizo pública su queja en varios medios de comunicación en julio de 1999 y a principios de agosto Primaria construyó la rampa.

A fin de ese año, también se le consigue una computadora para que Santiago pueda escribir, pero la dirección de la escuela estableció que la máquina no podría conectarse en la clase por carecer de la instalación necesaria.

Según la denunciante, existió falta de voluntad para con Santiago, y prueba de ello –dijo su madre– es que de los 100 trabajos hechos en clase, la maestra sólo le corrigió 11. Jamás pasó al pizarrón y no fue integrado al grupo «¿Si esto no es discriminación, entonces qué es?», se preguntó la señora.

Otra perla del collar es, según Villar, la recomendación de la dirección de la escuela a trasladar al alumno a otra para discapacitados mentales. Ante esta propuesta, los familiares de Santiago lo llevaron al Hospital Evangélico para realizarle un estudio psicológico y pedagógico, donde –según afirmó su madre– el niño no presentó anomalías. Eso sí, le solicitan que realice una reeducación pedagógica que tiene un costo de unos $ 3000, «que Primaria se negó a ejecutarla».

Finalizando el año 2000, Santiago aprueba 5º año. Su madre dijo que el niño salvó este último año sin estar en condiciones de hacerlo, debido a la falta de apoyo de la maestra. Cansada de estos actos, Villar decidió este año cambiarlo de escuela y buscar suerte en colegios privados.

Tomó la guía telefónica y comenzó a llamar a distintos institutos. «En Nueva Cultura respondieron: niños con sillas no; en el colegio Santo Domingo tuve igual respuesta, mientras que el instituto José Artigas, Nuestra Señora del Huerto, Evangélico Betesda y Erwy Scool también fui rechazada cuando dije que el niño asistiría en sillas de ruedas», sentenció Villar.

Se preguntó en qué doctrina se basan los colegios religiosos «si la palabra de Dios dice: ¡Dejad que los niños vengan a mí! Después de golpear tantas puertas, Santiago comenzó este año a asistir al colegio Bartolomé Hidalgo que adecuó su infraestructura para que el niño pudiera estudiar en la planta baja del edificio.

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