Desde el asiento de los bobos

Teología de la Libación

Horacio Buscaglia

 

De pronto levanté la cabeza y vi que el ómnibus estaba vacío.

El guarda estaba mirando a la ventanilla, pero lo hacía de una forma extraña. Miraba hacia un punto preciso y no parpadeaba ni se movía.

Miré al conductor a través del espejo y tenía la misma actitud, sólo que sus manos movían el volante rítmicamente en una especie de pequeño balanceo.

Y estaba el silencio. Que se sentía.

Quiero decir que era un silencio notorio. Podría decirse que era un silencio que se hacía oír.

Parecía un silencio artificial de tan silencio que era. Intenté levantarme pero no pude. No sentía ningún tipo de presión, pero «algo» no dejaba que me parara. Era como si hubiera un «colchón de aire» que me empujara hacia abajo.

Allí fue cuando me di cuenta que el ómnibus hacía largo rato que iba a una misma velocidad y en línea recta.

«La quedé», pensé, «Esto es como en las películas. Chocamos y estoy yendo por el largo túnel de la muerte. Seguramente allá, al fondo, hay una luz blanca, cegadora, que me está esperando».

Pero estaba solo. ¿Habré ligado tan mal que el único que la quedó fui yo?

Traté de recordar lo que pasaba un momento antes de haberme dado cuenta de todo esto, pero no recordaba nada. Ni siquiera si había otra gente. En ese momento me pareció saber lo que estaba pasando. «Yo soy el Elegido. El námber uán. El seleccionado por la Fortuna. Me estan dando una segunda oportunidad».

Pero ¿quién me la está dando? ¿Dios? No puede ser. No existe. Toda una vida de ateo, para que justo al final El Quía se me aparezca para demostrarme que existe. Todo esto es por culpa de Jorge Batlle y sus declaraciones pelotudas.

Claro, le dan alas y El Tipo quiere protagonismo. Pero justo a mí me toca hablar con El Tipo Grande, no se puede creer.

Esto tiene que ser una trampa, para hacerme dudar de mi ateísmo. Claro, si El Tipo lo ve todo, vio que yo era ateo y cuando chocamos vio la oportunidad de hacerme creer que existe.

¡Ja! Pero conmigo va listo. En cuanto lo vea lo primero que le digo es: «Mirá loco, yo no creo en vos, así que no me vengas a joder con eso de la vida, la muerte y la segunda oportunidad ¿Ta? No te me hagás el Dios, eh».

Claro que El Tipo se puede mandar un milagro y entreverarme todas las cuestiones… Pero pará, pará un poquito. Si yo no creo en él, entonces no puede ser él.

Ya sé, es Satanás. Porque ese sí que debe existir, porque si no, cómo se explican los Pinochet, los Milosevic, Don Francisco, los críticos de teatro… bueno, en realidad me parece que el Diablo es demasiado para ellos. Las razones de su comportamiento son mucho más ramplonas que la de estar bajo el mando del pretigioso Belcebú. Eso es sólo para los grandes.

¿Pero qué estoy haciendo? Soy un gil de cuarta. Estoy perdiendo el tiempo con estas lucubraciones mientras voy camino a la Temuer.

Miré por la ventanilla y vi una luz cegadora, blanca con reflejos rojizos. De pronto levanté la cabeza y ví que el ómnibus estaba lleno. Me paré y grité con toda mi voz: «Hay que bajarse, hay que bajarse, este ómnibus va a chocar, va a chocar».

Me tiraron por una de las ventanas, entre frases como «Pa qué tomas si te hace mal», «Drogadicto degenerado», «Apocalípticodescontrolado», «¿Quién sos? ¿Abdala?, para anunciar calamidades».

Y aquí estoy, confundido y preocupado. ¿Es mi segunda oportunidad?

Porque no es lo mismo vivir un segundo acto que un primero, y además ¿quién me la dio? ¿El Blanco o El Colorado? En términos místicos digo, ¿no?

¿O todo fue por la botella de whisky que nos bajamos con El Chancho?

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